La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 57: La sangre no decide

Capítulo 57: La sangre no decide

La mañana apenas comenzaba cuando Valeria llegó a la sala donde esperaba el testigo del incendio.

No había dormido. Cada vez que cerraba los ojos, recordaba las palabras de Lysandra.

«Llévatela a ella. Yo me quedaré».

¿Y si una de las dos hermanas había aceptado desaparecer para salvar a la otra? ¿Y si aquel recuerdo era la única pieza que les faltaba para comprender por qué sus vidas habían sido separadas?

Valeria no quería descubrir otra mentira. Quería conocer la verdad, aunque doliera.

Gabriel la esperaba junto a una puerta custodiada por dos guardias.

—El testigo se niega a declarar ante el tribunal —le explicó—. Dice que solo hablará contigo y con Lysandra.

—¿Ha dado su nombre?

—Sí. Se llama Tomás Arven. Fue ayudante de los custodios de la quinta línea durante muchos años.

—¿Y por qué aparece registrado como muerto?

Gabriel le entregó una carpeta.

—Según estos documentos, murió durante el incendio de la residencia Vale. Sin embargo, alguien utilizó su identidad para cerrar el expediente. El hombre que está dentro asegura que pasó quince años oculto en una aldea al norte de las montañas.

Valeria abrió la carpeta.

En la última página había una fotografía antigua de un hombre con el cabello oscuro y una cicatriz sobre la ceja. A su lado aparecía una niña pequeña, envuelta en una manta.

La niña tenía los ojos dorados.

Valeria sintió que se le cerraba la garganta.

—¿Esa niña soy yo?

—No lo sabemos —respondió Gabriel—. La fotografía no tiene fecha ni identificación.

Valeria guardó la carpeta.

—Entonces vamos a preguntárselo.

Tomás Arven era más anciano de lo que Valeria había imaginado. Tenía el cabello completamente blanco y las manos deformadas por antiguas lesiones. Permanecía sentado junto a una ventana, con la mirada fija en el jardín.

Cuando Valeria entró acompañada por Lysandra, el hombre se puso de pie con dificultad.

Sus ojos se detuvieron en la mujer de la cicatriz.

—Has crecido —murmuró.

Lysandra se quedó inmóvil.

—¿Me conoces?

Tomás inclinó la cabeza.

—Te llevé en brazos cuando todavía no sabías pronunciar tu nombre.

Lysandra se acercó un paso, pero no lo suficiente para tocarlo.

—¿Fuiste tú quien me sacó de la residencia?

—Sí.

—¿Y qué ocurrió con la otra niña?

El anciano bajó la mirada.

—Eso es lo que vine a contaros.

Valeria tomó asiento frente a él. Lysandra permaneció de pie, como si sentarse significara aceptar una historia que todavía no estaba preparada para escuchar.

—Empieza por el principio —pidió Valeria—. Sin ocultar nada.

Tomás respiró profundamente.

—La noche del incendio, la residencia ya estaba rodeada por hombres del Consejo. No habían venido a rescatar a nadie. Buscaban a las dos niñas porque alguien había descubierto que compartían la herencia de la quinta línea.

—¿Quién dio la orden? —preguntó Lysandra.

—Silas Laurent recibió la instrucción de trasladaros. Pero la orden que llevaba no decía que ambas debían morir. Decía que una debía desaparecer de los registros y que la otra debía ser entregada a los custodios.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Entregada para qué?

—Para que el Consejo pudiera utilizarla como garantía. Si la quinta línea reclamaba sus derechos, amenazarían con decidir el destino de la niña.

Lysandra apretó los puños.

—¿Y cuál de nosotras iba a ser entregada?

Tomás la miró con tristeza.

—Tú.

El silencio cayó sobre la habitación.

—¿Por qué yo? —preguntó Lysandra.

—Porque eras la mayor. Tu marca había sido reconocida y tu nombre figuraba en los registros. El Consejo creía que podía utilizarte para legitimar su autoridad sobre la quinta línea.

—Entonces, ¿por qué desaparecí?

Tomás cerró los ojos.

—Porque alguien cambió la orden.

Valeria se inclinó hacia él.

—¿Quién?

—No vi su rostro. Cuando llegué a la residencia, las puertas ya estaban abiertas y las llamas comenzaban a extenderse. Encontré a las dos niñas en una habitación subterránea. Una estaba llorando. La otra sostenía su mano y repetía que no debían separarlas.

Lysandra se llevó una mano al cuello.

—Recuerdo una habitación oscura —susurró—. Recuerdo a alguien diciéndome que no gritara.

—Eras tú —dijo Tomás—. Y la otra niña era Valeria.

Valeria sintió que el mundo se detenía.

—¿Yo estaba allí?

—Sí. Eras un bebé, pero tu madre te había llevado a la residencia para que las dos pudierais conoceros. Nadie debía saberlo. Lyanna confiaba en que los guardianes de la quinta línea podrían manteneros a salvo.

—Pero el Consejo lo descubrió —dijo Valeria.

—Alguien les informó de vuestra presencia.

Tomás hizo una pausa antes de continuar.

—Cuando las encontré, Lysandra se negó a abandonar a su hermana. Me pidió que sacara a Valeria primero. Dijo que ella podía quedarse porque era mayor y sabía caminar. Creía que, si conseguía que la otra niña escapara, los hombres dejarían de buscarla.

Lysandra retrocedió hasta chocar con la pared.

—Yo dije eso…

Valeria se volvió hacia ella.

—No tenías más de seis años.

—Pero fui yo quien aceptó quedarse.

—Eras una niña —repitió Valeria—. No tenías por qué entender lo que estaban haciendo los adultos.

Lysandra se cubrió el rostro.

—Durante años pensé que había sido cobarde por no regresar. Creí que, si hubiera luchado más, podría haber encontrado a mi familia.

—No fuiste cobarde —dijo Valeria, acercándose a ella—. Te hicieron creer que tu sacrificio era la única manera de salvarme.

Lysandra levantó la mirada.

—¿Y si no hubiera aceptado?

Valeria tomó sus manos.

—Entonces habrían encontrado otra manera de obligarte. No eras responsable de salvarnos a todos. Eras una niña que intentaba proteger a su hermana.




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