La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 13: La verdad que mi madre ocultó

Capítulo 13: La verdad que mi madre ocultó

La firma de mi madre seguía frente a mis ojos.

ELENA BLACKWOOD.

Debajo de su nombre, aquellas palabras parecían una sentencia:

La hija no debe conocer la verdad sobre su nacimiento hasta que los tres herederos hayan elegido por voluntad propia.

Leí la frase una vez más, esperando que las letras cambiaran. Que el papel se deshiciera entre mis dedos. Que Mateo dijera que se trataba de una falsificación.

Pero nadie habló.

Alexander permanecía junto a la puerta, con el rostro endurecido. Adrian observaba el documento como si intentara encontrar una trampa entre las líneas. Andrew, en cambio, me miraba a mí.

Y yo solo podía pensar en una cosa.

Mi madre me había ocultado algo.

—Quiero ir a casa —dije.

Mateo frunció el ceño.

—Valeria, no es seguro. Si los hombres de Alistair siguen buscando los registros…

—No te he preguntado si es seguro. He dicho que quiero ir a casa.

Mi voz tembló al final, pero no retiré mis palabras.

Durante meses había soportado que me quitaran mi título, mi habitación, mis privilegios y hasta el derecho de caminar por la mansión sin que alguien me recordara que ya no pertenecía a la familia que me había visto crecer.

Había soportado el desprecio de los tres hombres que una vez consideré mis mejores amigos.

Había soportado que llamaran traidor a mi padre.

Pero no podía soportar descubrir secretos sobre mi propia vida de boca de desconocidos.

Alexander dio un paso hacia mí.

—Te acompañaré.

—No necesito que me protejas.

Su mandíbula se tensó.

—No he dicho que lo necesites.

—Entonces no actúes como si tuvieras derecho a decidir por mí.

El silencio que siguió fue incómodo.

Antes, Alexander habría respondido con una orden y yo habría terminado obedeciendo. Ahora, por primera vez, pareció comprender que ya no podía tratarme como a la niña que lo seguía por los jardines de la mansión.

—De acuerdo —dijo finalmente—. Tú decides.

No era una disculpa.

Ni siquiera era suficiente para empezar a reparar lo que había hecho.

Pero era la primera vez que me cedía el control de una decisión.

Y no pensaba olvidar la diferencia.

Mi madre estaba en la pequeña habitación que compartíamos desde nuestra caída.

Tenía una cesta de ropa sobre las rodillas, aunque llevaba tanto tiempo con la misma prenda entre las manos que parecía haber olvidado qué estaba haciendo.

Levantó la mirada cuando entré.

Después vio a Mateo detrás de mí.

La ropa cayó al suelo.

—No puede ser —susurró.

Mateo cerró la puerta con cuidado.

—Hola, Elena.

Mi madre se puso de pie lentamente. Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió. Había algo en sus miradas que no comprendía: dolor, miedo y un reconocimiento demasiado profundo para tratarse de dos simples conocidos.

—Te creía muerto —dijo ella.

—Eso era precisamente lo que necesitaban que creyeras.

Mi madre se llevó una mano a la boca.

Yo sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Lo conocías?

Elena cerró los ojos.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de que nacieras.

La respuesta me golpeó con más fuerza que cualquier insulto de los Blackthorn.

Antes de que naciera.

Mateo colocó el documento sobre la mesa.

Mi madre no necesitó leerlo para saber de qué se trataba.

—Así que encontraste la última página —murmuró.

—Quiero la verdad —dije—. Toda la verdad. No otra advertencia, no otra historia a medias. Quiero saber qué significa esto y por qué mi nombre aparece en unos registros que parecen escritos para controlar mi vida.

Elena me miró con los ojos llenos de lágrimas.

—Nunca quise que lo descubrieras de esta manera.

—¿Cómo querías que lo descubriera? ¿Cuando los tres alfas decidieran aceptarme? ¿Cuando mi padre muriera en prisión? ¿O cuando alguien consiguiera arrancarme este brazalete del brazo?

Mi madre palideció.

Por primera vez, no intentó pedirme que bajara la voz.

—Tienes razón —susurró—. Mereces saberlo.

Se sentó y me indicó la silla frente a ella.

Yo permanecí de pie.

No estaba preparada para acercarme.

—Hace diecisiete años —comenzó—, tu padre descubrió que alguien estaba manipulando los registros de la manada. No se trataba solamente de dinero o de documentos falsificados. Había órdenes secretas, acuerdos con enemigos y nombres de personas que debían desaparecer para que ciertos miembros del Consejo conservaran el poder.

—Los Guardianes de la Luna —dijo Mateo.

Elena asintió.

—Los Guardianes fueron creados para proteger los registros originales y evitar que una sola familia pudiera controlar toda la manada. Daniel colaboraba con ellos. Yo también, aunque nunca ocupé un cargo público.

Miré a mi madre, intentando reconciliar aquella mujer que lavaba ropa ajena para sobrevivir con la persona que acababa de describir.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque alguien comenzó a perseguir a quienes conocían la verdad. Elias Blackthorn murió. Mateo tuvo que desaparecer. Y tu padre comprendió que nosotros también estábamos en peligro.

—¿Y mi nacimiento? —pregunté, señalando el documento—. ¿Qué tiene que ver conmigo?

Elena apretó las manos sobre su regazo.

—La noche en que naciste, Daniel y yo tuvimos que tomar una decisión. Los Guardianes habían descubierto que el sello original podía ser utilizado para abrir el archivo más antiguo de la manada. Ese archivo contenía las pruebas de todas las órdenes que habían sido alteradas durante años.

Mateo sacó de su abrigo una pequeña caja de madera.

—El brazalete no era una joya familiar, Valeria. Era una llave.

La miré sin comprender.

—¿Una llave?

—Una llave que protege la ubicación y el contenido de los registros originales —explicó—. El mecanismo solo responde a ciertas condiciones. Tu padre consiguió ocultar una parte de la información en el brazalete y otra en los documentos que guardó antes de que lo arrestaran.




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