La nota seguía temblando entre mis dedos.
No porque tuviera miedo.
Al menos, eso intentaba decirme.
La tinta parecía más oscura bajo la luz de la luna, y cada palabra se había convertido en una pregunta que no sabía responder.
No creas todo lo que leíste en mi carta.
Hay una parte que tuve que ocultarte para mantenerte con vida.
Ven sola a la Casa de los Nombres antes del amanecer.
No había firma. No hacía falta.
Había visto aquellos ojos dorados.
Los mismos que me devolvían la mirada cada vez que me observaba en un espejo.
Los mismos que Lucien llevaba en el rostro, aunque los suyos parecían guardar siglos de dolor.
Los mismos que, según todos, pertenecían a la quinta línea.
Mi padre podía estar vivo.
La idea me golpeó con tanta fuerza que tuve que apoyarme contra la pared del pasillo.
Durante años había imaginado cómo sería conocer la verdad sobre el hombre que me había dado la vida. Había imaginado una conversación tranquila, preguntas que por fin obtendrían respuestas y quizá un abrazo capaz de llenar el espacio que había dejado su ausencia.
Pero nunca había imaginado encontrarlo a través de una nota clandestina, después de descubrir que su nombre aparecía en documentos del Consejo.
Ni que la primera petición que me haría sería que acudiera sola a un lugar del que apenas conocíamos la existencia.
—Esto es una pésima idea —murmuré.
—¿Hablas sola o estás discutiendo conmigo sin avisarme?
Me giré de golpe.
Alexander estaba al otro extremo del pasillo.
Su expresión cambió al verme esconder la nota detrás de mi espalda. No necesitó preguntarme si algo ocurría. Me conocía lo suficiente para reconocer que intentaba ocultar algo.
Y yo lo conocía lo suficiente para saber que no dejaría de preguntar.
—¿Qué haces aquí? —dije.
—Te estaba buscando.
—Ya me encontraste.
Sus ojos descendieron hacia la mano que mantenía detrás de mí.
—Valeria…
—No empieces.
—Todavía no he dicho nada.
—Tu cara ya lo hizo.
Alexander soltó una respiración lenta. Desde que había comenzado a intentar reparar el daño que me hizo, parecía esforzarse por elegir cada palabra con cuidado. A veces lo conseguía. Otras, su instinto de alfa se imponía antes de que pudiera detenerlo.
—¿Ha ocurrido algo después de que salieras al patio?
Mi silencio fue suficiente para que se tensara.
—¿Alguien te ha amenazado?
—No.
—¿Te ha seguido alguien?
—Alexander, no necesito un interrogatorio.
—Y yo no necesito descubrir mañana que te ha ocurrido algo que podría haber evitado esta noche.
La dureza de su voz me hizo levantar la barbilla.
—Ese es precisamente el problema. Siempre crees que te corresponde decidir qué puedo hacer y qué no.
Vi cómo aquellas palabras le dolían, aunque no intentó defenderse.
—Tienes razón —admitió al cabo de unos segundos—. No puedo decidir por ti.
Su respuesta me desarmó más de lo que habría conseguido una discusión.
Apreté la nota contra la palma.
—Entonces no me pidas explicaciones.
Alexander sostuvo mi mirada. Después asintió.
—No te las pediré. Pero si necesitas ayuda, estaré aquí.
Se marchó sin intentar detenerme.
Lo observé hasta que desapareció al doblar la esquina.
Una parte de mí quiso llamarlo. No porque estuviera preparada para confiar en él, sino porque el peso de aquella nota comenzaba a resultarme insoportable.
Sin embargo, no lo hice.
Si aquel hombre era realmente mi padre, necesitaba escuchar lo que tenía que decirme. Y si era una trampa, necesitaba descubrir quién estaba dispuesto a utilizar su rostro para acercarse a mí.
Lo que no podía permitirme era confundir la esperanza con una prueba.
Regresé a mi habitación y cerré la puerta.
Extendí la nota sobre el escritorio, junto a la carta de Eryon que había leído horas antes.
La primera vez que abrí aquella carta, sus palabras me habían parecido una mano tendida desde el pasado.
Ahora parecían una puerta con demasiadas cerraduras.
No naciste para cumplir una profecía ni para gobernar.
No permitas que nadie decida quién eres.
La quinta línea fue borrada porque se negó a entregar su derecho a elegir.
Leí cada frase de nuevo.
Nada de aquello parecía una mentira. Pero la nota no afirmaba que mi padre hubiera mentido en todo. Decía que había una parte que ocultó.
Una parte capaz de mantenerme con vida.
¿Qué podía ser tan peligroso como para esconderlo de su propia hija?
Me senté y examiné el papel bajo la lámpara. No encontré sellos, marcas del Consejo ni el símbolo de ninguna de las cuatro líneas. Solo una pequeña irregularidad en el borde inferior, como si la hoja hubiera sido arrancada de un documento mayor.
Entonces recordé algo.
La fotografía.
Saqué el retrato que había venido junto a la carta: Lyanna sosteniéndome cuando yo era apenas una bebé, mientras Eryon permanecía a su lado. Durante mucho tiempo había mirado aquella imagen como una prueba de que mis padres se habían amado, aunque el mundo se hubiera encargado de separarlos.
Le di la vuelta.
En el reverso había una inscripción casi borrada que no había logrado distinguir con claridad antes.
Acerqué la fotografía a la luz.
Si el nombre desaparece, busca aquello que no pudo escribirse.
Debajo había cinco líneas diminutas, trazadas como una estrella incompleta.
Se me heló la sangre.
—¿Qué me estás ocultando? —susurré.
No sabía si le hablaba a mi padre, a mi madre o a todos los que habían decidido que yo era demasiado joven para conocer mi propia historia.
Guardé la fotografía y la carta dentro de mi chaqueta. Después doblé la nota y la escondí en el bolsillo interior.
No acudiría a la Casa de los Nombres confiando ciegamente en un desconocido.