El suelo se abrió con un estruendo.
Las piedras del patio se separaron lentamente, dejando al descubierto una escalera de piedra negra que descendía hacia la oscuridad. Un viento helado surgió desde las profundidades y apagó varias de las antorchas que iluminaban los muros.
Nadie se movió.
Durante unos segundos, todos contemplamos aquella abertura imposible.
Después, mi brazalete comenzó a vibrar.
—Atrás —ordenó Alexander, colocándose delante de mí.
Lo aparté con el brazo.
—No vuelvas a hacer eso.
Él giró la cabeza, sorprendido.
—Valeria, no sabemos qué hay ahí abajo.
—Precisamente por eso necesito verlo.
—Podría ser una trampa.
—Todo lo que hemos descubierto hasta ahora podría haber sido una trampa.
Adrian se acercó al borde de la abertura y observó los símbolos grabados en los primeros escalones.
—Esto no aparece en ninguno de los planos de la residencia —murmuró—. He revisado los registros arquitectónicos tres veces.
Mateo palideció.
—Porque no fue construido para formar parte de la residencia.
Me volví hacia él.
—¿Entonces qué es?
El antiguo guardián tragó saliva.
—Una cámara de los custodios del umbral. Según los registros más antiguos, solo podía abrirse cuando las dos herederas estuvieran dentro del mismo territorio.
Mi mirada se deslizó hacia Isabella.
Ella abrazaba la caja de madera contra su pecho. Parecía haber perdido toda la arrogancia con la que había entrado en mi vida.
—Yo no he hecho nada —dijo—. Ni siquiera sabía que este lugar existía.
—Quizá no necesitabas saberlo —respondió Mateo—. La sangre de las herederas podría haber activado el mecanismo.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
La voz que había escuchado momentos antes seguía resonando en mi cabeza.
No permitas que Isabella vea lo que hay detrás de la puerta.
¿Era realmente Lyanna?
¿Estaba viva?
Y, si lo estaba, ¿por qué me advertía contra la mujer que supuestamente debía ayudarme a descubrir la verdad?
—Tenemos que bajar —decidí.
—No —respondieron Alexander y Andrew al mismo tiempo.
Los miré.
—No os he pedido vuestra opinión.
Andrew pasó una mano por su cabello, frustrado.
—No es cuestión de controlarte. Si algo te ocurre ahí abajo, no podremos ayudarte.
—Entonces venid conmigo. Pero no intentéis detenerme.
Adrian soltó una risa breve.
—Al menos en eso eres igual de terca que Lyanna.
La mención de mi madre me hizo girarme hacia él.
—¿Qué sabes de ella?
Su expresión cambió.
—Nada que pueda demostrar todavía.
—Estoy cansada de esa respuesta.
—Y yo estoy cansado de descubrir que mi padre enterró más secretos de los que imaginábamos —replicó—. Pero si entramos sin entender el mecanismo, podríamos destruir la única prueba que nos queda.
Mateo se arrodilló junto a la abertura y pasó los dedos por una inscripción.
—No tenemos mucho tiempo. La cámara permanecerá abierta solo mientras el brazalete mantenga su conexión con el sello.
—¿Y qué ocurre cuando se cierre? —preguntó Isabella.
Mateo levantó la vista.
—No lo sé.
Aquella respuesta bastó para tomar una decisión.
Comencé a descender.
Alexander me siguió de inmediato. Adrian y Andrew fueron detrás de nosotros, mientras Mateo le pedía a Isabella que no se separara de él.
La escalera era estrecha y húmeda. En las paredes había relieves de lobos arrodillados ante figuras humanas que sostenían símbolos lunares. Algunos rostros habían sido borrados a golpes.
Otros tenían los ojos cubiertos por una capa de pintura negra.
Cuanto más descendíamos, más fuerte se volvía el pulso de mi brazalete.
Al llegar al último escalón, encontramos un corredor circular.
En el centro había una puerta de plata con dos espacios vacíos, uno a cada lado de una inscripción.
Leí las palabras en voz alta.
—«La primera sangre recuerda. La segunda sangre revela».
Isabella se acercó lentamente.
—¿Qué significa?
—Que necesitamos a las dos —contestó Mateo.
—No —dije, observando los espacios vacíos—. Necesitamos algo más.
Saqué el sello de plata que Daniel había conservado desde la noche de la muerte de Elias.
Lo coloqué en el hueco de la izquierda.
Encajó perfectamente.
El símbolo se iluminó, pero la puerta no se abrió.
Isabella observó el espacio de la derecha.
—¿Y ahora qué?
Mateo miró la pulsera infantil que ella llevaba dentro de la caja.
—Prueba con eso.
Isabella retrocedió.
—No.
—La pulsera reaccionó cuando Valeria activó el brazalete —explicó Adrian—. Es posible que fuera creada para este mecanismo.
—¡No quiero participar en esto!
Su voz rebotó contra las paredes.
La comprendía más de lo que habría imaginado unas horas antes. Durante toda su vida, otros habían decidido quién debía ser. Ahora, de pronto, todos esperaban que aceptara una identidad que ni siquiera recordaba.
Me acerqué a ella.
—No tienes que hacerlo porque nosotros te lo pidamos.
Isabella me miró con desconfianza.
—¿Entonces por qué?
—Porque tú también mereces saber quién te arrebató la oportunidad de elegir.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no dejó que ninguna cayera.
Después abrió la caja, tomó la pulsera y la introdujo en el espacio vacío.
La puerta tembló.
Una línea de luz azul recorrió el metal y se unió con el brillo de mi brazalete. Durante un instante, los símbolos formaron una luna completa.
Luego se escuchó un chasquido.
La puerta se abrió.
Y una voz masculina pronunció nuestros nombres.
—Valeria Vale. Isabella Laurent.
Me quedé helada.
No había nadie visible detrás de la puerta.
Solo una cámara circular, iluminada por cristales incrustados en el techo. En las paredes se alineaban estanterías llenas de documentos, cajas selladas y retratos cubiertos por telas oscuras.