La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo extra 4: Una cena, tres confesiones y una decisión

Capítulo extra 4: Una cena, tres confesiones y una decisión

La invitación llegó un jueves por la mañana.

Valeria estaba desayunando con Lysandra cuando un mensajero apareció en la puerta de la casa. Llevaba un sobre sencillo, sin sellos ceremoniales ni símbolos de la familia Blackthorn.

Valeria lo reconoció antes de abrirlo.

—¿Es de Alexander? —preguntó Lysandra, intentando disimular su curiosidad.

—No sé.

—Claro que no. Por eso llevas diez segundos mirando el sobre sin abrirlo.

Valeria le lanzó una mirada de advertencia y finalmente rompió el sello.

Valeria:

Me dijiste que me avisarías cuándo estarías dispuesta a cenar conmigo. No quiero decidir por ti ni asumir que has cambiado de opinión. Si todavía te apetece, estaré en la posada del lago el sábado a las siete. Si no, lo entenderé.

Alexander.

Valeria leyó la nota en silencio.

—¿Y bien? —insistió Lysandra.

—El sábado a las siete.

—¿Eso significa que vas a ir?

Valeria dejó la carta sobre la mesa.

—Significa que estoy pensando si quiero ir.

—¿Y qué dice tu corazón?

—Que quiero terminar mi desayuno en paz.

Lysandra se echó a reír.

Pero, cuando su hermana salió de la cocina, Valeria volvió a mirar la nota.

Quería conocer al Alexander que estaba intentando convertirse en un hombre diferente. No porque sus sentimientos fueran una deuda pendiente, sino porque sentía curiosidad.

Y la curiosidad, a diferencia del miedo, no la obligaba a nada.

Tomó una pluma y escribió su respuesta.

El sábado a las siete. Una cena. Sin discursos sobre el destino.

La dobló, la metió en un sobre y se la entregó al mensajero.

Después continuó desayunando como si acabara de confirmar una cita cualquiera.

Sin embargo, aquella mañana se descubrió sonriendo más de una vez.

El sábado llegó demasiado rápido.

Valeria eligió un vestido verde oscuro, se recogió el cabello y dejó el brazalete azul en su muñeca. No quería vestirse para impresionar a Alexander ni para demostrarle que ya no era la muchacha insegura que él había conocido.

Quería sentirse cómoda consigo misma.

Cuando llegó a la posada, él la esperaba en una mesa junto a la ventana.

Alexander se puso de pie al verla.

—Estás preciosa.

Valeria alzó una ceja.

—¿Ese era el saludo que preparaste?

Él pareció darse cuenta de su error.

—Puedo empezar de nuevo. Buenas noches, Valeria. Me alegra que hayas venido.

—Mucho mejor.

Alexander sonrió y le ofreció la silla.

La cena transcurrió con una tranquilidad que ninguno de los dos había imaginado.

Hablaron del viaje al norte, de los cambios en las manadas y de los planes de Valeria para visitar una escuela que quería abrir un programa de formación para jóvenes sin recursos.

Alexander escuchó con interés, pero no intentó apropiarse de sus ideas ni ofrecerle dinero para demostrar su generosidad.

—Podrías pedir ayuda a los Blackwood —dijo cuando ella terminó de explicarle el proyecto—. Su archivo tiene registros de muchas comunidades que necesitan ese tipo de apoyo.

—Ya estoy trabajando con Gabriel.

—Entonces no necesitas mi intervención.

—Exactamente.

Él rio suavemente.

—Estoy aprendiendo.

—Lo estás intentando. No es lo mismo que haberlo aprendido.

—Me aseguraré de recordarlo.

Valeria bebió un poco de agua.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

Alexander dejó los cubiertos.

—Por supuesto.

—¿Qué sentiste cuando me viste por primera vez después del juicio?

Él no respondió inmediatamente.

—Vergüenza.

Valeria esperaba muchas respuestas, pero aquella no era una de ellas.

—¿Por qué?

—Porque te vi caminar por el salón sin pedir permiso, sin intentar demostrar que merecías estar allí. Y comprendí que tú habías encontrado una fortaleza que yo nunca había necesitado desarrollar. Yo siempre había tenido un apellido que me protegía de las consecuencias de mis actos.

Se pasó una mano por el cabello.

—Tú tuviste que aprender a protegerte de las personas que debían haberte tratado con dignidad.

Valeria bajó la mirada.

—No quiero que conviertas mi sufrimiento en algo hermoso.

—No lo haré. Lo que te ocurrió fue injusto. No necesitabas sufrir para convertirte en quien eres.

Ella sintió que aquella respuesta deshacía una pequeña tensión dentro de su pecho.

—Gracias.

Alexander asintió.

Después de un momento, fue ella quien cambió de tema.

Hablaron de música, de las comidas que detestaban y de los lugares que querían conocer. Descubrieron que ambos preferían caminar al amanecer y que ninguno sabía bailar demasiado bien.

Cuando terminó la cena, Valeria se dio cuenta de que había dejado de vigilar cada palabra que él pronunciaba.

No había olvidado el pasado.

Simplemente, durante aquella noche, el pasado no había ocupado toda la mesa.

Al salir, Alexander la acompañó hasta el carruaje.

—Gracias por venir —dijo.

—La comida estuvo buena.

—¿Solo la comida?

Valeria lo miró con una sonrisa traviesa.

—No arruines el momento.

Alexander rio.

—Está bien. No diré nada.

Ella subió al carruaje, pero antes de cerrar la puerta volvió a mirarlo.

—Podemos repetirlo alguna vez.

La expresión de Alexander cambió.

No intentó besarla ni le pidió que definiera lo que sentía.

—Me gustaría —respondió.

Valeria cerró la puerta con una sonrisa.

Aquella noche, por primera vez, regresó a casa sin preguntarse qué esperaba Alexander de ella.

Solo se preguntó si ella misma querría volver a verlo.

Y la respuesta fue sí.

Dos días después, Valeria recibió otra invitación.

Esta vez no venía de Alexander.

Adrian y Andrew habían solicitado hablar con ella en el jardín de la fortaleza Blackthorn. La nota aclaraba que podía acudir acompañada y que no se trataría de ninguna reunión formal.




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