La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 22: La firma que Eleanor borró

Capítulo 22: La firma que Eleanor borró

El sello de plata descansaba sobre la mesa, entre mi padre y yo.

No podía dejar de mirarlo.

Tres líneas cruzaban su superficie, rodeando una pequeña luna. El mismo símbolo aparecía en mi brazalete, en los documentos de los Guardianes y en el anillo negro que Alexander había entregado para detener el traslado de Daniel.

Pero la inscripción del reverso era lo que me inquietaba.

«La segunda firma fue dada por un heredero. La tercera fue borrada por su propia madre».

—¿Estás seguro de que Andrew te entregó esto? —pregunté.

Daniel asintió.

—Lo recuerdo perfectamente. Aquella noche apenas tenía once años. Había escuchado una discusión y estaba asustado. Se acercó a mí cuando los guardias me sacaban de la oficina. Me metió el sello en la mano y me pidió que lo escondiera.

—¿Te dijo por qué?

—Solo me pidió que no permitiera que su padre lo encontrara.

Me levanté y caminé hasta la ventana.

Desde allí podía ver el patio de la mansión. Los miembros del consejo habían colocado guardias en las entradas y dos Guardianes vigilaban la puerta de la habitación donde Alistair permanecía bajo supervisión.

La situación había cambiado, pero no lo suficiente.

Mi padre estaba libre de sus cadenas, aunque todavía no podía abandonar la propiedad sin protección. Alistair seguía siendo el alfa de la manada, y una investigación no bastaría para detener a un hombre que llevaba años manipulando las reglas a su favor.

—Necesito hablar con Andrew —dije.

Daniel guardó silencio unos segundos.

—Antes de hacerlo, quiero que tengas presente algo.

Me volví hacia él.

—¿Qué cosa?

—Un niño puede entregar una prueba sin comprender su significado. Pero también puede guardar silencio porque alguien le ha enseñado a tener miedo. No confundas una cosa con la otra.

Miré de nuevo el sello.

No quería condenar a Andrew por algo que hubiera hecho a los once años. Sin embargo, tampoco iba a permitir que su edad se convirtiera en una excusa para ocultar lo ocurrido.

—Voy a averiguar qué vio esa noche —respondí—. Y esta vez quiero escuchar la historia completa.

Daniel extendió la mano y apretó suavemente la mía.

—Entonces empieza por la persona que más razones tiene para conocerla.

No hizo falta que mencionara su nombre.

Eleanor Blackthorn.

Encontré a Andrew en el patio interior, junto a una fuente de piedra que llevaba años sin funcionar.

Estaba solo. Se había quitado la chaqueta y tenía las mangas de la camisa arremangadas. Parecía agotado, como si aquella noche le hubiera envejecido varios años.

Cuando me vio acercarme, se incorporó.

—¿Daniel está bien?

—Está descansando. Los sanadores dicen que necesita tiempo para recuperarse.

Andrew exhaló el aire que había estado conteniendo.

—Me alegro.

Saqué el sello de plata y lo sostuve frente a él.

Su rostro cambió.

—¿Dónde lo encontraste?

—Mi padre lo conservó durante todos estos años. Dice que tú se lo entregaste la noche de su arresto.

Andrew no respondió.

—Tenías once años —continué—. No espero que recuerdes cada palabra de aquella noche, pero necesito saber qué viste.

Se pasó una mano por el cabello.

—Recuerdo una discusión. Me había despertado porque escuché voces en el despacho de mi padre. Cuando salí al corredor, vi a Adrian junto a la puerta del archivo. Parecía asustado.

—¿Qué hacía allí?

—No lo sé. Intenté preguntarle, pero me dijo que regresara a mi habitación. Después vi a nuestra madre salir de la oficina del secretario. Llevaba sangre en una manga.

Sentí un escalofrío.

—¿Sangre de quién?

—No lo sé. Ella me vio y me pidió que la siguiera. Me llevó a una habitación vacía y me entregó el sello. Dijo que debía dárselo a Daniel si tenía oportunidad de acercarme a él.

—¿Te explicó por qué?

Andrew negó con la cabeza.

—Solo dijo que, si nuestro padre lo encontraba, nadie estaría a salvo.

Me acerqué un poco más.

—¿Y después?

—Escuché a Alexander discutir con nuestro padre. No vi lo que pasó dentro del despacho, pero oí a Alistair decir que uno de sus hijos ya había cometido un error que no podía deshacerse.

—¿Se refería a Adrian?

—Eso pensé durante años. Pero ahora no estoy seguro.

La fuente reflejaba la luz gris de la mañana. Por un instante, ninguno de los dos habló.

—¿Por qué nunca se lo contaste a tus hermanos? —pregunté.

Andrew bajó la cabeza.

—Porque al día siguiente nuestra madre había muerto, según nuestro padre. Adrian dejó de hablar de aquella noche. Alexander comenzó a entrenar como si tuviera que demostrar que era digno de suceder a Alistair. Y yo… —Se interrumpió—. Yo quería creer que todo había sido un mal sueño.

No lo juzgué.

A los once años, había sido un niño atrapado entre secretos que ningún niño debería cargar.

Pero ahora era mayor. Y el pasado estaba alcanzándolo.

—Necesito que recuerdes algo más —le dije—. ¿Viste a alguien salir de la oficina después de Eleanor?

Andrew cerró los ojos, concentrándose.

—Sí.

Mi corazón se aceleró.

—¿Quién?

—Una mujer. No pude verle la cara porque llevaba una capucha, pero tenía una cicatriz en la mano izquierda. Antes de desaparecer por el corredor, dejó algo sobre el escritorio.

—¿Qué cosa?

Andrew abrió los ojos.

—Un anillo.

El aire pareció volverse más frío.

—¿Qué clase de anillo?

—Uno de plata, con el símbolo de la luna y tres líneas.

El anillo de los Guardianes.

El mismo que aparecía en las órdenes alteradas.

—¿Reconocerías a esa mujer si volvieras a verla?

Andrew asintió lentamente.

—Creo que sí.

Antes de que pudiera hacer otra pregunta, escuchamos pasos apresurados.

Adrian apareció en el patio con una hoja doblada en la mano.

—Valeria, tenemos un problema.




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