—Porque yo no fui la primera heredera. Fui la primera que se negó a obedecer.
Las palabras de la desconocida quedaron suspendidas en el aire.
Valeria no apartó la mirada de ella. Tenía los mismos ojos dorados, la misma intensidad en la expresión y una marca de cinco líneas en la muñeca, idéntica a la que tantas veces había visto en los documentos de la quinta línea.
Pero había algo más.
La cicatriz que le cruzaba el cuello parecía antigua, demasiado profunda para ser una simple herida. Y en su rostro había una tristeza que Valeria reconoció sin comprender de dónde provenía.
—¿Cómo te llamas? —preguntó finalmente.
La mujer bajó los ojos hacia el brazalete roto que Valeria llevaba sujeto a la muñeca.
—Me han llamado de muchas maneras. Traidora. Cobarde. Guardiana. Incluso monstruo. Pero el nombre que me dieron al nacer fue Lysandra.
Mateo se quedó inmóvil.
—No… —murmuró—. Lysandra Vale desapareció cuando tenía tres años.
La desconocida volvió el rostro hacia él.
—Eso fue lo que escribieron en los registros.
—Hubo un incendio —insistió Mateo, como si necesitara aferrarse a una explicación que conocía desde niño—. Mi familia pasó años buscándote. Nos dijeron que no habían encontrado tu cuerpo porque las llamas lo habían destruido todo.
—Las llamas destruyeron una casa —respondió ella—. No mi cuerpo.
El silencio se volvió insoportable.
Valeria miró a Mateo. Había escuchado aquella historia antes: una niña perdida, una familia destrozada y un nombre que parecía condenado a desaparecer cada vez que alguien intentaba pronunciarlo.
Ahora esa niña estaba frente a ellos.
Viva.
—Entonces, ¿eres la hermana que aparece en esas fotografías? —preguntó Valeria—. ¿La niña que debía permanecer sin nombre hasta que yo pudiera elegir?
Lysandra asintió despacio.
—Sí.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Mi hermana de sangre?
La mujer tardó demasiado en contestar.
—Compartimos la quinta línea. Pero la palabra hermana significa más que eso, Valeria. Antes de que respondas a esa pregunta, necesitas saber por qué nos separaron.
—No me des más acertijos —replicó Valeria—. Llevo toda mi vida escuchando verdades a medias. Mi padre biológico desapareció. El hombre que me crio me ocultó quiénes eran mis padres. Mi madre firmó documentos que nunca debió firmar. Y ahora descubro que alguien borró a una niña de los registros para convertirla en un fantasma.
Su voz se quebró al final, pero no bajó la mirada.
—Así que vas a empezar por el principio.
Lysandra aceptó la exigencia con un movimiento de cabeza.
—Tienes razón.
Se quitó el abrigo lentamente. Debajo llevaba una camisa oscura, gastada en los puños. No parecía una heredera ni una mujer que hubiera regresado para reclamar un trono. Parecía alguien que había pasado demasiado tiempo huyendo.
—Yo nací antes que tú. Durante mis primeros años, los guardianes de la quinta línea creyeron que sería la siguiente portadora de sus derechos. Mi nombre aparecía en los registros originales. Mi marca fue reconocida por los custodios y mi existencia no era un secreto.
—Entonces, ¿por qué te borraron? —preguntó Alexander.
Lysandra lo miró con cautela.
—Porque me negué a entregar mi vida a un sistema que pretendía decidir el destino de todos los demás.
—Eras una niña —dijo Adrian.
—Cuando desaparecí, sí. Pero mi negativa ocurrió años después.
Aquella respuesta desconcertó a todos.
Lysandra se acercó a la mesa de piedra que ocupaba el centro de la habitación. Sobre ella descansaban las fotografías, los documentos y las copias de los registros que habían reunido.
Señaló el retrato de las dos niñas.
—Esta fotografía fue tomada después de que regresara a la casa de los Vale. Yo tenía seis años y Valeria todavía era un bebé. Nos presentaron como hermanas porque nuestras familias compartían la misma sangre, aunque nuestros padres no eran los mismos.
Valeria sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Entonces no eres hija de Lyanna?
—No. Mi madre pertenecía a una rama anterior de la quinta línea. Mi padre desapareció antes de que yo aprendiera a recordarlo. Fui criada por guardianes que creían que mi nacimiento les daba derecho a decidir quién debía ser.
—¿Y qué relación tienes con mi madre? —preguntó Valeria.
Lysandra observó la segunda fotografía, aquella en la que Elena aparecía junto a una mujer de ojos dorados que sostenía a un bebé.
—Elena fue una de las pocas personas que intentó tratarme como a una niña y no como a una pieza de un pacto. Cuando tú naciste, ella me ayudó a acercarme a ti. Yo quería conocerte. Quería que, cuando crecieras, tuvieras la posibilidad de decidir si deseabas formar parte de todo aquello.
Valeria miró a Elena.
Su madre tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Yo creía que Lysandra había muerto —susurró Elena—. Silas me dijo que la niña había desaparecido durante el incendio. Nunca me explicó que seguía viva.
—Porque no quería que la encontraras —contestó Lysandra—. No después de lo que hice.
Mateo dio un paso hacia ella.
—¿Qué hiciste?
Lysandra apretó los dedos contra el borde de la mesa.
—Me negué a firmar la primera promesa.
Aurelian, que había permanecido junto a la puerta, levantó la cabeza.
—Eso es imposible. La primera promesa se firmó siglos antes de tu nacimiento.
—La original, sí. Pero el Consejo preparó una nueva declaración para convertirla en una herramienta de control. Querían que la quinta línea reconociera que los cuatro linajes podían gobernar sobre los demás y que su heredero tendría que aceptar las decisiones del Consejo.
Lucien soltó una risa amarga.
—Intentaron hacer con ella lo que hicieron conmigo.
—No exactamente —dijo Lysandra—. A ti te condenaron después de que te negaras. A mí me ofrecieron una elección falsa: firmar o ver desaparecer a las personas que amaba.