La primera noche sin mi padre fue la más larga de mi vida.
Me quedé sentada junto a la ventana, abrazándome las rodillas mientras observaba la luna esconderse detrás de las nubes. En algún lugar de aquella mansión, mi madre lloraba en silencio. Podía escucharla incluso con la puerta cerrada, porque desde que arrestaron a papá, el silencio de nuestra casa se había vuelto insoportable.
Antes, siempre había música en la cocina, pasos en los pasillos y la voz de mi padre preguntando cómo había sido mi día.
Ahora solo quedaban habitaciones vacías y recuerdos que dolían demasiado.
Me llevé la mano a la muñeca.
El brazalete de plata seguía allí. La piedra azul reflejó la luz de la luna cuando giré el brazo.
—¿Qué escondes? —susurré.
Recordé la expresión de mi padre cuando me pidió que nunca me lo quitara. Había miedo en sus ojos, un miedo que entonces no comprendí.
¿Por qué no me había explicado nada?
¿Por qué me había dejado con tantas preguntas?
Y, sobre todo, ¿por qué nadie parecía dispuesto a escucharme cuando decía que era inocente?
Cerré los ojos y apoyé la frente contra el cristal frío.
—Voy a encontrarte, papá —prometí—. No sé cómo, pero voy a demostrar que no hiciste nada malo.
No sabía que, en ese mismo instante, alguien observaba nuestra casa desde las sombras del jardín.
Ni que aquella persona llevaba horas esperando a que la luz de mi habitación se apagara.
A la mañana siguiente, unos golpes violentos en la puerta me despertaron.
—¡Arriba!
Me incorporé de golpe.
Una mujer de mediana edad entró sin esperar respuesta. Llevaba el uniforme gris de las empleadas de la mansión Blackthorn y una expresión de absoluto desprecio.
La reconocí de inmediato.
Era la señora Miriam, la encargada del servicio doméstico.
Hasta la semana anterior, cuando visitaba nuestra casa, me saludaba con una sonrisa y me llamaba señorita Blackwood.
Aquella mañana ni siquiera me miró a los ojos.
—Tienes diez minutos para vestirte y presentarte en la cocina.
Parpadeé, todavía confundida por el sueño.
—¿En la cocina? ¿Para qué?
Miriam soltó una risa seca.
—¿Para qué crees? Tu familia ya no tiene privilegios. Desde hoy trabajarás para ganarte la comida y el techo que te ofrece esta casa.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—Pero esta es mi casa.
La mujer arqueó una ceja.
—¿Tu casa? Qué curioso. Yo creía que ahora pertenecía a la administración de la manada.
Miré a mi alrededor.
Mi habitación, con las cortinas blancas que mi madre había elegido cuando yo era pequeña, parecía de pronto un lugar extraño. Sobre el escritorio seguían mis libros, mis dibujos y una pequeña caja de madera que contenía fotografías de mi infancia.
Todo aquello podía desaparecer.
—Necesito hablar con el alfa —dije, intentando mantener la voz firme—. Esto tiene que ser un error.
Miriam se acercó hasta quedar frente a mí.
—El alfa ha dejado claras sus órdenes. Las omegas sin rango deben cumplirlas.
La palabra me golpeó como una bofetada.
Omegas.
Hasta ese momento, todavía había una parte de mí que se negaba a aceptar que aquella palabra también me definiera. Yo había sido Valeria Blackwood, hija de un beta respetado. Sin embargo, para ellos, todo eso había dejado de importar.
—Mi madre también tendrá que trabajar, ¿verdad?
—Tu madre ayudará en la cocina. Tú limpiarás las habitaciones de los invitados, servirás las comidas cuando sea necesario y obedecerás a tus superiores.
Me mordí el interior de la mejilla, intentando contener las lágrimas. No iba a llorar delante de ella. No le daría esa satisfacción.
Yo era Valeria Blackwood. Aunque me hubieran quitado mi título, aunque ahora me llamaran omega, seguía siendo la hija de Daniel Blackwood.
—¿Y si me niego?
Miriam me dedicó una sonrisa cruel.
—Entonces tú y tu madre podrán buscar otro lugar donde dormir.
Sentí un nudo en la garganta. Mi madre y yo ya lo habíamos perdido todo: nuestro título, nuestros privilegios y a mi padre. Ahora también podían echarnos de la única casa que habíamos conocido.
Bajé la mirada para ocultar mi rabia.
—Entiendo —respondí, aunque cada palabra me dolió como una herida.
Miriam pareció satisfecha con mi respuesta.
No le di el gusto de verme llorar.
Esperé a que saliera para levantarme de la cama.
Me vestí con unos pantalones oscuros y una blusa sencilla. Guardé una fotografía de mis padres en el bolsillo y cubrí el brazalete con la manga.
Antes de salir, acaricié la piedra azul del brazalete por encima de la tela.
—Voy a descubrir la verdad, papá —susurré—. Te lo prometo.
Después respiré hondo y abrí la puerta. No sabía qué me esperaba fuera, pero no permitiría que me quitaran también la última promesa que le había hecho a mi padre.
Antes de abandonar la habitación, miré una última vez el lugar donde había crecido.
No lloré.
Me negaba a permitir que aquella mujer me viera llorar.
Pero cuando cerré la puerta, sentí que acababa de perder otra parte de mi vida.
La habitación de las sirvientas estaba en el ala este de la mansión Blackthorn, lejos de los dormitorios de los herederos y de los salones donde se reunían los miembros importantes de la manada.
Era pequeña, fría y apenas tenía espacio para dos camas estrechas, un armario y una mesa de madera.
Mi madre estaba allí cuando llegué.
Llevaba el cabello recogido y un delantal blanco sobre su vestido sencillo. Parecía haber envejecido varios años en una sola noche.
—Mamá…
Mi madre levantó la mirada y, por un instante, intentó sonreírme. Pero sus ojos enrojecidos la delataron.
—Valeria, cariño…
Me acerqué a ella y la abracé con fuerza. Olía al jabón de siempre, el mismo que usaba en casa antes de que todo se derrumbara.