La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo extra 8: El secreto que crecía en mi vientre

Capítulo extra 8: El secreto que crecía en mi vientre

Los meses habían pasado desde que Valeria, Alexander, Adrian y Andrew decidieron construir una vida juntos.

La pequeña casa junto al lago se había convertido en su refugio. Ya no era solamente una vivienda con paredes azules, una cocina estrecha y un jardín lleno de flores. Era el lugar donde desayunaban entre bromas, donde discutían por tonterías y donde, al terminar el día, siempre encontraban una manera de volver a estar juntos.

Valeria había descubierto que la felicidad no significaba vivir sin problemas.

Significaba tener con quién compartirlos.

Alexander seguía siendo el más protector de los tres, aunque cada vez comprendía mejor que cuidar de Valeria no significaba decidir por ella. Adrian continuaba llenando la casa de bromas y sorpresas, mientras Andrew mantenía sus listas, sus horarios y una paciencia extraordinaria para organizar la vida de los cuatro.

Y Valeria los amaba.

Los amaba por sus diferencias, por sus esfuerzos y por la manera en que habían aprendido a respetar sus decisiones.

Sin embargo, durante las últimas semanas, algo había cambiado.

Se despertaba cansada incluso después de dormir toda la noche. Algunos olores de la cocina le provocaban náuseas y, en más de una ocasión, había tenido que sentarse porque sentía un mareo repentino.

Al principio creyó que era agotamiento.

Tenía mucho trabajo en el refugio, reuniones con las familias de las manadas y demasiadas responsabilidades.

Pero aquella mañana, mientras intentaba preparar el desayuno, el olor del café le revolvió el estómago.

Valeria dejó la taza sobre la encimera y se llevó una mano a la boca.

—No, no, no… —murmuró antes de correr hacia el baño.

Cuando salió, encontró a Alexander esperándola en el pasillo.

—¿Te encuentras bien?

Ella intentó sonreír.

—Sí. Creo que el café estaba demasiado fuerte.

Alexander la observó con preocupación.

—Llevas varios días sintiéndote mal.

—Estoy cansada, nada más.

—Valeria…

—Alex, por favor. No quiero que los tres conviertan un simple mareo en una emergencia de la manada.

Desde la cocina se escuchó la voz de Adrian.

—¡Demasiado tarde! ¡Andrew ya está buscando síntomas en todos los libros de la biblioteca!

—¡Estoy buscando una explicación razonable! —respondió Andrew.

Valeria cerró los ojos.

—Voy a matarlos.

Alexander sonrió un poco, aunque la preocupación no desapareció de su rostro.

—Primero desayuna. Después podemos buscar una explicación juntos.

Ella aceptó, sin imaginar que aquellas palabras terminarían cambiando sus vidas.

Una sospecha imposible de ignorar

Dos días después, Valeria decidió visitar a la sanadora del valle.

No se lo contó inmediatamente a los tres hermanos porque quería tener una respuesta antes de preocuparlos. No era que desconfiara de ellos; simplemente necesitaba un momento para comprender lo que estaba sucediendo dentro de su propio cuerpo.

La sanadora, una mujer llamada Mireya, la recibió en una habitación tranquila, iluminada por la luz de la mañana.

—Cuéntame qué has sentido últimamente —le pidió.

Valeria le explicó los mareos, el cansancio y las náuseas. También le habló de un detalle que había comenzado a inquietarla: llevaba varias semanas sin tener su periodo.

Mireya la escuchó con atención y después le hizo algunas preguntas.

Finalmente, realizó una prueba para confirmar sus sospechas.

Los minutos que siguieron le parecieron interminables.

Valeria permaneció sentada, apretando los dedos sobre su falda, mientras intentaba imaginar todas las posibilidades.

Hasta que Mireya regresó.

Su expresión era amable, pero seria.

—Valeria, la prueba ha dado positiva.

Ella parpadeó.

—¿Positiva?

La sanadora se sentó frente a ella.

—Estás embarazada.

El mundo pareció detenerse.

Valeria abrió los labios, pero no consiguió pronunciar una palabra.

Embarazada.

Había escuchado aquella palabra en innumerables ocasiones. Había visto a otras mujeres hablar de sus hijos, acariciarse el vientre y preparar habitaciones para los bebés que estaban por llegar.

Pero nunca había imaginado que un día sería ella quien recibiría aquella noticia.

Lentamente, bajó la mirada hacia su abdomen.

Todavía no había ningún cambio visible.

No podía sentir movimientos ni distinguir una forma bajo su ropa.

Y, sin embargo, algo había cambiado para siempre.

—¿Estás segura? —preguntó con un hilo de voz.

—La prueba indica que sí. Podemos organizar una consulta médica para confirmar el embarazo, calcular aproximadamente de cuántas semanas estás y comprobar que todo evolucione bien.

Valeria asintió, aunque sus pensamientos se atropellaban.

Una parte de ella sentía una alegría inmensa.

Otra tenía miedo.

No sabía cómo reaccionarían Alexander, Adrian y Andrew. No sabía si estaba preparada para convertirse en madre ni cómo cambiaría la vida que apenas estaban comenzando a construir.

Mireya tomó suavemente su mano.

—No tienes que resolverlo todo hoy. Puedes sentir alegría y miedo al mismo tiempo. Lo importante es que recibas atención y que tengas espacio para pensar y expresar lo que necesitas.

Valeria respiró profundamente.

Después volvió a mirar su vientre.

—Voy a tener un bebé…

Pronunciar aquellas palabras hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas.

Y, por primera vez desde que había entrado en la consulta, sonrió.

La noticia que cambió tres corazones

Cuando Valeria regresó a casa, los tres hermanos estaban en la cocina.

Adrian intentaba preparar una tarta.

Andrew leía las instrucciones de una receta.

Alexander, apoyado contra la encimera, observaba el desastre con una expresión que dejaba claro que no confiaba en ninguno de los dos.

—¡Valeria! —exclamó Adrian—. Necesito que pruebes algo.




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