La hoja temblaba entre los dedos de Valeria.
«Si queréis conocer a vuestra madre, no busquéis a la mujer que os dio a luz. Buscad a la que decidió que ambas merecíais vivir».
Debajo, escrito con tinta roja, aparecía el nombre de Elena Blackwood.
Durante unos segundos, Valeria no escuchó nada más. Ni las voces de los guardianes, ni los pasos de quienes cruzaban el pasillo, ni siquiera la respiración agitada de Lysandra a su lado.
Solo veía aquel nombre.
Elena.
La mujer que la había criado. La que le había enseñado a leer, la que se había quedado despierta durante sus noches de fiebre y la que había llorado cuando Valeria perdió su condición de beta y el mundo comenzó a tratarla como si valiera menos.
¿También había sido la mujer que decidió separar a dos hermanas?
—No —murmuró Lysandra—. Esto no puede ser otra acusación sin pruebas.
Valeria levantó la mirada.
—No voy a condenarla por una hoja.
—¿Y si es verdad?
—Entonces tendrá que contarnos la verdad. Pero no voy a dejar que alguien decida por mí lo que debo sentir por ella.
Lucien se acercó y examinó el documento.
—La tinta es reciente. La hoja, en cambio, pertenece a un libro antiguo. Alguien ha arrancado una página de los registros de la primera línea de custodios y ha escrito encima.
Gabriel tomó el papel con cuidado.
—La frase puede referirse a algo distinto. Tal vez Elena decidió salvar a una de las niñas cuando los demás querían abandonarlas.
—O tal vez quiere que desconfiemos de ella justo antes de encontrar a Aurelian —dijo Adrian.
Andrew apretó la mandíbula.
—Sea quien sea, está intentando mantenernos divididos.
Alexander miró a Valeria.
—¿Qué quieres hacer?
La pregunta era sencilla, pero significaba más de lo que él imaginaba.
Antes, Alexander habría dado una orden. Habría decidido qué guardias debían acompañarla, qué puertas debían cerrarse y qué personas debían mantenerse lejos de ella.
Esta vez esperó su respuesta.
Valeria dobló la hoja.
—Voy a hablar con Elena. Después iremos a buscar el último registro. No pienso pasar otra noche huyendo de una verdad que alguien utiliza para controlarnos.
Elena estaba en la biblioteca, acompañada por Daniel.
Cuando Valeria entró, su madre se levantó de inmediato. Bastó una mirada al documento que llevaba en la mano para que comprendiera por qué había ido a buscarla.
—¿Dónde lo encontraste? —preguntó.
—En la habitación de Octavian.
Elena cerró los ojos.
Daniel se puso de pie.
—¿Qué dice?
Valeria le entregó la hoja.
Él leyó la frase y después miró a Elena.
—¿Qué significa esto?
Elena permaneció en silencio durante varios segundos. Finalmente, se sentó.
—Significa que alguien sabe lo que hice aquella noche.
Valeria sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Qué hiciste?
Elena alzó la mirada. Tenía lágrimas en los ojos, pero no intentó utilizarlas para evitar la pregunta.
—No di la orden de separar a las niñas. Tampoco ordené el incendio. Pero sí cambié el destino de una de ellas.
Lysandra, que había entrado detrás de Valeria, se quedó inmóvil.
—¿De cuál?
—De Valeria.
El silencio fue absoluto.
Elena continuó antes de que cualquiera pudiera interrumpirla.
—Cuando llegué a la residencia, encontré a Tomás junto a una salida subterránea. Llevaba a Valeria envuelta en una manta. Me dijo que los hombres del Consejo buscaban a las dos niñas y que la orden exigía entregar a la mayor. También me dijo que la pequeña sería registrada como una heredera que pertenecía al Consejo.
—¿Y qué hiciste? —preguntó Valeria.
—Te tomé en brazos. Te miré y comprendí que, si te entregaba, jamás podrías elegir tu propia vida. Así que acepté criarte como hija mía.
Daniel se acercó a ella.
—Nunca me contaste que la orden decía eso.
—Porque la primera vez que la vi, ya había sido alterada. No sabía quién había escrito la cláusula final ni quién estaba vigilándonos. Si te lo hubiera contado, habrías intentado investigar y los dos habríamos quedado expuestos.
Daniel bajó la cabeza, herido por la confesión, aunque sabía que él también había ocultado cosas.
—Pudimos haberlo enfrentado juntos.
—Lo sé —respondió Elena—. Y debí confiar en ti.
Valeria respiró profundamente.
—¿Y Lysandra? ¿Por qué no la buscaste?
Elena se volvió hacia la joven.
—Porque me dijeron que había muerto.
—Pero nunca viste su cuerpo.
—No. Y durante años me pregunté si había sido verdad. Después encontré indicios de que el registro de defunción se había creado antes del incendio. Cuando comprendí que alguien había fabricado aquella muerte, ya no sabía en quién confiar.
Lysandra tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Podrías haberme buscado.
—Sí —admitió Elena—. Debí hacerlo. Pero cada pista que encontraba llevaba a una trampa. Tenía miedo de que, si te encontraba, también les revelara dónde estaba Valeria.
—No te estoy preguntando por qué tenías miedo —dijo Lysandra, con la voz quebrada—. Te pregunto por qué decidiste que yo debía vivir sin saber si mi familia seguía viva.
Elena no respondió enseguida.
—Porque fui cobarde —dijo al fin—. Confundí protegeros con manteneros lejos de la verdad. No tengo una explicación que repare lo que os hice.
Lysandra apartó la mirada.
Valeria sintió el impulso de intervenir, de intentar aliviar el dolor de ambas. Pero se contuvo.
No le correspondía decidir cuánto debía tardar su hermana en aceptar aquellas palabras.
—No voy a pedirte que me perdones —continuó Elena—. Solo quiero que sepas que nunca dejé de desear que ambas estuvierais a salvo.
Lysandra se secó una lágrima.
—Quiero creer que hiciste lo que pensabas que era correcto. Pero necesito tiempo.
—Lo tendrás.