La declaración de Silas Laurent había permanecido sobre la mesa durante casi una hora.
Nadie se atrevía a tocarla.
Valeria había leído aquellas líneas tantas veces que empezaba a odiar cada palabra. Su madre biológica, la mujer que había escrito una promesa para sus hijas, supuestamente había ordenado la desaparición de una de ellas.
Pero ¿cuál?
¿Y por qué?
—No podemos aceptar esto como una prueba definitiva —dijo Gabriel, rompiendo el silencio—. La declaración tiene el sello de Silas, pero eso no demuestra que él la escribiera ni que la información sea verdadera.
—El sello es auténtico —confirmó Adrian—. La tinta también. Sin embargo, el último párrafo fue añadido por otra persona.
Valeria levantó la mirada.
—¿Puedes identificarla?
—Todavía no. Pero quien añadió esa frase tuvo acceso al documento después de que Silas lo firmara.
Alexander apoyó las manos sobre la mesa.
—Entonces alguien quiere que culpemos a la madre de Valeria y Lysandra.
—O quiere que encontremos el registro de aquella noche —replicó Andrew—. La nota es demasiado específica para ser una simple amenaza.
Lysandra permanecía junto a la ventana, con los brazos cruzados.
—Nuestra madre desapareció antes de que yo pudiera conocerla de verdad. Durante años pensé que había muerto intentando salvarme. Si fue ella quien ordenó que una de nosotras desapareciera, necesito saber por qué.
Valeria se acercó a su hermana.
—Lo averiguaremos. Pero no vamos a convertir una firma en una sentencia, como hizo el Consejo con Daniel y Eryon.
Lysandra asintió, aunque el dolor seguía presente en su rostro.
—No quiero que la protejas porque es nuestra madre.
—No lo haré. Quiero que la verdad sea suficiente para demostrar quién fue responsable.
Lucien tomó la declaración y la colocó junto a la copia de la primera promesa.
—Hay algo que debemos recordar. La quinta línea fue creada para impedir que la sangre se convirtiera en una excusa para gobernar. Si empezamos a condenar a las personas por sus apellidos, habremos repetido el mismo error que nos trajo hasta aquí.
—Entonces iremos al registro original —decidió Valeria—. Esta noche.
Daniel negó con la cabeza.
—Es demasiado peligroso. Octavian está bajo custodia, pero todavía quedan personas leales a él. Y ahora que la autoridad del Consejo está suspendida, habrá quienes intenten recuperar el poder por la fuerza.
—Precisamente por eso debemos actuar antes de que destruyan las pruebas.
—Valeria…
Ella lo miró.
—No me pidas que me quede aquí esperando mientras alguien decide qué parte de mi historia puedo conocer.
Daniel cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, la preocupación seguía allí, pero ya no intentó detenerla.
—Entonces iré contigo.
—Todos iremos —dijo Gabriel.
Nadie se opuso.
Ninguno imaginaba que, antes de alcanzar el archivo, descubrirían que el enemigo llevaba mucho tiempo sentado a su lado.
El registro de la noche del incendio se encontraba en el antiguo pabellón de custodios, un edificio separado de la fortaleza principal por un bosque estrecho.
Aurelian había explicado que allí se conservaban los documentos que no podían incluirse en los archivos públicos: nacimientos no registrados, traslados de menores y declaraciones de identidad protegida.
También era el lugar donde se almacenaban las órdenes que nunca debían llegar a manos del Consejo.
Llegaron poco después de medianoche.
Gabriel abrió la puerta con una llave antigua. El interior estaba oscuro, pero no abandonado. Había polvo sobre los estantes y marcas recientes en el suelo.
Adrian se agachó junto a una de ellas.
—Alguien estuvo aquí hace poco.
Andrew miró hacia el corredor.
—¿Cuánto tiempo?
—Uno o dos días, como máximo.
Valeria sacó la lámpara de su bolso.
—Busquemos el registro antes de que regresen.
Se dividieron en parejas. Gabriel y Adrian revisaron los estantes del fondo; Andrew y Alexander inspeccionaron las cámaras laterales. Valeria avanzó con Lysandra, mientras Daniel, Elena y Eryon permanecían cerca de la entrada.
La sala principal contenía cientos de cajas, cada una marcada con una fecha.
Lysandra encontró la que buscaban.
Noche del incendio de la residencia Vale.
La abrió con manos temblorosas.
Dentro había tres documentos: una lista de evacuación, un registro de defunción y una orden de traslado.
—Aquí está mi nombre —murmuró.
Valeria se inclinó sobre el papel.
La lista de evacuación señalaba que Lysandra había sido retirada de la residencia por un custodio identificado como S. Laurent. Sin embargo, junto a su nombre aparecía una anotación posterior:
*«Menor no localizada. Presunta fallecida». *
—Esto contradice la orden de traslado —dijo Valeria—. Si Silas te sacó de la residencia, alguien tuvo que saber que estabas viva.
Lysandra pasó al segundo documento.
Era el registro de defunción.
El nombre de Lysandra aparecía en la primera línea, pero la edad escrita junto a él no coincidía con la que tenía cuando desapareció.
—Tenía tres años —dijo—. Aquí pone que tenía cinco.
Valeria comparó la fecha.
—Este registro no corresponde a ti.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque fue emitido seis meses antes del incendio.
Lysandra se quedó mirando el documento.
Su muerte había sido registrada antes de que desapareciera.
La mentira no se había creado para ocultar lo ocurrido aquella noche. Se había preparado con antelación.
Valeria sintió que la rabia le subía por el pecho.
—Alguien sabía que iba a desaparecer.
Un ruido resonó al otro lado de la sala.
Las dos se volvieron.
La puerta acababa de cerrarse.
Después se escuchó el sonido metálico de una cerradura.
—¡Gabriel! —gritó Valeria.