La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 46: El secreto de Elena Blackwood

Capítulo 46: El secreto de Elena Blackwood

—No vuelvas a decir eso.

Mi voz salió tan baja que apenas pareció mía.

Eryon permaneció frente a mí, sin apartar la mirada. Gabriel sostenía el documento antiguo entre las manos y Lucien observaba la firma de Elena como si intentara encontrar una explicación escondida entre los trazos de tinta.

Yo solo podía pensar en mi madre.

Elena Blackwood.

La mujer que me había peinado cuando era niña, que se quedaba despierta junto a mi cama cuando enfermaba y que me abrazó después de que los tres hermanos Blackthorn me rechazaran delante de toda la manada.

La mujer que había perdido su rango por culpa de las acusaciones contra Daniel y que, aun así, jamás permitió que yo me sintiera menos que los demás.

¿Ella había conocido mi verdadera identidad desde el principio?

¿Había sabido que yo pertenecía a la quinta línea?

¿Y qué significaba que su firma apareciera en el documento que había permitido alterar la primera promesa?

—Dime que estás equivocado —exigí.

Eryon bajó los ojos hacia el registro.

—Ojalá pudiera.

—¡No te he preguntado qué deseas! Te he preguntado si estás seguro.

—Reconozco su firma. También reconozco la fecha.

—Las firmas se falsifican. Tú mismo acabas de demostrarlo con la orden de Octavian.

Por primera vez, mi padre pareció quedarse sin respuesta.

Aproveché aquel silencio.

—No voy a condenar a Elena por un documento que todavía no comprendemos. Si alguien falsificó la firma de Gabriel y la tuya, también pudo falsificar la de ella.

—Es posible —admitió Eryon—. Pero hay algo más.

Sentí que el cansancio se convertía en rabia.

—Por supuesto que lo hay.

Lucien intervino antes de que pudiera continuar.

—Basta. No resolveremos nada convirtiendo las sospechas en sentencias. Si Elena participó en la modificación, necesitamos saber por qué. Si su firma fue falsificada, necesitamos descubrir quién tuvo acceso a ella.

Gabriel asintió y volvió a examinar el documento.

—Hay una anotación junto a su nombre. Está parcialmente cubierta por una capa de tinta. No puedo leerla desde aquí.

Se acercó a una de las lámparas antiguas y colocó el registro bajo su luz.

La tinta plateada reaccionó de inmediato.

Las palabras ocultas comenzaron a aparecer.

Gabriel leyó en voz alta:

—«La representante de la línea Blackwood acepta custodiar a la segunda heredera hasta que se determine si su existencia constituye una amenaza para el equilibrio de las cuatro líneas».

No pude respirar durante un instante.

La segunda heredera.

Yo.

—¿Custodiarme? —repetí—. ¿Eso significa que mi madre aceptó protegerme?

—Eso parece —respondió Gabriel—. Pero falta una parte.

Deslizó el dedo por la anotación.

Debajo de la frase apareció una segunda línea.

—«La identidad de la niña no deberá ser revelada a la propia heredera hasta que la quinta línea reclame su derecho».

Le arrebaté el documento de las manos.

No quería hacerlo, pero necesitaba comprobar que aquellas palabras existían de verdad.

Las leí una vez.

Después otra.

Elena había firmado un acuerdo para mantener mi identidad oculta.

Pero eso no demostraba que hubiera participado en el intento de modificar la promesa original.

Tampoco explicaba por qué había aceptado que yo creciera sin conocer la verdad.

—¿Qué significa que la quinta línea reclame su derecho? —pregunté.

Lucien respondió con una seriedad que me hizo levantar la mirada.

—Significa que alguien de nuestra línea debía presentarse ante el archivo y reclamar formalmente el reconocimiento de sus descendientes. Sin ese acto, el Consejo podía seguir afirmando que la quinta línea había desaparecido.

—¿Y mi madre debía mantenerme escondida hasta entonces?

—Según este documento, sí.

Apreté el papel entre mis dedos.

—Entonces, ¿por qué no me lo contó cuando el Consejo comenzó a perseguirnos? ¿Por qué no me explicó nada cuando Daniel fue acusado de traición? ¿Por qué dejó que creyera que había perdido mi posición porque mi padre había cometido un delito?

Nadie respondió.

Porque ninguna explicación podía devolverme los años que había pasado intentando comprender por qué mi vida había cambiado de un día para otro.

—Necesito hablar con ella —dije finalmente.

Eryon dio un paso hacia mí.

—Valeria, antes de que regreses, hay algo que debes saber.

Me giré hacia él.

—¿Otra cosa?

—Elena no fue la única persona que firmó aquel acuerdo.

Señaló la parte inferior del registro.

Allí aparecían otras dos firmas.

Una pertenecía a un antiguo magistrado del Consejo.

La otra estaba parcialmente borrada.

Pero reconocí el apellido.

Vale.

—¿Quién es? —pregunté.

—Mara Vale —respondió Lucien.

El nombre me golpeó con una fuerza inesperada.

Mara había sido una de las personas que conocían el escondite de Lyanna. Había entregado a Alistair una ruta que debía conducirlo hasta ella, creyendo que podría negociar una protección. Sin embargo, aquella decisión había terminado exponiendo a mi madre biológica.

Ahora su nombre aparecía junto al de Elena en un acuerdo que me concernía desde antes de nacer.

—¿Cuántas personas decidieron mi destino sin preguntarme? —murmuré.

Lucien no intentó consolarme.

—Demasiadas.

Guardé silencio durante unos segundos.

Después dejé el documento sobre la mesa.

—Quiero una copia de esta página. No una versión del Consejo. Una copia exacta.

Gabriel asintió.

—Puedo hacerla aquí, antes de que el archivo vuelva a sellarse.

—Y nadie modificará una sola palabra.

—Te lo prometo.

Miré a Eryon.

—Tú también vas a venir conmigo.

Mi padre pareció sorprendido.

—¿A la fortaleza?

—A hablar con Elena. Si tienes pruebas de que mi madre conocía mi identidad, las presentarás delante de ella. No voy a seguir escuchando fragmentos de una historia contada por personas que se marchan justo cuando empiezan las preguntas difíciles.




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