EL SIGUIENTE REGISTRO CONTIENE TRES NOMBRES. UNO DE ELLOS YA ESTÁ MUERTO.
Leí la frase grabada en la placa una y otra vez.
El metal estaba frío entre mis dedos, pero el brazalete de mi muñeca conservaba un calor extraño, como si hubiera reconocido el símbolo.
Adrian permanecía frente a mí, con el rostro tenso.
Alexander observaba la placa en silencio.
—¿Quién dejó esto en tu habitación? —pregunté.
—No lo sé. Cuando regresé, la puerta estaba cerrada y no había señales de que alguien hubiera forzado la cerradura.
—Entonces quien entró tenía una llave.
Adrian asintió.
—O alguien le permitió entrar.
Los tres nos quedamos callados.
La mansión estaba llena de guardias, cámaras de vigilancia y pasillos controlados. Una persona desconocida no habría podido entrar y salir de la habitación de Adrian sin correr un riesgo enorme.
A menos que perteneciera a la familia.
O tuviera autoridad suficiente para dar órdenes a los sirvientes.
—Necesitamos ver ese registro —dije.
Alexander levantó la mirada.
—No sabemos dónde está.
—Pero sabemos que existe.
—Valeria, acabamos de descubrir que alguien está robando documentos y dejando amenazas. No puedes salir corriendo detrás de cada pista.
Lo miré fijamente.
—¿Y qué propones? ¿Que me quede sentada esperando a que también desaparezca la verdad?
Alexander apretó la mandíbula, pero no respondió.
Adrian tomó la placa y examinó el reverso.
—Hay algo más. Mira esto.
Señaló una pequeña marca en una esquina. Parecía una estrella de ocho puntas atravesada por una línea.
Mi brazalete volvió a calentarse.
La piedra azul emitió un destello.
—¿Qué significa? —pregunté.
Adrian negó con la cabeza.
—No lo sé. Nunca había visto esa marca.
Alexander, sin embargo, se había quedado completamente inmóvil.
—Yo sí.
Los dos lo miramos.
—¿Dónde? —pregunté.
Alexander cerró los dedos alrededor de su anillo negro.
—En el retrato de mi abuelo.
El retrato estaba en una galería antigua, en el ala oeste de la mansión. Casi nadie entraba allí porque la familia Blackthorn había trasladado sus reuniones a las habitaciones más modernas.
Caminamos hasta la galería sin hablar.
Yo iba delante, con Adrian a mi derecha y Alexander unos pasos detrás. No me gustaba estar tan cerca de ellos, pero tampoco podía negar que, por primera vez, nuestros intereses coincidían.
Necesitábamos descubrir quién había traicionado a mi padre.
Y quién estaba intentando silenciar a todos los que podían revelar la verdad.
El retrato del abuelo Blackthorn ocupaba la pared central. Era un hombre de mirada severa, vestido con una capa oscura y un anillo plateado en la mano izquierda.
La misma estrella de ocho puntas aparecía grabada en la parte inferior del marco.
Me acerqué.
—¿Quién era?
—Elias Blackthorn —respondió Alexander—. Fue alfa antes que mi padre. Murió cuando yo era pequeño.
—¿Cómo murió?
—Eso es lo que siempre nos dijeron: que enfermó durante un invierno especialmente duro.
Adrian soltó una risa sin humor.
—En nuestra familia, cuando alguien hace demasiadas preguntas, siempre aparece una explicación conveniente.
Alexander lo miró con dureza.
—No empieces.
—¿Por qué? ¿Porque estoy diciendo algo que no quieres escuchar?
—Basta —intervine—. No estamos aquí para discutir entre nosotros.
Los dos guardaron silencio.
Examiné el marco. La marca de la estrella estaba grabada sobre una pequeña placa metálica. Debajo había unas palabras en una lengua antigua que no reconocí.
—¿Puedes leerlo? —le pregunté a Alexander.
Negó con la cabeza.
—No. Mi padre nos prohibió estudiar los documentos antiguos de la familia. Decía que solo los miembros del consejo podían consultarlos.
—¿Y tú obedeciste?
Alexander sostuvo mi mirada.
—Sí.
No intentó justificarse.
Aquella respuesta me recordó que, aunque ahora me ayudara, seguía siendo uno de los herederos que habían disfrutado de privilegios mientras mi madre y yo trabajábamos como sirvientas.
No podía olvidar eso solo porque hubiera comenzado a cuestionar a su padre.
De pronto, Adrian tocó el borde inferior del marco.
—Hay algo aquí.
Una parte de la madera se movió bajo sus dedos.
Presionó con cuidado y se escuchó un pequeño clic.
La placa metálica se desplazó unos centímetros, revelando un compartimento estrecho.
Dentro había un sobre amarillento.
Lo saqué lentamente.
En el frente aparecía escrito un nombre:
DANIEL BLACKWOOD.
Sentí que se me cerraba la garganta.
Mi padre había estado allí.
Y alguien había escondido una carta suya detrás del retrato de un alfa muerto.
El sobre estaba cerrado con cera oscura.
No tenía sentido romperlo sin examinar primero la marca del sello. El símbolo era parecido al de mi brazalete, pero la estrella de ocho puntas aparecía incompleta.
—¿Puedo verlo? —preguntó Adrian.
Le entregué el sobre, sin soltarlo del todo.
Él examinó la cera.
—Este sello es antiguo. No pertenece a la administración actual.
Alexander se inclinó para observarlo.
—Mi abuelo utilizaba un sello parecido en algunos documentos privados.
—¿Cómo lo sabes si nunca te permitieron estudiar los archivos? —pregunté.
Alexander vaciló.
—Encontré algunas cartas cuando era niño. Mi padre las confiscó cuando me descubrió leyéndolas.
—¿Qué decían?
—No lo recuerdo todo. Pero mi abuelo escribía sobre una disputa dentro de la manada. Decía que algunos miembros del consejo querían convertir el cargo de alfa en un poder absoluto.
Adrian dejó el sobre sobre una mesa.
—Si esto es una carta de Daniel, podría explicar por qué lo acusaron.