La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 55: La última promesa

Capítulo 55: La última promesa

La Casa de los Nombres llevaba siglos guardando secretos.

Aquella noche, Valeria regresaría a sus pasillos no para buscar respuestas sobre su nacimiento, sino para descubrir quién había convertido su vida en una mentira.

La carta de Silas Laurent seguía en su bolsillo. La fotografía de las dos niñas no dejaba de acudir a su mente: dos pequeñas que habían sido reunidas antes de que alguien decidiera separarlas, dos nombres arrancados de los registros y una promesa que ninguna de las dos había tenido la oportunidad de cumplir.

—Si la carta es auténtica, puede tratarse de una trampa —advirtió Adrian mientras ajustaba la correa de su arma.

—Lo sabemos —respondió Gabriel—. Por eso no entraremos por el acceso principal. Hay un corredor antiguo que conecta la Casa de los Nombres con las cámaras inferiores de la fortaleza.

—¿Y si alguien nos espera allí? —preguntó Andrew.

—Entonces lo averiguaremos antes de que pueda encerrarnos —contestó Alexander.

Valeria los escuchaba mientras ajustaba la manga que cubría la pieza plateada de su brazalete.

No quería que los tres Blackthorn se convirtieran en su escudo. Tampoco necesitaba demostrarles que podía enfrentarse a todo sola. Había aprendido que aceptar ayuda no significaba entregar el control de su vida.

—Entraremos juntos —decidió—. Nadie se separará sin avisar. Si encontramos documentos, los examinaremos antes de sacar conclusiones. Y si aparece Silas, tendrá que responder a nuestras preguntas.

—¿Y si se niega? —preguntó Alexander.

Valeria sostuvo su mirada.

—Entonces tendrá que vivir sabiendo que ya no puede decidir qué verdades merezco conocer.

Alexander no intentó discutir.

—De acuerdo.

La respuesta sencilla la sorprendió más de lo que habría querido admitir.

Llegaron a la Casa de los Nombres poco antes de la medianoche.

La entrada permanecía oculta detrás de una pared cubierta de raíces. Gabriel encontró el mecanismo que Aurelian le había enseñado y presionó tres piedras en un orden preciso.

La pared se abrió.

Un aire frío salió del interior, cargado con el olor de la piedra húmeda y el papel antiguo.

—La última vez que entré aquí —dijo Gabriel—, era un niño. Recuerdo haber escuchado voces detrás de las paredes, aunque nunca vi a nadie.

—Quizá eran los custodios —sugirió Mateo.

—O quizá querían que creyera que no estaba solo —respondió Gabriel.

Descendieron por la escalera hasta llegar a la sala central. Los estantes estaban cubiertos de libros, registros y pequeñas placas con nombres grabados. En el centro, donde antes habían encontrado las copias de la primera promesa, había ahora un pedestal vacío.

Sobre él descansaba una hoja doblada.

Valeria la recogió.

La última promesa no se hizo para mantener a las familias unidas. Se hizo para que ninguna familia pudiera obligar a otra a permanecer unida.

Debajo aparecía una instrucción:

«Busca el lugar donde los cinco nombres se encuentran sin pertenecer a nadie».

—¿Qué significa? —preguntó Andrew.

Lucien, que había permanecido en silencio desde que entraron, se acercó a una pared donde estaban grabados los símbolos de los cuatro linajes.

—Aquí falta uno.

Valeria miró las marcas.

Vale. Blackthorn. Laurent. Blackwood.

Cuatro símbolos, dispuestos alrededor de un círculo vacío.

—La quinta línea —dijo.

—No exactamente —respondió Lucien—. El quinto símbolo no debe colocarse en el centro como si fuera superior a los demás. Debe ocupar el espacio que los conecta.

Aurelian examinó las marcas.

—La primera promesa reconocía cinco derechos distintos. La línea Vale protegía la sucesión; la Blackthorn, el equilibrio entre los clanes; la Blackwood, la memoria; la Laurent, la identidad. La quinta línea tenía la obligación de impedir que cualquiera de ellas se convirtiera en dueña de las demás.

—Por eso la borraron —murmuró Gabriel—. No porque pudiera gobernarlos, sino porque podía demostrar que nadie tenía derecho a hacerlo.

Valeria acercó la pieza plateada del brazalete al círculo vacío.

Las cinco líneas grabadas en el metal comenzaron a brillar.

Un mecanismo se activó dentro de la pared. Los símbolos se deslizaron lentamente hasta formar una figura entrelazada. El círculo central se abrió y reveló un compartimento.

Dentro había un libro pequeño, encuadernado en cuero oscuro.

En la portada se leía:

LA ÚLTIMA PROMESA.

Valeria lo abrió con cuidado.

La primera página contenía una declaración escrita por los fundadores de los cinco linajes. No era un pacto de obediencia ni una profecía. Era una renuncia.

Una renuncia al derecho de decidir por otros.

Valeria comenzó a leer en voz alta.

—«Ningún descendiente será obligado a aceptar un vínculo por la sangre que corre por sus venas. Ningún heredero será forzado a gobernar por el nombre que lleva. Ningún guardián podrá conservar el poder ocultando la verdad a quienes protege».

Se detuvo un instante.

Aquellas palabras parecían haber sido escritas para ella.

Durante años le habían dicho que su destino estaba unido a los tres Blackthorn. Que el vínculo entre ellos era una ley imposible de romper. Que debía aceptar su lugar porque su sangre, su marca y sus orígenes lo exigían.

Pero la última promesa afirmaba lo contrario.

Ningún vínculo podía convertirse en una obligación.

Adrian fue el primero en hablar.

—Esto cambia las leyes que rigen los vínculos entre compañeros.

—No cambia lo que sentimos —dijo Andrew—. Cambia lo que podemos exigir.

Alexander permaneció callado.

Valeria cerró el libro y lo miró.

—¿Qué piensas?

Él tardó en responder.

—Que durante mucho tiempo confundí el hecho de que el vínculo nos uniera con el derecho a decidir qué debías hacer con él.




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