La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 14: La hija que no debía existir

Capítulo 14: La hija que no debía existir

—¡Abran la puerta!

La orden hizo temblar la madera.

Mi madre todavía sostenía el papel entre sus manos. Mateo se había colocado frente a la ventana, buscando una salida, mientras Alexander y Adrian intercambiaban una mirada que no supe interpretar.

Andrew se acercó a mí.

—Valeria, tenemos que irnos.

Me aparté de él.

—No me toques.

Su mano quedó suspendida en el aire.

Por primera vez, no intentó insistir.

—De acuerdo —murmuró—. Pero, por favor, deja que te ayude a salir de aquí.

Quería odiarlo sin reservas. Quería odiar a los tres y no volver a sentir nada cuando los tuviera cerca. Sin embargo, una parte de mí seguía recordando a los muchachos que me acompañaban por los jardines, que compartían sus secretos conmigo y que prometieron que jamás permitirían que alguien me hiciera daño.

Esa parte de mí estaba muriendo lentamente.

Y yo no sabía si quería salvarla.

—¿Qué hacemos? —preguntó Adrian.

Mateo señaló la pequeña caja de madera.

—Hay un pasadizo detrás del armario. Daniel lo construyó hace años para proteger los registros. Nos llevará a las antiguas bodegas.

—¿Mi padre construyó un pasadizo dentro de esta casa? —pregunté.

—Tu padre conocía muchos secretos de esta mansión —respondió Mateo—. Algunos incluso más antiguos que la familia Blackthorn.

Alexander se acercó al armario y empujó una tabla oculta. Se escuchó un chasquido. Una sección de la pared se abrió, revelando una escalera estrecha que descendía hacia la oscuridad.

Antes de entrar, me volví hacia mi madre.

—No voy a moverme de aquí hasta que me digas quién soy.

Elena me miró con una expresión que nunca había visto en su rostro. No era solamente miedo. Era la mirada de alguien que llevaba demasiado tiempo cargando una culpa.

—Te lo contaré todo, hija. Te lo prometo.

—Eso mismo me has dicho toda la vida cada vez que te he preguntado por algo que no querías responder.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Lo sé.

La puerta volvió a estremecerse.

—¡Por orden del alfa, registraremos la habitación!

Mateo tomó la caja.

—Elena, debemos irnos ahora.

Mi madre respiró hondo y entró primero en el pasadizo.

Yo la seguí, pero no porque la hubiera perdonado.

La seguí porque necesitaba la verdad.

El pasadizo olía a piedra húmeda y madera vieja. Alexander avanzaba delante de nosotros con una lámpara, mientras Adrian vigilaba la retaguardia. Andrew caminaba a mi lado, aunque mantenía una distancia prudente después de que le pidiera que no me tocara.

El silencio era insoportable.

Finalmente, fui yo quien lo rompió.

—¿Sabías algo de esto?

Andrew negó con la cabeza.

—No.

—¿Y tú? —pregunté, mirando a Alexander.

—Conocía los pasadizos. No sabía nada de tu nacimiento.

—¿Y el registro de los tres herederos?

Alexander tardó en responder.

Ese pequeño retraso me dolió más que una negativa.

—Lo había visto —admitió—. Mi padre guardaba documentos sobre la sucesión en su despacho. Vi tu nombre, pero no comprendí lo que significaba.

—¿Y nunca se te ocurrió preguntarme por qué aparecía mi nombre en documentos secretos?

—Tenía dieciséis años cuando encontré aquella lista. Mi padre me dijo que era un asunto de los Guardianes y que no debía involucrarme.

—Siempre hay una razón para que ustedes no hagan preguntas, ¿verdad?

Alexander bajó la mirada.

—Sí. Y muchas veces esas razones terminan destruyendo a otras personas.

No esperaba que reconociera aquello.

Pero tampoco iba a agradecerle por admitir una verdad evidente.

—Cuando salgas de aquí, tendrás que decidir si quieres seguir obedeciendo a tu padre o descubrir lo que hizo —le dije—. Yo ya tomé mi decisión.

—¿Cuál?

—Voy a encontrar la verdad sobre mi familia. Y no permitiré que nadie vuelva a utilizarme para conseguir poder.

Alexander asintió lentamente.

—Entonces no volveré a decidir por ti.

No respondí.

Las promesas habían dejado de significar mucho para mí. Ahora necesitaba hechos.

Llegamos a una cámara subterránea llena de estanterías vacías. En el centro había una mesa de piedra y, sobre ella, un símbolo grabado: una luna atravesada por tres líneas.

El brazalete comenzó a calentarse contra mi piel.

—¿Qué es este lugar? —pregunté.

—El primer archivo de los Guardianes —respondió Mateo—. Antes de que la familia Blackthorn gobernara la manada, aquí se guardaban los acuerdos que protegían a todos los clanes.

Se acercó a una pared cubierta de símbolos y colocó el anillo plateado que había recuperado del despacho de Alistair sobre una ranura.

Nada ocurrió.

Después miró a mi madre.

—Elena, necesitamos que lo hagas tú.

Mi madre negó con la cabeza.

—No puedo.

—Sí puedes. Fuiste tú quien cerró el archivo.

Todos nos volvimos hacia ella.

—¿Qué significa eso? —pregunté.

Elena cerró los ojos.

—Hace diecisiete años, los Guardianes descubrieron que alguien quería eliminar a la última heredera de una antigua línea de sangre. Esa niña tenía derecho a reclamar la custodia del archivo original, pero todavía era demasiado pequeña para comprender lo que significaba.

—¿Quién era esa niña?

Mi madre no contestó inmediatamente.

Entonces comprendí que estaba evitando mirarme.

—¿Era yo?

Elena comenzó a llorar.

—Sí.

La palabra resonó por toda la cámara.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

—¿Me estás diciendo que soy la heredera de los Guardianes?

—No de todos ellos —aclaró Mateo—. Eres descendiente de la familia que custodiaba el primer sello. Eso no te convierte automáticamente en líder ni te concede autoridad sobre la manada. Significa que tienes derecho a conocer los registros que otros intentaron borrar.

Miré a mi madre.

—¿Y Daniel? ¿Mi padre lo sabía?




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