No pude dejar de mirar a Gabriel.
El cuarto heredero permanecía en el centro del salón, con los puños cerrados y la mirada fija en el lugar por donde Octavian había desaparecido. Parecía estar intentando reconstruir una parte de su vida que alguien había arrancado de sus recuerdos.
Yo conocía aquella sensación.
Descubrir que tu historia estaba llena de huecos era una cosa. Descubrir que alguien había utilizado tu nombre para destruir la vida de otra persona era algo completamente distinto.
—Gabriel —dijo Daniel con cautela—, no tienes que demostrar nada esta noche.
Gabriel soltó una risa amarga.
—¿Cómo puedes pedirme eso? Si alguien utilizó mi identidad para entregar a Eryon al Consejo, necesito saber quién fue.
—Y lo descubrirás —respondió Daniel—. Pero no permitiré que te condenes por algo que no recuerdas haber hecho.
—¿Y si sí lo hice?
La pregunta hizo que todos guardaran silencio.
Gabriel levantó la cabeza.
—¿Y si el Consejo me obligó a participar en algo cuando era niño? ¿Y si me utilizaron durante años sin que yo lo supiera? No podemos descartar nada.
Lucien se acercó a él.
—Tienes razón en una cosa: no debemos descartar nada. Pero hay una diferencia entre haber cometido una acción y que alguien haya utilizado tu nombre para cometerla.
Gabriel lo miró con dureza.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque conozco el método del Consejo. Cuando una persona desaparecía, sus registros se modificaban. Cuando alguien necesitaba ser culpado, se utilizaba una identidad que no pudiera defenderse.
—¿Y cómo sabes que no hicieron lo mismo contigo?
Lucien bajó la mirada hacia la marca de su mano.
—Porque yo fui la primera persona a la que se lo hicieron.
No añadió nada más.
Pero su silencio dejó claro que, incluso después de siglos, aquella historia seguía doliéndole.
Yo no quería convertirme en otra persona que guardara preguntas durante años hasta que el resentimiento terminara consumiéndola.
Por eso saqué el sobre que Lyanna me había entregado.
La carta de Eryon.
Mi padre.
El hombre al que nunca había conocido y cuya ausencia parecía haber determinado cada capítulo de mi vida.
—Voy a leerla —anuncié.
Lyanna se volvió hacia mí.
—Valeria, espera.
La miré.
—¿Por qué?
Ella no respondió.
—¿Hay algo más que no me hayas contado?
—No es eso.
—Entonces déjame leerla.
Mi madre bajó los ojos.
Esta vez no intentó detenerme.
Me senté junto a una de las mesas del salón y coloqué el sobre delante de mí. El sello de las cinco líneas seguía intacto, aunque el papel parecía a punto de deshacerse entre mis dedos.
Daniel se sentó a mi lado.
No me pidió que le entregara la carta ni intentó leerla antes que yo.
Simplemente permaneció allí.
Y, por primera vez desde que habíamos descubierto mi verdadero origen, agradecí no tener que enfrentarme sola a una verdad.
Rompí el sello.
Dentro había tres hojas cuidadosamente dobladas y una pequeña fotografía antigua.
Al verla, dejé de respirar durante unos segundos.
Era una imagen de Lyanna sosteniendo a una recién nacida.
Y junto a ellas había un hombre de cabello oscuro, ojos dorados y una sonrisa que se parecía demasiado a la mía.
Eryon Vale.
Mi padre.
Para mi hija, cuando por fin pueda conocerme.
No sé qué edad tendrás cuando estas palabras lleguen a tus manos. Tal vez seas una niña que todavía cree que los adultos siempre saben qué hacer. Tal vez seas una joven que ha descubierto que los adultos también se equivocan. O quizá seas una mujer que ha aprendido a desconfiar de las promesas.
Si es así, no te culpo.
Mi nombre es Eryon Vale. Soy tu padre.
Si estás leyendo esta carta, significa que no pude estar a tu lado como prometí. No sé si el Consejo me habrá encontrado, si habré conseguido escapar o si alguien habrá decidido que mi ausencia era necesaria para mantenerte a salvo.
Hay algo que quiero que sepas antes de cualquier otra cosa: tu nacimiento nunca fue un error.
No naciste para cumplir una profecía. No naciste para gobernar las manadas ni para reparar los pecados de nuestros antepasados. Y no naciste para convertirte en una herramienta que otros puedan utilizar.
Eres mi hija. Eso debería bastar.
Pero quizá no baste para quienes llevan generaciones construyendo su poder sobre los nombres que deciden conservar y aquellos que deciden borrar.
Tu madre y yo pertenecemos a una rama de la quinta línea. No te explicaré aquí todos sus secretos, porque no quiero que crezcas creyendo que tu sangre es una condena. Solo debes saber que la quinta línea no fue eliminada por ser malvada ni peligrosa. Fue eliminada porque se negó a entregar al Consejo el derecho de decidir el destino de sus descendientes.
Si algún día descubres que puedes abrir el archivo original, no lo hagas para demostrar que eres especial. Hazlo únicamente si estás preparada para aceptar que la verdad puede herir tanto como liberar.
Y, sobre todo, no confundas la sangre con la familia.
Tu madre te amará con la fuerza que pueda encontrar en su interior. Daniel, si cumple lo que me prometió, te dará un hogar donde no tengas que vivir con miedo. Elena te enseñará que la ternura también puede ser una forma de valentía.
No sé quiénes serán tus amigos ni qué personas intentarán ganarse tu confianza. No puedo prometerte que siempre reconocerás a los buenos ni que evitarás a quienes te hagan daño.
Pero sí puedo pedirte algo.
No permitas que el sufrimiento te convierta en alguien que disfruta haciendo sufrir a los demás.
Si alguna vez tienes que elegir entre conservar tu poder y proteger tu libertad, recuerda que ningún título vale más que el derecho a decidir quién quieres ser.