El documento temblaba entre los dedos de Adrian.
Nadie hablaba.
La orden del consejo era tan absurda que, durante unos segundos, Valeria pensó que debía tratarse de otra falsificación. Pero el sello plateado que aparecía al pie del pergamino era auténtico. Lo había visto suficientes veces en los registros antiguos para reconocerlo.
Daniel Blackwood sería proclamado nuevo alfa.
Y tendría que elegir a una de las tres herederas como compañera antes de la próxima luna llena.
Si se negaba, las tres morirían.
—Esto es una locura —murmuró Andrew.
—No —respondió Lysandra—. Es una estrategia.
La joven cerró la puerta del refugio y colocó una barra de hierro para bloquearla.
—El consejo no pretende convertir a Daniel en alfa porque crea que es el candidato más adecuado. Quiere utilizarlo para obligar a las herederas a someterse a una decisión que ninguna de ellas aceptaría voluntariamente.
Valeria apretó los puños.
—¿Por qué elegir a mi padre?
—Porque saben que intentará salvaros a todas. Si lo convierten en alfa, podrán utilizar su autoridad para obligarlo a escoger. Y si se niega, tendrán una excusa para ejecutaros.
Daniel dejó escapar una respiración cansada.
—No pienso elegir a ninguna de vosotras.
—Lo sabemos —dijo Isabella.
Su voz sonó más firme de lo que se sentía.
Valeria miró a su hermana de sangre recién descubierta, aunque ninguna de las dos había tenido tiempo de comprender lo que significaba aquel vínculo.
—No van a conseguir que nos enfrentemos entre nosotras.
—Eso es exactamente lo que quieren —intervino Celeste—. Una heredera contra otra, una familia contra otra, y los tres alfas luchando por recuperar una posición que quizá nunca les perteneció.
Alexander levantó la mirada.
—No necesitamos recuperar nada. Si el consejo pretende destituirnos, que lo haga. No voy a permitir que utilicen a Valeria para mantener mi posición.
Adrian asintió.
—Por una vez, estoy de acuerdo contigo.
Andrew se acercó a la mesa y dejó allí su anillo.
—Entonces los tres renunciamos.
La decisión pareció sorprender incluso a Alexander.
—¿Estás seguro? —preguntó.
Andrew lo miró directamente.
—No pienso permitir que otra persona pague por los errores de nuestra familia.
Alexander se quitó el anillo negro.
Adrian hizo lo mismo.
Los tres objetos quedaron alineados sobre la mesa.
Valeria observó el gesto en silencio. Aquellos anillos habían representado durante años la autoridad que los hermanos ejercían sobre la manada. También habían sido símbolos de secretos, amenazas y decisiones tomadas sin consultar a nadie.
Verlos allí, abandonados, le produjo una extraña sensación de alivio.
Pero Lysandra negó con la cabeza.
—No basta.
Andrew frunció el ceño.
—¿Qué más quieres que hagamos?
—Los anillos no son el verdadero problema. El consejo puede proclamar a otro heredero si considera que la línea de sucesión ha quedado vacante. Necesitamos demostrar que el sello fue alterado y que la orden contra las herederas es ilegal.
Adrian volvió a tomar el documento.
—¿Dónde están las pruebas?
Lysandra miró a Elias.
—En la cámara de sangre.
El anciano asintió lentamente.
—El registro original contiene las firmas de quienes autorizaron el intercambio de las niñas y la alteración del linaje Blackthorn. Si conseguimos abrirlo, podremos exponer a todos los responsables.
—¿Y por qué no lo hiciste antes? —preguntó Valeria.
Elias aceptó la pregunta sin apartar la mirada.
—Porque necesitaba reunir las cuatro partes del sello. Una estaba en poder de los Guardianes, otra permanecía oculta en la familia Vale, la tercera fue alterada por Alistair y la cuarta desapareció con Eleanor.
Celeste levantó la mano y mostró el anillo original.
—Esta es la cuarta parte.
—Entonces ya tenemos todo —dijo Isabella.
—No —respondió Lysandra—. Falta algo más importante.
Todos la miraron.
—La cámara no se abrirá mientras alguien intente utilizar el registro para reclamar poder sobre las herederas. El archivo fue construido para revelar la verdad, no para conceder una corona.
Valeria comprendió entonces por qué tantas personas habían intentado controlar su brazalete.
No era un arma.
Era una puerta.
Y todos querían decidir quién tenía derecho a cruzarla.
—Entonces iremos a la cámara sin reclamar nada —dijo—. Abriremos el registro y dejaremos que la verdad hable por sí misma.
—Eso podría costarte la vida —advirtió Alexander.
Valeria sostuvo su mirada.
—Llevo demasiado tiempo escuchando lo que podría costarme vivir. Esta vez quiero saber qué podemos cambiar.
Alexander no intentó detenerla.
Solo asintió.
El viaje hasta la cámara de sangre duró casi una hora.
Lysandra conocía un sendero antiguo que atravesaba el bosque y desembocaba junto a las ruinas del primer santuario de los Guardianes. Durante el trayecto, explicó que había pasado años escondida entre comunidades que ya no reconocían la autoridad de los Blackthorn.
—¿Por qué regresaste ahora? —preguntó Isabella mientras caminaban.
Lysandra tardó en responder.
—Porque recibí una carta de Eleanor.
Celeste se detuvo.
—¿Mi madre está viva?
—No lo sé. La carta llegó hace tres días. No tenía remitente, solo una frase escrita con su letra: «Cuando las tres hijas se encuentren, no permitas que el cuarto heredero despierte».
Adrian miró a Elias.
—Otra vez el cuarto heredero.
El anciano apretó la mandíbula.
—Hay cosas que todavía no he explicado.
Alexander se volvió hacia él.
—Pues este sería un buen momento.
Elias observó a los tres nietos.
—El sello original reconocía cuatro líneas de sangre vinculadas al antiguo pacto. Los Blackthorn gobernaban la manada. Los Vale protegían el archivo. Los Guardianes conservaban los registros. La cuarta línea debía impedir que cualquiera de las otras tres utilizara el poder para someter a las demás.