—El padre de la tercera heredera es Daniel Blackwood.
Las palabras aparecieron en la pared como una condena.
Valeria sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Durante unos segundos, fue incapaz de apartar la mirada del nombre de su padre.
Daniel.
El hombre que la había criado, que le había enseñado a distinguir el miedo de la prudencia, que había soportado una acusación de traición sin revelar todos los secretos que conocía.
¿Él había tenido otra hija?
¿Y por qué nadie se lo había contado?
—Eso es imposible —murmuró Elena.
Valeria se volvió hacia ella.
—¿Lo sabías?
Elena abrió los labios, pero no consiguió responder.
Aquella vacilación dolió más que una negativa.
—Mamá, mírame.
Elena obedeció. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Conocía el nombre del hombre que protegió a la tercera niña. Pero nunca supe si la sangre que las unía era la suya.
—¿Cómo puedes no saberlo?
—Porque Eleanor jamás me permitió ver el registro completo. Me pidió que ocultara a una niña y que no hiciera preguntas sobre su padre. Cuando descubrí que Daniel estaba involucrado, pensé que solo había ayudado a esconderla.
Valeria retrocedió un paso.
No quería culpar a Elena sin escucharla, pero tampoco podía ignorar aquella nueva herida.
—¿Dónde está Daniel ahora?
Mateo respondió desde la entrada de la cámara:
—En el refugio de los Guardianes. Lo dejamos allí antes de venir al túnel.
—Entonces iremos a buscarlo.
—No tan deprisa —intervino Alistair.
Alexander se interpuso entre su padre y Valeria.
—Una palabra más y tendrás que enfrentarte a los tres.
Alistair miró a sus hijos. La decepción de su rostro se transformó lentamente en una sonrisa fría.
—Todavía creéis que podéis protegerla de lo que viene.
—No necesitamos tu permiso para hacerlo —contestó Adrian.
—No hablo de mí. —Alistair señaló el registro luminoso—. Hablo de quienes llevan años esperando que aparezca la tercera heredera.
Celeste cerró el puño alrededor del anillo original.
—¿Quiénes son?
—Los mismos que financiaron la muerte de Elias. Los mismos que borraron los registros de nacimiento y que utilizaron a los Guardianes para mantener el poder. Creíais que yo era el único dispuesto a cometer atrocidades para proteger el linaje.
—¿Estás intentando convencerme de que eres inocente? —preguntó Valeria.
—No. Estoy intentando que comprendas que yo no fui el único culpable.
Aquella respuesta no lo absolvía de nada. Sin embargo, Valeria sabía que podía contener una parte de la verdad.
Y estaba cansada de que los secretos siguieran decidiendo quién merecía vivir.
—Entonces tendrás la oportunidad de demostrarlo ante el consejo —dijo—. Pero primero quiero respuestas de Daniel.
Alistair soltó una carcajada.
—Si Daniel te cuenta la verdad, quizá dejes de llamarlo padre.
Valeria sintió la rabia subirle por el pecho.
—El hombre que me crio no necesita compartir mi sangre para ser mi padre.
Por primera vez, Alistair no encontró una respuesta.
El grupo abandonó la cámara por un pasadizo que Celeste conocía desde la infancia. Mateo iba delante, mientras Alexander y Andrew protegían la retaguardia. Adrian caminaba junto a Isabella, intentando descifrar el documento que habían conseguido recuperar.
Seraphina avanzaba con las muñecas libres después de que Celeste cortara las ataduras.
—La firma de Eleanor es auténtica —dijo Seraphina en voz baja—. Pero eso no significa que haya escrito la orden.
—¿Cómo puede ser auténtica si ella está desaparecida? —preguntó Isabella.
—Porque el consejo conserva sellos antiguos que pueden validar una firma. Alguien pudo utilizarlos para emitir una orden en su nombre.
Adrian levantó la vista del documento.
—Y si alguien tiene acceso a esos sellos, puede controlar al consejo sin ocupar oficialmente su puesto.
—Exactamente —respondió Seraphina.
Alexander miró a su tía.
—¿Cuánto tiempo llevas sospechándolo?
—Desde la muerte de Elias.
—¿Y no dijiste nada?
—Lo intenté. Cada vez que me acercaba a la verdad, desaparecía un testigo o cambiaba un registro. No tenía pruebas suficientes para enfrentarme a quienes controlaban el consejo.
—Pero sí las tenías para falsificar documentos —replicó Adrian.
Seraphina aceptó la acusación sin defenderse.
—Sí. Y responderé por ello. Ayudé a ocultar identidades porque creí que era la única manera de mantener vivas a las niñas. No todas mis decisiones fueron correctas.
Isabella apartó la mirada.
—Al menos eres la primera persona que admite haber cometido errores sin culpar al destino.
Continuaron en silencio hasta alcanzar una puerta de hierro.
Mateo introdujo la llave que llevaba colgada del cuello y giró dos veces. La puerta se abrió hacia un corredor estrecho que desembocaba en el bosque, lejos de las entradas principales de la manada.
El aire nocturno golpeó el rostro de Valeria.
Respiró profundamente.
Necesitaba recordar que todavía podía decidir qué hacer con su vida, incluso si todo lo que sabía sobre su familia estaba a punto de cambiar.
Andrew se acercó con cautela.
—Valeria…
—Ahora no.
Él se detuvo.
No intentó insistir ni buscar una excusa.
—De acuerdo —respondió.
Aquella aceptación silenciosa la sorprendió más de lo que habría querido admitir. No significaba que lo hubiera perdonado. Solo que, por una vez, Andrew parecía comprender que acompañarla no le daba derecho a exigir nada.
Alexander apareció al otro lado del sendero.
—El refugio está a veinte minutos. Si nos movemos ahora, llegaremos antes de que amanezca.
—¿Y después? —preguntó Isabella.
Alexander miró hacia el bosque.
—Después descubriremos quién está utilizando el nombre de nuestra madre y qué relación tiene con la tercera heredera.