—Ven a conocer al hombre que debía ser tu padre.
Las palabras atravesaron la cámara y se clavaron en mi pecho.
Durante unos segundos, fui incapaz de respirar.
Mi padre.
Había pasado diecisiete años creyendo que Daniel Blackwood era el hombre que me había dado la vida. Después descubrí que Lyanna Vale era mi madre biológica y que mi verdadero apellido había sido borrado de los registros antes de que yo naciera.
Ahora, una voz encerrada detrás de una puerta que llevaba siglos sellada afirmaba que existía otro hombre que debía haber ocupado el lugar de mi padre.
No sabía qué me aterraba más: que fuera cierto o que todos los presentes parecieran comprender la gravedad de aquellas palabras.
Me volví hacia Lyanna.
—Mírame.
Ella levantó lentamente la cabeza.
—Valeria…
—¿Quién es ese hombre?
Mi madre abrió los labios, pero no respondió.
—No te estoy preguntando qué ocurrió hace doscientos años ni qué secretos guarda el Consejo. Te estoy preguntando quién es el hombre que acaba de decir mi nombre.
Lyanna miró la puerta.
Su rostro había perdido todo el color.
—No es tu padre —susurró finalmente.
—Eso no fue lo que pregunté.
Daniel se acercó a mí, aunque se detuvo a unos pasos. No intentó tocarme ni intervenir en aquella conversación.
—Deja que te lo explique —pidió Lyanna—. Pero no aquí. No mientras él pueda escucharnos.
Desde la puerta llegó una risa apagada.
—Siempre tan cuidadosa, Lyanna. Incluso ahora sigues creyendo que el silencio puede protegerla.
La grieta se ensanchó.
Aurelian se puso en pie con dificultad y extendió ambos brazos frente a la entrada.
—¡No pronuncies más palabras!
—¿Por qué? ¿Temes que descubran que tú también mentiste?
La quinta línea roja volvió a brillar.
Aurelian cayó de rodillas.
Esta vez, el anciano no intentó ocultar el dolor.
—Gabriel —dijo con dificultad—. Necesito que retires tu mano del sello.
—Si lo hago, la puerta podría abrirse.
—Si no lo haces, te consumirá.
Gabriel apartó la mano de inmediato.
La inscripción del suelo se apagó y el círculo perdió parte de su brillo. Sin embargo, la puerta no se abrió más.
Andrew se situó junto a su hermano.
—¿Qué hacemos ahora?
Aurelian respiró hondo.
—Debéis comprender que esta puerta no se abrió porque alguien rompiera un sello. Se abrió porque alguien recuperó un nombre.
Sus ojos se posaron en mí.
—Y el tuyo acaba de despertar algo que permanecía dormido desde antes de tu nacimiento.
Miré los restos del brazalete en el suelo.
—¿Qué tiene que ver mi nombre con esta puerta?
—Todo.
—Estoy cansada de esa respuesta.
—Lo sé.
—Entonces deja de hablarme como si fuera una niña incapaz de soportar la verdad.
Por primera vez, Aurelian pareció reconocer en mí algo más que una pieza de aquel antiguo conflicto.
Asintió lentamente.
—Tienes razón. Te debo una respuesta.
Se volvió hacia la puerta negra.
—Pero antes debes saber algo: la voz que escuchas no pertenece a un espíritu ni a una bestia. Pertenece a un hombre que fue borrado de la historia porque se negó a obedecer a los fundadores.
—¿Y ese hombre es mi padre?
—No. Pero fue quien eligió el destino que debía tener tu sangre.
No entendí.
Y, a juzgar por las expresiones de los demás, nadie más lo hizo.
Excepto Lyanna.
Ella cerró los ojos, como si acabaran de confirmar su peor temor.
—Tenemos que salir de aquí —declaró Alexander.
Nadie discutió.
El corredor seguía resonando con golpes y voces. Adrian se había acercado a la entrada para vigilar, mientras Celeste e Isabella ayudaban a Eleanor a mantenerse en pie.
Alistair permanecía apartado.
Por primera vez desde que lo conocía, no parecía un alfa calculando cómo recuperar el control de una situación. Miraba la puerta con una expresión sombría, como si reconociera en ella las consecuencias de algo que había intentado enterrar durante demasiado tiempo.
Alexander se volvió hacia él.
—Tú sabías que esta cámara existía.
Alistair no respondió.
—Sabías lo de Cassian, lo de mi nombre y lo de los registros alterados. ¿También sabías quién estaba encerrado aquí?
—No.
—¿No lo sabías o no quieres decirlo?
—No lo sabía, Alexander.
El tono de Alistair fue seco, pero no desafiante.
Alexander se acercó un paso.
—Entonces dime qué sabías de mi padre.
Alistair miró a Eleanor antes de responder.
—Que Cassian Vale descubrió que el Consejo estaba utilizando los linajes de los Guardianes para controlar las sucesiones de las manadas. Intentó denunciarlo. Antes de que pudiera hacerlo, desapareció.
—¿Y tú me criaste con su nombre oculto?
—Te crié para mantenerte vivo.
—No es lo mismo.
—Nunca dije que lo fuera.
El silencio entre ambos estuvo cargado de todo lo que ninguno estaba preparado para perdonar.
Alexander bajó la espada.
—No volverás a decidir por mí quién soy.
—No volveré a hacerlo.
No hubo una reconciliación. Tampoco una disculpa capaz de reparar años de mentiras.
Solo una promesa que tendría que demostrar su valor con el tiempo.
Andrew interrumpió la tensión.
—Podemos discutir nuestras familias después. Si esa puerta se abre por completo, quizá no tengamos tiempo para hacerlo.
Aurelian asintió.
—El muchacho tiene razón. La cámara no permanecerá estable mucho tiempo.
—¿Cómo la cerramos? —preguntó Gabriel.
—Necesitamos que los cuatro herederos reconozcan el nombre original de la persona encerrada.
Celeste frunció el ceño.
—¿Los cuatro?
—La primera, la segunda y la tercera heredera, y el cuarto heredero. No basta con que uno de vosotros pronuncie el nombre. Debéis reconocerlo sin aceptar la mentira que se construyó alrededor de él.