—¿Qué hiciste la noche en que desapareció Lyanna?
La pregunta salió de mis labios antes de que pudiera detenerme.
Mi madre no respondió.
Frente a nosotros, Alistair Blackthorn esperaba con una tranquilidad que me revolvía el estómago. Detrás de él, varios guardias bloqueaban la entrada de la cámara. No teníamos una salida evidente y, aun así, el alfa parecía más interesado en nuestra conversación que en recuperar el brazalete.
Eso me preocupaba más que sus amenazas.
—Vamos, Elena —insistió Alistair—. Cuéntale a tu hija la parte de la historia que olvidaste mencionar.
—Cállate —respondió mi madre.
Su voz fue tan firme que incluso Mateo la miró sorprendido.
Alistair sonrió.
—¿Todavía crees que puedes protegerla ocultándole la verdad?
—No necesito ocultarle nada para protegerla de ti.
—Entonces habla.
Mi madre bajó la mirada. Sus dedos se cerraron alrededor del papel que había sacado del brazalete.
—La noche en que nació Valeria, Lyanna llegó a nuestra casa herida. Alguien la había perseguido desde el archivo de los Guardianes. Llevaba a su hija en brazos y sabía que no podría mantenerla a salvo por mucho tiempo.
Me costaba respirar.
Mi madre biológica había estado allí. En nuestra casa. A pocos metros de la habitación donde yo había crecido sin saber siquiera su nombre.
—¿Qué pasó después? —pregunté.
—Lyanna me entregó a la niña. Me pidió que la criara como si fuera mía y que no permitiera que nadie descubriera su linaje. Daniel aceptó ayudarla. Planeábamos llevarla a un lugar seguro antes del amanecer.
—¿Y Lyanna? —preguntó Mateo, con la voz tensa.
Elena cerró los ojos.
—Dijo que volvería cuando fuera seguro. Nunca regresó.
Mateo retrocedió como si las palabras lo hubieran golpeado.
—Me dijiste que había muerto.
—Eso fue lo que creí durante años.
—¡Era mi hermana!
—¡Y yo también la quería! —gritó Elena.
El eco de su voz recorrió la cámara.
Mi madre respiró entrecortadamente y se llevó una mano al pecho.
—No sabes lo que ocurrió después, Mateo. Nadie lo sabe. Cuando salí a buscarla, encontré sangre junto al camino y huellas que conducían al bosque. Había guardias de la familia Blackthorn por todas partes. Si hubiera seguido buscando, quizá tú y Daniel también habríais desaparecido.
—¿Y por eso guardaste silencio? —pregunté.
Elena me miró.
—Al principio, sí. Después, el miedo se convirtió en costumbre. Cada año me decía que te lo contaría cuando fueras mayor, cuando estuviéramos a salvo, cuando tuvieras una oportunidad de vivir sin cargar con nuestros errores.
—Pero nunca llegó ese momento.
—No —susurró—. Nunca llegó.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
No porque acabara de descubrir que Daniel no era mi padre biológico. Él seguía siendo el hombre que me había enseñado a leer, que me había consolado cuando tenía pesadillas y que me había entregado el brazalete para protegerme.
Lo que me dolía era comprender que las personas que más amaba habían decidido por mí durante toda mi vida.
—¿Me habrías contado la verdad alguna vez si no hubiera encontrado esos documentos?
Mi madre no contestó.
No necesitaba hacerlo.
—Qué conmovedor —dijo Alistair—. Una familia llena de secretos, mentiras y promesas rotas.
Alexander dio un paso hacia él.
—Basta.
Su padre lo miró con frialdad.
—¿Ahora vas a defenderlas? ¿Después de todo lo que te he enseñado?
—Me enseñaste a obedecer. Nunca me enseñaste a distinguir cuándo estaba obedeciendo a un hombre culpable.
Los guardias intercambiaron miradas.
Alistair dejó de sonreír.
—Cuidado con tus palabras, Alexander.
—No. He tenido cuidado durante demasiado tiempo.
El cambio en él era evidente. No parecía el heredero arrogante que me había rechazado frente a toda la manada. Parecía alguien que acababa de descubrir que la persona a la que había admirado toda su vida podía ser responsable de atrocidades.
Pero yo no podía permitirme olvidar quién había sido Alexander conmigo.
—No conviertas esto en una forma de demostrarme que eres diferente —le dije en voz baja.
Él se volvió hacia mí.
—No es por ti.
—Entonces demuestra que es por la verdad.
Alexander asintió y se apartó de mi camino.
Alistair observó el intercambio con desprecio.
—Los tres están cometiendo un error. El vínculo con esta muchacha os está nublando el juicio.
—Nuestro vínculo no te da derecho a controlarnos —replicó Adrian.
Era la primera vez que escuchaba a Adrian enfrentarse a su padre sin una pizca de sarcasmo.
Alistair lo miró con incredulidad.
—¿Tú también?
—Quiero ver los registros originales —dijo Adrian—. Quiero saber quién alteró las órdenes del Consejo y por qué el nombre de Daniel aparece en documentos que no coinciden con los registros oficiales.
—No sabes lo que estás pidiendo.
—Entonces deja de tratarme como a un niño y responde.
Andrew se colocó junto a sus hermanos.
Por un instante, los tres parecieron recordar que compartían algo más que sangre y una posición privilegiada.
Pero no estaban haciendo aquello por mí.
Al menos, eso esperaba.
No quería que me defendieran por obligación, ni por una marca de destino que ninguno había elegido. Si iban a enfrentarse a su padre, tendrían que hacerlo porque estaban dispuestos a aceptar las consecuencias de sus propias decisiones.
Alistair levantó una mano.
Los guardias desenfundaron sus armas.
—Se acabó la conversación. Quiero el brazalete.
Me cubrí la muñeca instintivamente.
—No.
—No era una pregunta.
—Y mi respuesta sigue siendo la misma.
La piedra azul comenzó a brillar.
Mateo miró el símbolo grabado en la pared.
—Valeria, no te resistas al mecanismo. El archivo está reaccionando a la presencia de Alistair.