La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 7. La traición detrás de la puerta

Capítulo 7. La traición detrás de la puerta

Contuve la respiración.

Desde mi escondite, podía ver al alfa Blackthorn junto al escritorio. Isabella permanecía frente a él, con las manos cruzadas y una expresión de falsa preocupación.

—¿Qué hacemos con la muchacha? —preguntó ella—. Si continúa investigando, terminará encontrando lo que Daniel escondió.

El alfa tomó el anillo de plata y lo hizo girar entre sus dedos.

—Valeria no sabe lo que lleva en la muñeca. Mientras no comprenda cómo utilizarlo, todavía tenemos tiempo.

—¿Y si descubre el mecanismo?

El hombre levantó la mirada.

—Entonces tendremos que quitárselo.

Sentí un escalofrío.

Mi mano se cerró alrededor de la carpeta que había encontrado. Quería salir de allí, correr hasta mi madre y contarle todo, pero sabía que un solo movimiento podía delatarme.

—¿Y Alexander? —preguntó Isabella—. Está empezando a hacer preguntas.

El alfa dejó el anillo sobre la mesa.

—Mi hijo debe recordar dónde están sus lealtades.

—No estoy segura de que los tres vayan a obedecerlo esta vez.

El silencio que siguió a aquellas palabras me sorprendió.

¿Los tres?

¿Alexander, Adrian y Andrew sabían lo que había ocurrido con mi padre?

—Ocúpate de Valeria —ordenó el alfa—. No quiero que vuelva a acercarse al archivo.

Isabella sonrió.

—Como desee, alfa.

Ambos se dirigieron hacia la puerta.

Yo me encogí detrás de la estantería, apretando la carpeta contra mi pecho. Escuché sus pasos alejarse por el corredor y esperé hasta que el silencio regresó.

Entonces alguien me tocó el hombro.

Casi grité.

Andrew me hizo una señal para que guardara silencio.

—Tenemos que salir de aquí —susurró.

—No me toques.

Su mano cayó inmediatamente.

—Valeria, si nos encuentran, no tendrás oportunidad de explicar lo que escuchaste.

—¿Y tú sí? Eres el hijo del alfa. Tal vez puedas explicarme por qué tu padre quiere quitarme el brazalete.

Andrew apretó la mandíbula.

—No sabía que llegaría tan lejos.

—Pero sabías que algo estaba pasando.

No respondió.

Aquella vez no iba a aceptar otra excusa.

—¿Mi padre es inocente?

Andrew me miró directamente.

—Creo que sí.

—No te he preguntado qué crees. Te he preguntado si lo sabes.

Su silencio volvió a herirme.

—Entonces no eres diferente de tus hermanos —murmuré.

Me dirigí hacia la puerta, pero Andrew me detuvo con una advertencia.

—Hay guardias en el corredor principal. Si sales por ahí, Isabella te verá.

—¿Y qué propones? ¿Que me quede aquí esperando a que venga por mí?

Andrew señaló una puerta estrecha detrás de las estanterías.

—Ese pasadizo conduce a la galería antigua. Desde allí puedes llegar al ala de servicio sin cruzarte con los guardias.

Lo miré con desconfianza.

—¿Cómo sabes que existe?

—Porque de niños nos escondíamos aquí cuando queríamos escapar de las reuniones de nuestros padres.

Recordé aquellos días: las carreras por los jardines, las risas y las promesas que parecían eternas.
Aparté el recuerdo antes de que pudiera debilitarme.

—No significa que vuelva a confiar en ti.

—Lo sé.

Por primera vez, Andrew no intentó convencerme de lo contrario.

Abrí la puerta oculta y entré en el pasadizo. Él me siguió, cerrándola con cuidado detrás de nosotros.

El corredor era estrecho y olía a polvo. Caminamos en silencio hasta llegar a una escalera de piedra que desembocaba cerca de las antiguas habitaciones de los sirvientes.

Antes de separarnos, Andrew me habló en voz baja.

—Hay algo que debes saber sobre Alexander.

Me volví hacia él.

—¿Qué?

—La noche en que arrestaron a tu padre, Alexander salió del despacho de nuestro padre poco antes de que llegaran los guardias.

Sentí que el estómago se me encogía.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque no sé qué vio. Cuando le pregunté, me ordenó que nunca volviera a hablar de esa noche.

—¿Y Adrian?

Andrew bajó la mirada.

—Adrian estuvo presente en la reunión del consejo al día siguiente. Desde entonces, guarda una copia de los registros de aquella noche.

Aquello era demasiado para asimilarlo.

Alexander había estado en el despacho.

Adrian conservaba documentos.

Y Andrew llevaba años callando.

Los tres tenían piezas de la verdad, pero ninguno parecía dispuesto a entregármelas.

—Si vuelves a ocultarme algo que pueda ayudar a mi padre, no volveré a escucharte —le dije.

Andrew asintió lentamente.

—Lo entiendo.

Me marché sin despedirme.

Mi madre estaba en la pequeña habitación del ala de servicio cuando regresé. Al verme entrar con el rostro pálido y una carpeta apretada contra el pecho, dejó lo que estaba haciendo.

—Valeria, ¿qué ha pasado?

Cerré la puerta y le mostré los documentos.

—Encontré esto en el archivo. Y escuché al alfa Blackthorn hablando con Isabella.

Mi madre palideció al ver el símbolo dibujado en una de las páginas.

—Dios mío…

—¿Lo reconoces?

Elena se sentó lentamente en la cama.

—Sí.

Me arrodillé frente a ella.

—Mamá, necesito que me digas la verdad. ¿Qué es ese símbolo? ¿Por qué papá me pidió que protegiera el brazalete? ¿Y qué tiene que ver el alfa con su arresto?

Mi madre me tomó las manos.

—Tu padre no era solamente un beta respetado, Valeria. Durante años, ayudó a custodiar los registros secretos de la manada. Esos registros contenían acuerdos, nombres y pruebas de decisiones que el consejo quería mantener ocultas.

—¿Pruebas de qué?

—De que algunos miembros poderosos abusaban de su autoridad. Daniel descubrió que alguien estaba utilizando recursos de la manada para financiar acuerdos secretos con nuestros enemigos.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Y lo acusaron para silenciarlo?

—Creo que sí. Pero tu padre nunca me explicó todo. Solo me dijo que había conseguido proteger una prueba y que no debía caer en manos del consejo.




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