La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 39: El nombre detrás de la puerta

Capítulo 39: El nombre detrás de la puerta

El primer crujido de la puerta negra hizo temblar toda la cámara.

No fue un sonido fuerte, pero resonó en los huesos de cada uno de nosotros, como si algo enterrado bajo siglos de silencio acabara de despertar.

Las grietas se extendieron por la superficie oscura. No había cerradura, bisagras ni símbolo alguno que pudiera reconocer. Solo una marca en el centro: un círculo atravesado por cuatro líneas, idéntico al que llevaba grabado mi brazalete.

Retrocedí instintivamente.

—No os mováis —ordenó el anciano de cabello blanco.

Su voz no necesitó imponerse. Había una autoridad antigua en ella, algo que hizo que incluso Alistair, que tantas veces había desafiado a cualquiera que intentara darle órdenes, permaneciera inmóvil.

Andrew se colocó delante de Eleanor.

Gabriel, en cambio, avanzó un paso hacia la puerta.

—¿Qué hay ahí dentro?

El anciano lo miró con una tristeza que parecía llevar siglos acumulándose en sus ojos.

—Aquello que vuestros antepasados juraron olvidar.

—Eso no responde a mi pregunta —replicó Gabriel.

—Porque la respuesta no es algo que puedas comprender sin pagar un precio.

Un nuevo crujido interrumpió la conversación.

La grieta principal se abrió unos centímetros más.

Y entonces la voz volvió a escucharse.

—Qué curioso… Habéis conservado las mentiras y habéis enterrado la verdad.

Sentí que el aire se volvía más pesado.

No era una voz monstruosa. No sonaba como la de una criatura salvaje ni como la de un espíritu que quisiera devorarnos. Era una voz humana, serena, casi divertida.

Eso la hacía mucho más inquietante.

—¿Quién eres? —preguntó Valeria, o, mejor dicho, yo misma, incapaz de soportar otro silencio cargado de secretos.

La superficie negra vibró.

—¿Quién soy?

Una risa baja atravesó la cámara.

—Esa es precisamente la pregunta que debisteis hacer hace mucho tiempo.

El anciano se interpuso entre nosotros y la puerta.

—Basta.

Por primera vez, su voz se quebró.

—No tienes derecho a hablar con ellos.

—¿Y tú sí? —respondió la voz desde el otro lado—. ¿Después de todo lo que hiciste?

El rostro del guardián palideció.

Aquella reacción no pasó inadvertida para nadie.

—Lo conoces —dijo Celeste.

El anciano no contestó.

—No solo lo conoces —añadió Isabella, observándolo con atención—. Le tienes miedo.

—No confundas el miedo con la prudencia, niña.

—Entonces deja de comportarte como si esa puerta fuera a tragarnos a todos.

—Porque puede hacerlo.

El silencio cayó de golpe.

Andrew miró la grieta que continuaba extendiéndose.

—¿Qué ocurre si se abre?

El guardián se volvió hacia él.

—La primera línea puede reclamar la llave. La cuarta puede decidir si la puerta se abre. Pero ninguno de esos derechos significa que estéis preparados para afrontar lo que hay detrás.

—No quiero reclamar ninguna llave —respondió Andrew—. Ya lo dije. No quiero el poder que otros decidieron que me pertenecía.

—Y, sin embargo, la cámara te ha reconocido como el primer heredero.

—Que me reconozca no significa que tenga que obedecerla.

Por un instante, el anciano pareció sorprendido.

Después bajó la mirada.

—Eso mismo dijo el último heredero que intentó detenerlo.

La frase quedó suspendida entre nosotros.

Alexander se acercó a Andrew, pero no intentó apartarlo ni hablar por él. Desde que habíamos descubierto que su nombre y su origen habían sido alterados, parecía comprender que no podía exigirle a nadie el derecho de decidir sobre su propia vida.

—¿Qué ocurrió la última vez? —preguntó.

El anciano miró a los tres hermanos.

Su expresión cambió al detenerse en Alexander.

—Tú llevas el nombre de un hombre que murió intentando cerrar esta cámara.

Alexander apretó la mandíbula.

—Cassian Vale.

—Sí.

—Mi padre.

El guardián inclinó la cabeza.

—Su sangre permitió que la cuarta cerradura reconociera a sus descendientes. Pero Cassian no murió por abrir la puerta, sino por impedir que alguien utilizara su linaje para hacerlo.

Alexander recibió aquellas palabras sin apartar la mirada.

—¿Quién intentó abrirla?

El anciano no respondió de inmediato.

La puerta sí.

—Pregúntale qué hizo él mientras Cassian moría.

Todos nos volvimos hacia el guardián.

El hombre de cabello blanco cerró los ojos.

Y comprendí que el secreto que escondía no era solamente antiguo.

Era personal.

El brazalete comenzó a calentarse contra mi muñeca.

Bajé la mirada.

La piedra azul había recuperado su brillo, pero esta vez no proyectaba imágenes ni símbolos sobre el suelo. Una línea plateada recorría el borde de la joya y se extendía lentamente hacia la palma de mi mano.

—Valeria… —murmuró Lyanna.

Mi madre intentó acercarse, pero el guardián levantó una mano.

—No la toques.

—Es mi hija.

—Y precisamente por eso debes dejarla decidir.

Me quedé quieta, observando la luz.

No sentía dolor. Era más bien una presión suave, como si el brazalete reconociera algo que había estado esperando durante años.

La puerta respondió.

Una de las cuatro líneas grabadas en su centro se iluminó.

Después otra.

La tercera.

La cuarta permaneció oscura.

—¿Qué significa? —pregunté.

El anciano contempló mi muñeca.

—Tu nombre ha sido restaurado, pero tu linaje no es la razón por la que la puerta te escucha.

—¿Entonces cuál es?

—Porque alguien intentó borrarte antes de que nacieras y, aun así, sobreviviste a todas las versiones de tu historia que escribieron para ti.

Sentí un nudo en la garganta.

Durante mucho tiempo había creído que mi vida se reducía a una serie de rechazos, engaños y verdades ocultas. Cada vez que descubría algo nuevo sobre mí misma, parecía que el suelo desaparecía bajo mis pies.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.