Isabella Laurent huyó.
No esperó a que pronunciara su nombre ni a que los Guardianes se acercaran. En cuanto nuestras miradas se encontraron, se dio la vuelta y atravesó el patio, empujando a un sirviente que tuvo la mala suerte de interponerse en su camino.
—¡Isabella! —grité.
No se detuvo.
Eché a correr detrás de ella.
—¡Valeria, espera! —escuché a Adrian a mis espaldas.
Pero no pensaba esperar.
Durante diecisiete años, otras personas habían decidido qué debía saber sobre mi vida. Me habían ocultado mi nacimiento, la desaparición de mi madre y la existencia de una niña que podía compartir mi sangre y mi destino.
No permitiría que Isabella desapareciera antes de darme una explicación.
La alcancé en el corredor que conducía a las habitaciones privadas. Ella intentó cerrar una puerta, pero logré detenerla con la mano.
—Tenemos que hablar.
—No tengo nada que decirte.
Su voz sonaba firme, pero sus dedos temblaban sobre el picaporte.
—Qué curioso. Hace un momento parecías tener mucho miedo de una simple página.
—No sabes de qué estás hablando.
—Entonces explícame por qué tu nombre aparece en un registro relacionado con una niña desaparecida hace diecisiete años.
Isabella palideció.
Durante un instante, creí que iba a negarlo todo. En cambio, miró por encima de mi hombro, comprobando si alguien nos había seguido.
—Entra —murmuró.
Crucé el umbral y ella cerró la puerta con llave.
La habitación estaba casi a oscuras. Las cortinas permanecían cerradas y sobre la cama había una maleta abierta, llena de ropa y documentos. Junto a ella descansaba una pequeña caja de madera.
Isabella estaba preparando su huida.
—¿Adónde pensabas ir? —pregunté.
—Lejos de esta manada.
—¿Porque eres la segunda heredera?
Su rostro se contrajo.
—No vuelvas a llamarme así.
—Entonces dime quién eres.
Isabella soltó una risa seca, sin alegría.
—¿Crees que basta con leer unas iniciales para conocer la vida de alguien? ¿Crees que porque un archivo te reconoce como heredera, tienes derecho a exigir que todos se arrodillen ante ti?
—Nunca he pedido que nadie se arrodille.
—No. Tú solo apareces, haces brillar ese brazalete y consigues que todos empiecen a hablar de secretos, profecías y sangre. Mientras tanto, el resto tenemos que pagar por lo que hicieron nuestros padres.
Aquellas palabras me hicieron detenerme.
Por primera vez, Isabella no sonaba como la mujer que disfrutaba humillándome delante de la manada. Sonaba como alguien que llevaba demasiado tiempo atrapada en una historia que no había elegido.
Eso no borraba lo que me había hecho.
Pero me obligaba a escuchar.
—¿Qué sabes de tu nacimiento?
Isabella apartó la mirada.
—Sé que fui adoptada.
Sentí que el aire se detenía en mis pulmones.
—¿Cuándo lo descubriste?
—Hace tres años. Encontré unos documentos entre las pertenencias de mi madre. Mi familia siempre me dijo que había nacido en una aldea al sur del territorio, pero las fechas no coincidían. Cuando los confronté, mi padre me confesó que me habían recibido siendo un bebé.
—¿Y no te dijo quién era tu madre biológica?
—Dijo que la mujer que me entregó había muerto.
—¿Cómo se llamaba?
Isabella cerró los ojos.
—No lo sé.
—¿Y las iniciales I. L.?
—Isabella Laurent —respondió con amargura—. Mi nombre. El nombre que aparece en todos los documentos que he conocido. ¿Qué esperabas? ¿Que de repente recordara una vida que nunca tuve?
Me acerqué a la mesa donde había dejado la caja.
—¿Qué hay ahí?
Ella se interpuso.
—No lo toques.
Su reacción fue demasiado rápida.
—Isabella…
—¡He dicho que no lo toques!
La furia de su voz me sorprendió, pero no retrocedí.
—No voy a obligarte a contarme nada que no sepas. Sin embargo, si esa caja está relacionada con mi familia, necesito verla.
—¿Tu familia? —repitió—. ¿Ahora también vas a reclamarme como parte de tu familia?
—No sé si tenemos algún parentesco. Eso es precisamente lo que intento descubrir.
Isabella apretó los puños.
—Tú puedes buscar la verdad porque tienes a Daniel, a Mateo y a todos esos Guardianes dispuestos a ayudarte. Yo no tengo a nadie.
—Eso no es cierto.
—¿Ah, no? ¿Vas a decirme que los tres herederos te protegerán? ¿Los mismos que te rechazaron delante de toda la manada? ¿El mismo padre que utilizó tu existencia para manipularlos?
No respondí.
Porque, aunque sus palabras estaban cargadas de veneno, había verdades que no podía negar.
—No necesito que nadie me prometa protección —dije finalmente—. Necesito saber qué ocurrió.
Isabella bajó la mirada hacia la caja.
Después de unos segundos, la apartó de la mesa.
—Ábrela tú.
Levanté la tapa.
Dentro había un pañuelo blanco, una pulsera infantil de plata y un pequeño papel doblado tantas veces que los bordes comenzaban a romperse.
Tomé el papel con cuidado.
La escritura era antigua, pero todavía legible.
«La niña deberá permanecer lejos de los Guardianes. Si descubre su marca antes de cumplir dieciocho años, quienes la buscan sabrán que sigue viva».
Debajo aparecía un sello de tres líneas cruzadas por una luna.
El mismo símbolo del brazalete.
—¿Quién te entregó esto? —pregunté.
—Mi madre adoptiva. Me dijo que debía conservarlo, pero que jamás lo mostrara a un miembro del consejo.
—¿Por qué?
—Porque una mujer fue a nuestra casa cuando yo tenía seis años. Llevaba una cicatriz en la mano izquierda y preguntó si yo tenía una marca de nacimiento.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Mara.
—¿Qué ocurrió después?
—Mi padre la echó. Esa misma noche, me prohibió volver a hablar de la visita. Unos días después, mi madre guardó esta caja bajo llave.