La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo extra 7: Cuatro corazones, una sola elección

Capítulo extra 7: Cuatro corazones, una sola elección

El sol comenzaba a iluminar el valle cuando Valeria abrió los ojos y descubrió que no estaba sola.

Lysandra dormía en la habitación contigua, pero sobre la mesita de noche había cuatro tazas de café y una nota escrita con una letra que reconocería en cualquier lugar.

Te espero junto al lago. Esta vez no hay preguntas difíciles, ni reuniones del Consejo, ni discusiones sobre el destino. Solo nosotros. Si quieres venir, estaré allí.

Debajo estaba la firma de Alexander.

Valeria sonrió mientras doblaba el papel.

Durante meses había aprendido a vivir sin que nadie decidiera por ella. Había viajado, discutido con los líderes de las manadas, reconstruido relaciones rotas y descubierto que podía sentir cariño sin perder su independencia.

Y, poco a poco, también había descubierto algo inesperado: su corazón no quería elegir entre los tres hermanos.

Alexander le había enseñado que podía reconocer sus errores y cambiar. Adrian le había demostrado que detrás de sus bromas había una sensibilidad que pocas personas conocían. Andrew, más tranquilo y observador, había aprendido a escucharla sin intentar resolver todos sus problemas.

Los tres eran diferentes.

Y los tres habían dejado de exigirle que se convirtiera en alguien que no era.

Valeria se vistió, recogió su brazalete de piedra azul y salió de la casa.

Al llegar al lago, encontró a Alexander sentado sobre una manta. Adrian estaba intentando encender una pequeña fogata, mientras Andrew colocaba una cesta con comida entre las rocas.

—¿Qué están haciendo? —preguntó Valeria, cruzándose de brazos con una sonrisa divertida.

Adrian levantó la cabeza.

—Una sorpresa.

Una pequeña nube de humo le cubría la cara.

—Una sorpresa que casi termina en incendio —añadió Andrew sin levantar la vista.

—¡La madera estaba húmeda!

—La madera está perfectamente bien. El problema eres tú.

Valeria soltó una carcajada.

Alexander se levantó y se acercó a ella.

—Buenos días.

—Buenos días. ¿Debo preocuparme por lo que están tramando?

—Probablemente —respondió él—, pero prometo que esta vez nadie va a secuestrarte para llevarte a una ceremonia ancestral.

—Qué alivio. Mis estándares para las sorpresas han mejorado muchísimo.

Alexander rio y le ofreció la mano.

Valeria la tomó.

Aquel gesto, tan sencillo, le recordó cuánto habían cambiado las cosas. Antes, incluso una caricia podía parecer una obligación. Ahora podía aceptar una mano porque quería hacerlo, y podía soltarla cuando lo necesitara.

Nadie se lo reprocharía.

—Tenemos algo que preguntarte —dijo Alexander.

Valeria arqueó una ceja.

—Eso suena peligroso.

—No es una propuesta de matrimonio —intervino Adrian—. Aunque Andrew ya estaba pensando en un discurso.

—No estaba pensando en ningún discurso.

—Tienes tres hojas en el bolsillo.

Andrew lo miró con absoluta seriedad.

—Son notas para organizar la próxima reunión del centro de entrenamiento.

—Claro. Una reunión que empieza con «querida Valeria, desde que te conocí…».

—Adrian.

—Está bien, está bien.

Valeria volvió a reír. Y fue precisamente esa risa la que hizo que los tres hermanos intercambiaran una mirada.

No necesitaban competir para hacerla feliz.

Al menos, eso estaban aprendiendo.

Alexander la condujo hasta la manta. Después de desayunar y soportar otra discusión absurda entre Adrian y Andrew sobre quién había preparado el mejor pan, los cuatro caminaron junto al agua.

Durante un rato hablaron de cosas pequeñas. De los jóvenes que habían encontrado hogares gracias al nuevo programa de las manadas. De la visita que Lysandra planeaba hacer al norte. De una casa antigua que Valeria quería restaurar para convertirla en un refugio para quienes necesitaran empezar de nuevo.

Hasta que Alexander se detuvo.

—Valeria, hay algo que queremos decirte.

Ella lo miró con atención.

—Los escucho.

Alexander respiró hondo.

—Durante mucho tiempo creí que quererte significaba conseguir que me eligieras. Después entendí que no podía pedirte que confiaras en mí solo porque me arrepentía de lo que hice.

Adrian bajó la mirada antes de continuar.

—Yo usaba las bromas para esconder muchas cosas. A veces, incluso para esconder que estaba equivocado. No quiero volver a ser esa persona contigo.

Andrew fue el último en hablar.

—Y yo aprendí que callar también puede hacer daño. Te veía sufrir y muchas veces elegía no intervenir porque era más fácil que enfrentarme a mis hermanos. No voy a fingir que puedo cambiar el pasado, pero sí puedo responder por mis decisiones de ahora en adelante.

Valeria permaneció en silencio.

No porque estuviera enfadada, sino porque aquellas palabras significaban algo precisamente porque no venían acompañadas de exigencias.

—Yo también tengo algo que decirles —respondió finalmente—. Los quiero.

Los tres se quedaron inmóviles.

Adrian parpadeó.

—¿A los tres?

—No, Adrian. Al lago. Por supuesto que a los tres.

Andrew soltó una risa y Alexander se llevó una mano al pecho, fingiendo que necesitaba recuperar el aliento.

Pero Valeria levantó un dedo.

—Todavía no he terminado. Los quiero de maneras que quizá no sean idénticas. Con Alexander he empezado a descubrir algo romántico. Con ustedes dos, Adrian y Andrew, he encontrado una cercanía que también es importante para mí. No quiero fingir que mis sentimientos son exactamente iguales ni prometer algo que todavía estamos descubriendo.

La sonrisa de Alexander se volvió más serena.

—No te pedimos que sientas lo mismo por cada uno.

—Y tampoco queremos que elijas por miedo a perder a alguno de nosotros —añadió Andrew.

Adrian asintió.

—Queremos estar contigo porque tú también quieres estar con nosotros. No porque una profecía lo diga ni porque nuestras familias crean que tenemos algún derecho sobre ti.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.