el prisionero fuera trasladado antes del amanecer —dijo uno—. No entiendo por qué tanta prisa.
—No es asunto nuestro. Solo tenemos que entregarlo en el puesto del norte.
—¿Y después?
El segundo guardia bajó la voz.
—Después, el informe dirá que intentó escapar durante el trayecto.
Sentí que la sangre se me helaba.
No pretendían trasladar a mi padre.
Pretendían asesinarlo y disfrazar su muerte.
Miré a Andrew. Su expresión había cambiado. La incredulidad había desaparecido de su rostro y en su lugar había aparecido una furia fría.
—Tenemos que detenerlos —susurró.
—Sin alertar a toda la manada.
Andrew señaló una pequeña caja de herramientas junto a la pared.
—El portón de servicio tiene un mecanismo antiguo. Si lo bloqueamos, tendrán que desmontar y abrirlo manualmente.
—Eso nos dará unos minutos.
—Quizá.
—Nos bastará.
Cuando los guardias se alejaron para revisar el carruaje, nos deslizamos hasta el mecanismo. Andrew levantó la tapa de hierro y comenzó a manipular las piezas, mientras yo vigilaba el camino.
Entonces escuché pasos detrás de nosotros.
Me giré de golpe.
Alexander estaba a pocos metros.
Llevaba una capa negra sobre los hombros y el anillo oscuro brillaba en su mano derecha. Su rostro estaba tenso, pero sus ojos se detuvieron primero en mí y después en Andrew.
—¿Qué demonios hacen aquí?
Andrew se incorporó.
—Intentamos impedir que nuestro padre asesine a Daniel.
Alexander palideció apenas un instante.
—¿Qué has dicho?
—Escuchaste perfectamente.
Alexander miró hacia el carruaje. Los guardias habían comenzado a preparar las cadenas para sujetar a mi padre durante el trayecto.
—¿Quién les dijo que iban a matarlo? —preguntó.
Saqué la carpeta y la abrí por la página de la orden de traslado.
—La orden está aquí. Si Daniel intenta escapar, los guardias tienen instrucciones de matarlo. Después declararán que fue un accidente.
Alexander leyó el documento.
Su expresión se endureció a medida que avanzaba por las líneas.
—Esta no es la orden que firmé.
Lo miré con incredulidad.
—Tu sello está en el documento.
—Mi sello autorizaba que Daniel permaneciera bajo custodia hasta la audiencia. Nunca ordené que lo trasladaran al norte.
Andrew se acercó a su hermano.
—¿Quieres que creamos que alguien falsificó tu autorización?
—No necesito que me creas. Necesito que entiendas que nuestro padre lleva años utilizando nuestros nombres para hacer lo que quiere.
Alexander alzó la vista hacia mí.
—Valeria, puedo detener el traslado.
—¿Y por qué debería dejarte acercarte a él?
La pregunta lo golpeó más de lo que esperaba.
Durante un instante, el heredero pareció buscar una respuesta que pudiera devolverle el control de la situación. No la encontró.
—Porque soy el único que puede revocar una orden emitida en nombre del alfa —dijo finalmente—. Pero si lo hago aquí, delante de sus hombres, Alistair sabrá que hemos descubierto sus planes.
—Entonces hazlo —respondí—. Que lo sepa.
Alexander apretó la mandíbula.
—No entiendes lo que eso significa.
—Sí lo entiendo. Significa que dejarás de fingir que puedes mantenerte al margen mientras tu padre destruye vidas.
El silencio entre nosotros se volvió insoportable.
Alexander bajó la mirada hacia el anillo negro. Después se lo quitó.
Fue un gesto pequeño, pero en aquella manada el anillo representaba su derecho a suceder a su padre.
Lo colocó en mi mano.
—El sello original está escondido dentro de este anillo. Si lo usas junto con el brazalete, puedes anular la orden falsa ante el registro de la guardia.
Miré el anillo, sorprendida.
—¿Por qué me lo das?
—Porque el brazalete te reconoce como heredera del archivo. Yo solo tengo el derecho que me concedieron. Tú tienes la prueba que puede demostrar cómo se utilizó.
No era una disculpa.
Tampoco borraba el rechazo público, las humillaciones ni los meses en los que me había tratado como si mi existencia fuera un inconveniente.
Pero era la primera vez que Alexander renunciaba a una ventaja propia sin exigirme nada a cambio.
Guardé el anillo.
—Si esto es otra trampa, no tendrás oportunidad de explicarte.
—Lo sé.
Andrew terminó de bloquear el mecanismo del portón.
Un chirrido metálico resonó en el patio.
Los guardias se volvieron hacia nosotros.
—¡Alto! ¿Quién anda ahí?
Alexander se adelantó, alzando la voz con la autoridad de un heredero.
—¡Por orden del sucesor, se suspende el traslado!
Los guardias se quedaron inmóviles.
Uno de ellos se inclinó, confundido.
—Mi señor, tenemos órdenes directas del alfa.
—Y ahora tienen una orden superior. Nadie moverá al prisionero hasta que se verifique el sello.
El guardia dudó.
Entonces una voz conocida resonó desde la entrada de las caballerizas.
—Qué escena tan conmovedora.
Alistair apareció acompañado por Isabella Laurent y cuatro hombres armados.
Su mirada recorrió a sus hijos antes de detenerse en mí.
—La pequeña omega ha conseguido reunir a mis tres herederos alrededor de su padre. Debo admitir que no esperaba que llegara tan lejos.
No respondí a la provocación.
Alistair miró el anillo que faltaba en la mano de Alexander.
Su rostro cambió.
—Dámelo.
Alexander se mantuvo firme.
—No.
Una sola palabra.
Pero en ella había años de obediencia quebrándose.
Alistair avanzó lentamente.
—No sabes lo que estás haciendo, hijo.
—Por primera vez, creo que sí.
El alfa soltó una risa sin humor.
—¿Y tú, Adrian? ¿También has decidido traicionarme?
Desde la sombra del corredor apareció Adrian. Tenía una herida en la ceja y la ropa manchada de polvo, pero caminaba erguido.