La fotografía temblaba entre mis manos.
Volví a leer la inscripción, esperando que las palabras cambiaran, que la luz hubiera engañado mis ojos o que aquella tinta escondiera una explicación diferente.
Pero el nombre seguía allí.
Daniel Blackwood.
Mi padre.
El hombre que me había enseñado a montar a caballo, que me había defendido cuando los otros niños se burlaban de mí y que había perdido su posición dentro de la manada sin dejar de tratarme como su hija.
El hombre que me había abrazado cuando los tres hermanos Blackthorn me rechazaron.
El hombre que, incluso después de perderlo todo, jamás permitió que creyera que yo valía menos que los demás.
¿Él había firmado el pacto?
¿Había utilizado el nombre de Elena?
¿Y por qué nunca me había contado nada?
Sentí que me faltaba el aire.
—No puede ser…
Me levanté de golpe y guardé la fotografía dentro de mi chaqueta.
No iba a sacar conclusiones sin hablar con él. Ya había aprendido lo que sucedía cuando las personas permitían que los documentos hablaran en lugar de quienes aparecían en ellos.
Sin embargo, tampoco podía fingir que no había visto aquel nombre.
Salí de la habitación y me dirigí al despacho donde Daniel acostumbraba a revisar los informes de la manada.
La puerta estaba entreabierta.
Escuché su voz antes de entrar.
—No podemos seguir ocultándolo. Tarde o temprano, Valeria encontrará el registro completo.
Me detuve.
La respuesta de otra persona llegó desde el interior.
—Entonces tendremos que asegurarnos de que no lo encuentre antes de que sepamos quién alteró la copia.
Reconocí la voz de Gabriel.
—¿Y si ya lo ha descubierto? —preguntó mi tío.
Daniel guardó silencio unos segundos.
—Entonces tendré que contarle lo que hice.
Me quedé inmóvil.
No había entrado todavía y ya tenía la respuesta que temía escuchar.
Empujé la puerta.
Los dos hombres se volvieron hacia mí.
Daniel palideció al verme.
Gabriel cerró lentamente la carpeta que tenía delante.
—Valeria…
—No —lo interrumpí—. Esta vez no quiero que nadie me diga que todo tiene una explicación y que debo esperar hasta que sea el momento adecuado.
Saqué la fotografía y la dejé sobre el escritorio.
Daniel bajó la mirada.
Cuando vio el nombre, cerró los ojos.
No preguntó de dónde la había sacado.
No negó haberlo visto antes.
Y aquella reacción me dolió más que cualquier confesión.
—¿Qué hiciste, papá?
La palabra salió de mi boca por costumbre.
Pero, al pronunciarla, sentí que algo dentro de mí se quebraba.
Daniel levantó lentamente la cabeza.
—Valeria, siéntate.
—Estoy bien de pie.
—Por favor.
—¡No me pidas que me siente como si estuvieras a punto de explicarme algo insignificante! —Mi voz resonó en el despacho—. Acabo de descubrir que tu nombre aparece en una inscripción que dice que alguien firmó un pacto utilizando la identidad de mamá. Y ahora te escucho decir que tienes que contarme lo que hiciste.
Tragué saliva.
—Quiero saber la verdad. Toda.
Daniel miró a Gabriel.
—Déjanos solos.
Mi tío dudó.
—Daniel…
—Por favor.
Gabriel se levantó y pasó junto a mí. Antes de salir, se detuvo.
—No estás obligada a aceptar ninguna respuesta que no tenga sentido para ti.
Asentí.
La puerta se cerró.
Entonces me quedé frente al hombre que me había criado, sin saber si debía acercarme a él o mantenerme lo suficientemente lejos para protegerme de lo que estaba a punto de escuchar.
Daniel señaló la fotografía.
—Esa inscripción no estaba ahí cuando te entregaron el retrato.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo ayudé a ocultarla.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Por qué?
Daniel se pasó una mano por el rostro.
Parecía haber envejecido varios años en unos pocos segundos.
—Porque cuando naciste, alguien tenía que impedir que el Consejo te convirtiera en una herramienta para controlar a las cuatro líneas.
—¿Y decidiste hacerlo falsificando la firma de mamá?
—No falsifiqué su firma.
—¡Entonces explícame qué significa esto!
Golpeé la fotografía con un dedo.
Daniel no levantó la voz.
—Firmé en su nombre.
La confesión cayó entre nosotros como una piedra.
—¿Sin que ella lo supiera?
—Sí.
Retrocedí un paso.
No quería hacerlo, pero mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
—¿Por qué?
Daniel se apoyó en el escritorio.
—Porque Elena había aceptado un acuerdo que permitía al Consejo convocar una audiencia para decidir tu destino. Ella creía que era la única manera de mantenerte fuera de sus registros. Yo sabía que aquella cláusula podía utilizarse para arrebatarte de nuestras manos en cualquier momento.
—¿Y tu solución fue firmar otro documento?
—Mi solución fue intentar invalidar el primero.
—¿Cómo?
Daniel abrió el cajón inferior del escritorio y sacó un sobre viejo, cerrado con un sello oscuro.
—Presenté una declaración ante el archivo original. En ella afirmaba que Elena no tenía autoridad para renunciar a tus derechos en nombre de la familia Blackwood. Mi intención era impedir que el Consejo utilizara su firma como consentimiento definitivo.
Lo miré sin comprender.
—Pero aquí dice que firmaste el pacto.
—Porque el documento que acabas de encontrar no es la declaración que presenté. Es una copia alterada.
Daniel abrió el sobre.
Dentro había una hoja amarillenta, escrita con su letra y marcada con el sello de los primeros Guardianes.
Me la entregó.
Leí la primera línea.
Yo, Daniel Blackwood, solicito que se anule cualquier acuerdo que otorgue al Consejo autoridad para decidir el destino de Valeria Lyanna Vale sin su consentimiento.
Debajo aparecía su firma.