La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 3. La ceremonia de los compañeros

Capítulo 3. La ceremonia de los compañeros

La mañana de la ceremonia, desperté con la sensación de que algo terrible estaba a punto de suceder.

No sabía si era un presentimiento o simplemente el miedo que llevaba acumulando desde que arrestaron a mi padre. Durante las últimas semanas, cada día había traído una nueva humillación, una nueva orden y otra razón para recordar que ya no era la hija de un beta respetado.

Ahora era Valeria Blackwood, la omega sin rango.

La muchacha que antes se sentaba a la mesa con los herederos de la manada y que ahora debía esperar a que ellos terminaran de desayunar para recoger sus platos.

Me quedé mirando el techo de la pequeña habitación de las sirvientas.

Mi madre todavía dormía en la cama de al lado. Tenía el rostro cansado y las manos ásperas por tantas horas de trabajo en la cocina. Quise despertarla y decirle que tenía miedo, pero no quería añadir otra preocupación a las muchas que ya cargaba.

Me incorporé despacio y busqué mi vestido.

Era sencillo, de color azul oscuro, con mangas largas y una falda que me llegaba hasta los tobillos. No tenía bordados costosos ni joyas, pero mi madre había conseguido arreglarlo para que pareciera un poco más elegante.

La ceremonia de los compañeros se celebraba una vez al año, cuando los jóvenes de la manada que habían alcanzado la edad establecida se presentaban ante la Luna para descubrir si el destino les había reservado una pareja.

No todos encontraban a su compañero aquella noche.

Algunos esperaban años.

Otros nunca recibían la señal.

Y unos pocos tenían destinos tan extraordinarios que las historias sobre ellos pasaban de generación en generación.

Yo jamás había pensado demasiado en aquella ceremonia.

Cuando mi familia todavía conservaba su posición, imaginaba que algún día encontraría a alguien que me amara por quien era, no por el apellido que llevaba. Alguien que me tomara de la mano cuando tuviera miedo y que me defendiera cuando el mundo se volviera demasiado cruel.

Nunca había imaginado que el destino pudiera convertirse en otra forma de sufrimiento.

Me puse el brazalete de plata y ajusté la manga para cubrirlo.

La piedra azul estaba fría contra mi piel.

—Valeria.

La voz de mi madre me hizo volverme.

Elena estaba despierta. Se había incorporado y me observaba con una expresión preocupada.

—¿Ya vas a prepararte?

Asentí.

—Miriam dijo que todos debemos presentarnos en el salón principal antes del atardecer.

Mi madre se levantó y se acercó a mí.

—Ven aquí.

Me acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y después me sostuvo el rostro entre las manos.

—Quiero que recuerdes algo esta noche. Tu valor no depende de lo que diga el Consejo, ni de tu rango, ni de lo que piensen los hijos del alfa.

Sentí que se me apretaba la garganta.

—Mamá, ¿crees que papá querría que fuera?

Ella bajó las manos.

Durante un momento, pareció que aquella pregunta le había causado más dolor que cualquier otra.

—Tu padre siempre quiso que tuvieras una vida propia, Valeria. Una vida en la que pudieras elegir a quién amar y en quién confiar.

—Pero ya no puedo elegir nada.

—Todavía puedes elegir quién quieres ser.

Me abrazó.

Cerré los ojos y respiré el aroma familiar de su cabello. Por unos segundos, volví a sentirme como la niña que corría por los pasillos de nuestra antigua casa sin saber que el mundo podía arrebatarle todo de un día para otro.

Cuando nos separamos, mi madre me tomó la mano.

Sus dedos rozaron el brazalete.

—Y pase lo que pase, no permitas que nadie te quite esto.

La miré, sorprendida.

—¿Por qué es tan importante?

Elena abrió la boca, pero un golpe en la puerta interrumpió su respuesta.

—¡Valeria! —gritó Miriam desde el pasillo—. ¡No tenemos todo el día!

Mi madre cerró los ojos brevemente.

—Ve con cuidado, hija.

Asentí y salí de la habitación.

No sabía que aquellas serían las últimas palabras tranquilas que escucharía antes de que mi vida volviera a cambiar.

El salón principal de la mansión Blackthorn nunca me había parecido tan grande.

Las paredes estaban decoradas con estandartes negros y plateados. En el centro, bajo un enorme ventanal circular, se encontraba el símbolo de la Luna: una media luna rodeada por tres estrellas.

Los miembros de la manada ocupaban sus lugares vestidos con sus mejores prendas.

Los alfas llevaban trajes oscuros y medallones que indicaban su posición. Los betas se agrupaban cerca de las primeras filas, mientras los omegas sin rango permanecíamos al fondo, junto a las puertas laterales.

Yo estaba acostumbrada a que me miraran.

Desde la caída de mi padre, las miradas se habían convertido en algo cotidiano.

Pero aquella noche eran diferentes.

Algunos sentían curiosidad.

Otros, desprecio.

Y muchos parecían haber acudido únicamente para presenciar mi humillación.

—Mírala —susurró una joven detrás de mí—. Todavía lleva ese brazalete.

—Quizá cree que le devolverá su rango —respondió otra.

Apreté los dedos contra la falda.

No iba a darles el gusto de reaccionar.

Entonces escuché una voz que conocía demasiado bien.

—Valeria.

Me volví.

Andrew Blackthorn estaba a pocos pasos de mí, vestido con un traje negro que resaltaba sus ojos oscuros. Tenía el cabello ligeramente despeinado, como siempre que se pasaba los dedos por él cuando estaba nervioso.

Durante años, aquel gesto había conseguido hacerme sonreír.

Esa noche solo me recordó todo lo que habíamos perdido.

—Andrew —respondí.

Él miró a su alrededor antes de acercarse un poco más.

—No pensé que vendrías.

—Miriam dijo que debíamos asistir.

—Podrías haberte quedado con tu madre.

Lo miré con incredulidad.

—¿Y perderme la ceremonia que decidirá el destino de los jóvenes de la manada?




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