El ojo dorado seguía observándome desde la abertura.
No parpadeaba.
No se apartaba.
Era exactamente igual al mío.
Me llevé una mano al rostro, como si pudiera comprobar que aquello no era una ilusión. Desde pequeña había tenido los ojos de un tono extraño, entre el ámbar y el dorado, algo que Elena siempre había atribuido a una rareza familiar. Después de descubrir mi verdadero apellido, había dejado de confiar en las explicaciones sencillas.
Ahora tenía ante mí a un desconocido encerrado durante siglos que compartía mi mirada.
Y acababa de asegurarme que mi madre no era la única persona que me había mentido sobre mi origen.
—Cierra la puerta —ordenó Aurelian.
Nadie se movió.
—¡Ahora!
Gabriel intentó alcanzar la cerradura, pero una descarga de luz lo lanzó hacia atrás. Andrew lo sujetó antes de que golpeara contra una columna.
—¡Gabriel!
—Estoy bien —respondió él, aunque se llevó una mano al pecho—. No me ha herido. Solo me ha rechazado.
—La puerta ya no responde a la fuerza —dijo Aurelian—. Una vez que reconoce a alguien, no puede cerrarse con un sello ordinario.
Alexander levantó su espada y se colocó delante de mí.
—Entonces tendrá que pasar por nosotros.
Desde el otro lado llegó una risa suave.
—Siempre tan dispuestos a luchar por una causa que no comprendéis.
—Y tú siempre tan dispuesto a hablar sin dar la cara —replicó Alexander.
El ojo dorado se apartó de la abertura.
Durante unos segundos solo vimos oscuridad.
Después apareció una mano pálida, apoyándose en el borde de la puerta.
—No quiero luchar contra vosotros.
Una segunda mano se aferró a la piedra.
—Pero tampoco pienso permanecer aquí para siempre.
La puerta se abrió unos centímetros más.
Y el hombre salió.
Lo primero que me sorprendió fue que no parecía una criatura antigua.
No tenía colmillos, garras ni ninguna de las deformidades que yo había imaginado durante los últimos minutos. Era un hombre alto, de cabello oscuro con algunos mechones plateados, rostro anguloso y una cicatriz que le atravesaba la ceja izquierda.
Su ropa parecía confeccionada con materiales de otra época, aunque estaba sorprendentemente bien conservada.
Pero fueron sus ojos los que me hicieron retroceder.
Dorado intenso.
Exactamente como los míos.
El hombre observó la cámara sin mostrar sorpresa. Después miró a Aurelian.
—Hermano.
Aurelian permaneció inmóvil.
—Lucien.
No hubo abrazos ni palabras de alivio.
Solo dos hombres mirándose como si entre ellos se alzaran siglos de dolor.
—Has envejecido —comentó Lucien.
Aurelian soltó una risa amarga.
—Y tú no has cambiado.
—El tiempo se comporta de manera extraña cuando te arrancan de él.
Su mirada pasó de Aurelian a Gabriel, después a Andrew y finalmente se detuvo en mí.
Su expresión cambió.
No fue una sonrisa.
Fue algo mucho más doloroso: reconocimiento.
—Así que eres tú.
Sentí que Alexander se tensaba a mi lado.
—No te acerques a ella.
Lucien lo miró con curiosidad.
—¿Y tú quién eres para decidirlo?
—Alexander Vale.
Por primera vez, el hombre pareció verdaderamente interesado.
—El hijo de Cassian.
Alexander apretó la empuñadura de su espada.
—Conociste a mi padre.
—Conocí al hombre que intentó corregir uno de los errores de nuestra familia. Murió creyendo que aún podía salvaros.
La expresión de Alexander se endureció.
—No hables de él como si lo conocieras mejor que yo.
—No lo conocía como hijo. Lo conocía como un hombre que comprendió demasiado tarde que el Consejo jamás permitiría que la verdad llegara a sus descendientes.
Lucien volvió a mirarme.
—Y tú debes de ser Valeria Lyanna Vale.
—Ya sabes quién soy.
—Sé el nombre que te devolvieron. No sé qué nombre te dieron antes de borrarlo.
Mi corazón comenzó a latir más deprisa.
—¿Qué quieres decir?
Lucien alzó una mano.
En su palma apareció una pequeña marca dorada: cinco líneas formando un círculo incompleto.
La misma quinta línea que había aparecido en la puerta.
—Antes de que existieran las cuatro líneas de Guardianes, existía una quinta familia. La nuestra.
Aurelian cerró los ojos.
—No empieces con eso.
—¿Por qué? ¿Temes que descubran que no todo lo que les contaste era mentira?
—La quinta familia desapareció.
—No. La quinta familia fue eliminada de los registros. Hay una diferencia.
Lucien se acercó a una de las paredes y pasó los dedos por una inscripción oculta. La piedra se iluminó, revelando cinco símbolos en lugar de cuatro.
—Los fundadores no crearon las cuatro líneas para proteger el equilibrio. Las crearon después de una guerra entre familias que querían decidir quién podía acceder al conocimiento antiguo.
—¿Y tu familia perdió? —preguntó Adrian.
—Mi familia se negó a entregar el derecho de elegir.
Lucien se volvió hacia él.
—Por eso nos convirtieron en una advertencia. Cada generación aprendió que cuestionar al Consejo significaba perder el nombre, la familia y, finalmente, el derecho a existir.
Miré los cinco símbolos.
—¿Qué tiene que ver eso conmigo?
Lucien no respondió enseguida.
Sus ojos descendieron hasta los fragmentos de mi brazalete, que habían vuelto a unirse en el suelo.
—Tu nacimiento debía demostrar que la quinta línea no había desaparecido.
Lyanna dio un paso hacia nosotros.
—¡Basta, Lucien!
Él la miró.
—Tú también lo sabías.
Mi madre palideció.
Y esa reacción me dolió más que cualquier explicación.
—¿Qué sabía? —pregunté.
Lyanna se quedó inmóvil.
—Valeria…
—No vuelvas a decir mi nombre como si fuera una manera de pedirme que deje de preguntar.
Ella bajó la cabeza.