La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 50: La mentira detrás del nombre

Capítulo 50: La mentira detrás del nombre

El nombre de Mara estaba escrito al pie de la nota.

No había ninguna explicación. Ninguna prueba. Solo aquellas palabras que parecían querer convertir todo lo que acabábamos de descubrir en una nueva mentira.

«Deja de buscar a Silas Laurent. Él no desapareció para protegerte. Desapareció porque fue el primero en intentar matarte».

Leí la frase otra vez.

Después una tercera.

—Esto es una trampa —dijo Gabriel.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —pregunté.

—Porque alguien ha entrado en una fortaleza vigilada, ha dejado una nota con información que supuestamente nadie debería conocer y ha conseguido que todos miremos a la misma persona. Es exactamente lo que Octavian lleva años haciendo.

—Pero eso no significa que Mara sea inocente.

—No —admitió Gabriel—. Significa que todavía no tenemos pruebas de que sea culpable.

Daniel permanecía junto a la puerta, con el sobre que acabábamos de leer guardado en el interior de su abrigo.

—Debemos encontrarla.

No tuve que preguntar a quién se refería.

—Yo iré —dije.

—Valeria, no.

Lo miré fijamente.

Daniel cerró la boca, consciente de lo que acababa de hacer.

—Quise decir que no deberías ir sin protección —rectificó—. No después de esa nota.

—Eso puedo aceptarlo.

Gabriel llamó a dos guardianes para que revisaran los accesos y enviaran a alguien a buscar a Alexander, Adrian y Andrew. Mientras esperábamos, tomé el papel y lo acerqué a la luz.

La tinta plateada parecía idéntica a la utilizada en las alteraciones del primer pacto. Sin embargo, la letra tenía algo extraño: las líneas eran demasiado regulares, como si alguien hubiera intentado imitar una escritura antigua.

—¿Puedes identificar quién escribió esto? —le pregunté a Gabriel.

Él examinó la nota sin tocarla directamente.

—No por la caligrafía. Pero podemos comprobar la tinta.

—¿Y si la persona que la escribió está aquí, en la fortaleza?

Gabriel levantó la mirada.

—Entonces debemos dejar de buscar solamente fuera de nuestras paredes.

Aquella posibilidad me produjo un escalofrío.

Habíamos pasado tanto tiempo intentando descubrir quién manipulaba el Consejo, quién había falsificado las órdenes y quién había borrado la quinta línea que quizá no habíamos considerado algo mucho más sencillo.

Tal vez el enemigo no necesitaba entrar en la fortaleza.

Tal vez nunca se había marchado.

Encontramos a Mara en la habitación donde la habíamos dejado.

Los dos guardianes que custodiaban la puerta estaban inconscientes en el suelo.

Alexander llegó detrás de nosotros, con la espada desenvainada. Adrian y Andrew aparecieron por el corredor opuesto, acompañados por Seraphina.

—Que nadie toque nada —ordenó Adrian.

Alexander comprobó el pulso de los guardianes.

—Están vivos. Alguien los golpeó por detrás.

Andrew examinó las bisagras.

—La puerta no está forzada.

—Entonces quien entró tenía acceso —dijo Gabriel.

Yo avancé hasta el interior.

Mara estaba junto a la ventana, con una mano apoyada en el marco. Al verme, se volvió de inmediato.

—¿Qué ha ocurrido?

No respondí. Le mostré la nota.

Su expresión cambió en cuanto leyó su propio nombre.

—¿Dónde encontraste esto?

—En la puerta norte. Alguien entró en la fortaleza y dejó el mensaje.

Mara leyó la frase de nuevo.

—No.

—¿No qué?

—Yo no escribí esto.

—Tu nombre está al pie.

—Y tú sabes tan bien como yo que una firma puede falsificarse.

Me acerqué un paso.

—La nota dice que Silas intentó matarme.

Mara apretó los labios.

Por primera vez, no intentó esquivar la pregunta.

—Hay algo que no te conté.

Alexander levantó la espada.

—Empieza a parecer una costumbre.

—Baja el arma —le dije.

—Valeria, si sabe algo sobre un intento de asesinato contra ti…

—Entonces la escucharé antes de decidir qué hacer.

Alexander me sostuvo la mirada unos segundos. Finalmente, bajó la espada, aunque no la guardó.

Mara se apartó de la ventana.

—Cuando eras una bebé, hubo un intento de sacarte de la residencia de los Blackwood. No fue una orden del Consejo. No había guardias ni documentos oficiales. Alguien entró por un pasadizo de servicio y trató de llevarte.

Sentí que el corazón comenzaba a golpearme con fuerza.

—¿Quién?

—No lo vi con claridad. Llevaba una capa y tenía el rostro cubierto. Llegué cuando Daniel ya te había recuperado.

Daniel, que acababa de entrar en la habitación, se quedó inmóvil.

—¿Cómo sabes eso?

Mara lo miró.

—Porque fui yo quien te ayudó a cerrar el pasadizo.

Daniel palideció.

—Eso no puede ser.

—Tú me pediste que no dejara constancia de lo ocurrido. Dijiste que alguien había intentado entrar en la habitación de Valeria y que no podías arriesgarte a que el Consejo se enterara de que conocías el acceso secreto.

Mi padre de crianza se llevó una mano a la frente.

—Recuerdo el ataque. Recuerdo que alguien intentó llevársela. Pero no recuerdo que tú estuvieras allí.

—Porque después desaparecí. Y porque te hice prometer que no hablarías de mí si alguien preguntaba.

—¿Por qué?

—Porque había reconocido el símbolo que el intruso llevaba en la muñeca.

Mara sacó de su bolsillo la pulsera plateada que nos había mostrado en la Casa de los Nombres.

Giró el metal hasta revelar una pequeña marca junto al cierre.

Un círculo atravesado por cinco líneas.

La misma marca que aparecía en el sobre dirigido a Daniel.

—Ese símbolo pertenecía a los guardianes encargados de proteger los registros de la quinta línea —explicó—. No todos sus miembros tenían derecho a llevarlo. Solo quienes custodiaban el nombre de un heredero.

Gabriel se acercó.

—¿Estás diciendo que quien intentó llevarse a Valeria pertenecía a la quinta línea?




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