La mañana después de su primer beso con Alexander, Valeria despertó con una sonrisa que intentó disimular incluso ante el espejo.
No lo consiguió.
—Es ridículo —murmuró mientras se peinaba—. Solo fue un beso.
Pero cada vez que recordaba la expresión de Alexander, aquella mezcla de sorpresa, ternura y felicidad que había intentado ocultar, volvía a sonreír.
Y eso la molestaba.
No porque se arrepintiera, sino porque estaba empezando a comprender que aquel hombre podía volver a despertar sentimientos que ella había enterrado para protegerse.
La diferencia era que ahora no tenía que perseguirlo.
Si quería acercarse a él, podía hacerlo.
Si quería alejarse, también.
Terminó de arreglarse y bajó a desayunar.
Lysandra la esperaba con una taza de té y una expresión sospechosamente satisfecha.
—Buenos días, enamorada.
Valeria se detuvo en el último escalón.
—Voy a regresar a mi habitación.
—¡Ni siquiera he empezado!
—Precisamente.
Lysandra se echó a reír y le señaló una silla.
—Siéntate. Tengo noticias.
—¿Buenas o malas?
—Depende de cuánto disfrutes viendo a los alfas perder la compostura.
Valeria se sentó lentamente.
—Lysandra, ¿qué has hecho?
—Yo, nada. Pero esta tarde habrá una reunión en el centro de formación de las manadas. Gabriel quiere que revisemos las nuevas propuestas para los jóvenes que perdieron sus hogares durante las antiguas expulsiones.
—Eso no parece peligroso.
—No lo es. Lo peligroso es que también asistirán Alexander, Adrian y Andrew.
Valeria suspiró.
—¿Y por qué eso debería importarme?
Lysandra le dirigió una sonrisa maliciosa.
—Porque he oído que uno de ellos está preguntando si Alexander y tú os habéis convertido oficialmente en pareja.
Valeria casi dejó caer la taza.
—¿Qué?
—No sé cuál de los tres fue. Pero alguien tiene curiosidad.
—Pues puede seguir teniendo curiosidad.
Lysandra levantó las manos.
—Eso mismo digo yo.
Valeria terminó su desayuno intentando convencerse de que la noticia no le importaba.
Sin embargo, mientras se preparaba para salir, una pregunta comenzó a rondarle la cabeza.
¿Cómo reaccionarían los tres hermanos al descubrir que ella había besado a Alexander?
Y, más importante aún, ¿por qué sentía la necesidad de averiguarlo?
El centro de formación estaba situado en una antigua propiedad que ahora pertenecía a las cuatro líneas principales.
Allí se enseñaban lectura, historia, administración y defensa personal. También había salas destinadas a quienes necesitaban aprender un oficio después de perder sus antiguas posiciones.
Valeria había participado en la organización del proyecto desde el principio.
No quería que el lugar se convirtiera en una institución donde los jóvenes tuvieran que demostrar que merecían ayuda. Su propuesta era sencilla: nadie sería obligado a revelar su linaje ni a explicar por qué había perdido su hogar para poder estudiar allí.
Cuando llegó, Gabriel la recibió junto a la entrada.
—Me alegra que hayas venido.
—Quiero revisar los nuevos registros de admisión.
—Están en la sala principal. Adrian y Andrew ya los están examinando.
Valeria asintió y entró.
Encontró a los dos hermanos sentados frente a una mesa cubierta de documentos.
Andrew levantó la cabeza primero.
—¡Valeria!
Adrian le dio un codazo.
—No hace falta que grites.
—No estaba gritando.
—Lo escucharon en el jardín.
Valeria sonrió.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió Adrian, levantándose—. Hemos revisado las solicitudes de las aldeas del norte. Hay varios jóvenes que necesitan alojamiento, pero los recursos son limitados.
Valeria se acercó a la mesa.
—¿Cuántos?
—Doce solicitudes urgentes.
—¿Y cuántas habitaciones están disponibles?
—Ocho.
Valeria examinó los documentos.
—Entonces tendremos que habilitar las habitaciones del ala oeste.
Andrew frunció el ceño.
—Necesitan reparaciones.
—Podemos solicitar fondos.
—El Consejo tardará semanas en aprobarlos —señaló Adrian.
Valeria cerró la carpeta.
—Entonces presentaremos una propuesta provisional para que la comunidad pueda aportar materiales y mano de obra. No voy a permitir que cuatro jóvenes se queden sin alojamiento porque un grupo de personas necesita semanas para decidir si una reparación es suficientemente importante.
Andrew sonrió.
—Extrañaba esa manera tuya de resolver los problemas.
Valeria lo miró.
—No te acostumbres a que haga todo el trabajo.
—No lo haré.
Adrian soltó una risa discreta.
Durante un rato trabajaron juntos. Hablaron de presupuestos, de los materiales necesarios y de cómo organizar las habitaciones para que nadie tuviera que compartir espacio contra su voluntad.
Era una conversación normal.
Y precisamente por eso Valeria disfrutaba estar allí.
Ninguno de los dos intentó preguntarle por Alexander.
Al menos, no durante los primeros veinte minutos.
—¿Puedo hacerte una pregunta personal? —dijo Andrew finalmente.
Valeria siguió leyendo el documento que tenía entre las manos.
—Si es sobre el presupuesto, sí.
—No es sobre el presupuesto.
—Entonces depende.
Andrew intercambió una mirada con Adrian.
—¿Es verdad que besaste a Alexander?
Valeria levantó lentamente la cabeza.
—¿Quién os lo dijo?
—Nadie —respondió Adrian—. Alexander lleva dos días sonriendo como un idiota.
Andrew asintió con solemnidad.
—Es bastante inquietante.
Valeria intentó no reírse.
—Sí, lo besé.
Los dos hermanos guardaron silencio.
Andrew bajó la mirada hacia la mesa.
Adrian se recostó en la silla y respiró profundamente.
—¿Estás saliendo con él? —preguntó Adrian.