El silencio que siguió a las palabras de Eleanor Blackthorn fue tan profundo que pude escuchar el agua filtrándose entre las piedras del santuario.
La mujer frente a nosotros tenía los mismos ojos grises de sus tres hijos. Los mismos que había visto en Alexander cuando intentaba ocultar una emoción, en Adrian cuando analizaba una mentira y en Andrew cuando estaba a punto de hacer algo impulsivo.
Pero había algo distinto en ella.
Sus ojos no reflejaban la tranquilidad de alguien que había regresado a casa después de mucho tiempo.
Reflejaban el miedo de una persona que llevaba quince años huyendo.
—¿Quién ordenó tu muerte? —pregunté.
Eleanor bajó la mirada hacia la caja abierta. Sus dedos rozaron el borde de madera, pero no se atrevió a tocar el documento donde aparecía su nombre.
—Antes de responderte, necesito que entiendas algo, Valeria. No todo lo que está escrito en ese archivo cuenta la historia completa.
Andrew soltó una risa seca.
—Qué conveniente. Todos aparecen en los registros, todos tienen secretos y, cuando llega el momento de explicar algo, resulta que falta una parte de la historia.
Eleanor lo miró.
Por primera vez desde que había aparecido, su expresión se quebró.
—Andrew…
—No. —Él retrocedió un paso—. Durante quince años creí que estabas muerta. Crecí escuchando que una enfermedad te había arrebatado la vida, que nuestro padre había hecho todo lo posible por salvarte. ¿Tienes idea de cuántas veces me pregunté si habrías podido despedirte de nosotros?
La respiración de Eleanor se volvió irregular.
—Tenía que mantenerlos a salvo.
—¿A salvo de quién? ¿De nuestro propio padre?
Ella no respondió de inmediato.
Y aquella pausa fue mucho peor que una confesión.
Me acerqué a la caja. El documento original seguía extendido sobre la piedra, con el nombre de Eleanor marcado junto al símbolo de los Guardianes.
—Tu nombre aparece como la primera firma —dije—. La inscripción dice que fuiste tú quien abrió la puerta. Necesito saber qué puerta era y qué ocurrió esa noche.
Eleanor cerró los ojos.
—La noche en que murió Elias Blackthorn, yo abrí la entrada del archivo antiguo.
Andrew se quedó inmóvil.
—¿El archivo que mi padre lleva años intentando encontrar?
—Sí. Elias descubrió que alguien estaba utilizando los registros de los Guardianes para manipular la sucesión de la manada. Había órdenes alteradas, desapariciones encubiertas y acuerdos con familias que debían ser nuestras enemigas. Daniel Blackwood y Mateo Vale lo ayudaban a reunir pruebas.
El nombre de Daniel me hizo levantar la cabeza.
—Mi padre estuvo allí.
—Estuvo allí —confirmó Eleanor—. Y tu madre biológica también.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Lyanna.
Cada vez que creía acercarme a ella, aparecía una nueva pieza que cambiaba todo lo que sabía.
—¿Qué hacía Lyanna en ese lugar?
—Era una Guardiana con acceso a los registros más antiguos. Su familia protegía una parte de la historia que los Blackthorn habían jurado no alterar jamás. Cuando Elias descubrió que su propio hijo estaba implicado en la manipulación de documentos, convocó a todos los que podían demostrarlo.
—¿A Alistair? —pregunté.
Eleanor asintió lentamente.
—Tuvo que convocarlo. Alistair era el heredero de la manada y el único que podía explicar por qué algunas órdenes llevaban su sello. Elias quería darle la oportunidad de confesar antes de llevar las pruebas ante el consejo.
—Y mi padre murió por eso —murmuró Andrew.
—Daniel no murió —le recordé, aunque mi voz salió más frágil de lo que quería.
—Lo sé —respondió él—. Pero lo encarcelaron, destruyeron su reputación y lo separaron de ti. A veces, una persona puede seguir respirando y aun así perder casi todo lo que tenía.
No supe qué contestar.
Porque, por primera vez, Andrew no estaba intentando justificar a su familia. Estaba mirando de frente el daño que habían causado.
Eleanor volvió a hablar.
—Aquella noche, Elias quería que el archivo quedara sellado hasta que el consejo pudiera reunirse. Pero alguien llegó antes que nosotros. Alguien que conocía la entrada y sabía cómo desactivar las protecciones.
—Tú abriste la puerta —dije.
—Sí. Para que Elias, Daniel y Lyanna pudieran entrar. No sabía que nuestra llegada había sido prevista por otra persona.
Miré la segunda firma.
Todavía no tenía nombre.
Solo una marca incompleta, trazada con una tinta diferente a la primera.
—¿Y el heredero? —pregunté—. El documento dice que la segunda firma pertenece a uno de los tres hijos de Alistair.
Eleanor palideció.
Andrew se acercó al registro.
—Alexander, Adrian o yo.
—No necesariamente firmaron con la intención de traicionar a nadie —dijo Eleanor rápidamente—. Esa marca puede haber sido obtenida mediante el antiguo protocolo de sucesión.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
Ella señaló el anillo negro que Andrew llevaba en la mano.
—Antes de que tuvieran edad para gobernar, cada heredero recibió un sello de reconocimiento. No era solo un símbolo de poder. Podía autorizar el acceso a determinadas cámaras del archivo si se combinaba con la firma de un Guardián.
Andrew se quitó el anillo de inmediato.
—Nuestro padre me lo entregó hace años. Me dijo que era una tradición familiar.
—Lo sé. Alistair modificó los tres sellos para ocultar su función original. Pero el archivo conserva las huellas de cada autorización.
Mi mirada volvió al documento.
La segunda firma no parecía una firma adulta. Era breve, irregular, casi como un trazo aprendido por un niño.
—¿Quieres decir que uno de ellos pudo firmar sin saber qué estaba autorizando?
Eleanor tardó demasiado en responder.
—Es posible.
—Eso no demuestra que fuera inocente —dije.
—No. Pero tampoco demuestra que fuera culpable.