La sala del tribunal estaba llena antes del amanecer.
Los representantes de las cuatro líneas ocupaban sus asientos, los guardianes independientes custodiaban las puertas y los escribas preparaban los registros originales para una audiencia que podía cambiar la historia de los clanes.
Octavian Voss sería juzgado por manipulación de documentos, desapariciones ilegales, falsificación de órdenes y abuso de autoridad.
Pero Valeria apenas podía pensar en él.
Las palabras de Seraphina seguían resonando en su cabeza.
«Fue la persona que se hizo pasar por vuestra madre durante los primeros años de vuestra vida».
Valeria miró a Lysandra, sentada a su lado. Su hermana mantenía las manos entrelazadas sobre las rodillas, aunque sus dedos temblaban.
—¿Crees que hablaba de Elena? —preguntó Lysandra en voz baja.
—No lo sé.
—Elena te crió. Te quiso como a una hija.
—Y tú también la conoces. No podemos convertir una frase en una condena sin escuchar el resto.
Lysandra asintió, agradecida por aquella respuesta.
Valeria había aprendido que las verdades a medias podían ser tan peligrosas como las mentiras. No volvería a permitir que alguien utilizara una revelación para obligarla a odiar a otra persona.
En la primera fila, Daniel conversaba con Gabriel. Elena permanecía junto a ellos, pálida, pero decidida a no marcharse.
Al otro lado de la sala estaban Alexander, Adrian y Andrew. Ninguno intentaba acercarse a Valeria sin su permiso.
Habían aprendido, aunque tarde, que estar cerca de ella no les daba derecho a decidir por ella.
Las puertas del tribunal se abrieron.
—¡Que comience la audiencia! —anunció el custodio principal.
Y, por primera vez en quince años, Octavian Voss tendría que responder ante un tribunal que no controlaba.
I. El hombre que creyó poseer la leyOctavian entró acompañado por dos guardianes.
Ya no llevaba la insignia de magistrado ni la capa oscura que lo distinguía como autoridad superior del Consejo. Vestía una túnica sencilla y tenía las manos libres, aunque dos custodios permanecían a cada lado.
Su expresión seguía siendo arrogante.
Al pasar frente a Valeria, se detuvo brevemente.
—Todo esto terminará destruyéndote.
Valeria sostuvo su mirada.
—Lo que me destruyó fue crecer rodeada de mentiras. Decir la verdad no puede ser peor que eso.
Octavian sonrió con frialdad.
—Todavía crees que la verdad es suficiente para gobernar un mundo como este.
—No quiero gobernarlo.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—Entonces eres más ingenua de lo que pensaba.
—Y tú confundiste durante demasiado tiempo el poder con el derecho a decidir por los demás.
El guardián lo obligó a continuar.
Valeria no sintió satisfacción al verlo ocupar el lugar del acusado. Solo un cansancio profundo. Había imaginado tantas veces que descubriría al responsable de la caída de su familia y que, al hacerlo, todo el dolor desaparecería.
No había ocurrido.
La justicia podía poner fin a una injusticia, pero no devolver los años perdidos.
El presidente del tribunal, un anciano elegido por las cuatro líneas, se puso de pie.
—Octavian Voss, se te acusa de alterar registros de nacimiento, falsificar órdenes de traslado, mantener a personas bajo identidades falsas, ordenar la detención de herederos sin juicio y utilizar el Consejo para imponer decisiones sobre los vínculos y destinos de otros. ¿Cómo te declaras?
—Inocente de los cargos tal como están formulados.
Un murmullo recorrió la sala.
Octavian levantó la cabeza.
—No niego que firmé algunas órdenes. Niego que comprendáis por qué fueron necesarias.
—Tendrás oportunidad de presentar tu defensa —respondió el presidente—. Primero escucharemos las pruebas.
Seraphina Vale fue llamada al estrado.
Llevaba una carpeta de cuero y un pequeño libro de registros. Cuando prestó juramento, sus manos estaban firmes.
—Durante años, el Consejo recibió copias alteradas de documentos originales —declaró—. Las modificaciones permitieron registrar muertes que nunca ocurrieron, borrar nacimientos y trasladar menores sin el consentimiento de sus familias. Algunas órdenes fueron firmadas por mí. Otras llevaban mi nombre sin que yo las hubiera autorizado.
—¿Reconoces tu participación? —preguntó uno de los jueces.
Seraphina bajó la mirada.
—Reconozco que firmé traslados sin investigar lo suficiente. Creí que protegía a los menores de una guerra entre las líneas. Cuando comprendí que algunos estaban siendo utilizados, intenté detenerlo. Pero no destruí los registros ni denuncié a todos los responsables. Guardé silencio por miedo.
Valeria la observó.
No era una confesión heroica. Seraphina había cometido errores graves y tendría que responder por ellos.
—¿Y quién alteró los documentos? —preguntó el juez.
—Octavian controlaba el archivo central, pero no actuaba solo. Había una red de personas con acceso a los registros de las cuatro líneas.
—¿Puedes identificar a todos sus miembros?
—No. Algunos nombres fueron borrados incluso de los registros originales.
Octavian soltó una risa breve.
—Una acusación conveniente. Una red invisible, firmas falsas y documentos que nadie puede verificar. ¿Eso es lo que vais a utilizar para condenarme?
Seraphina lo miró directamente.
—No. Utilizaremos los originales que no lograste destruir.
Entregó el libro al tribunal.
Gabriel fue el siguiente en declarar. Explicó cómo el archivo había reconocido su marca, cómo se habían manipulado sus antecedentes y cómo había pasado años trabajando para personas que ocultaban su verdadera identidad.
Después, Lucien habló sobre la quinta línea y la razón por la que había sido borrada.
—No fuimos eliminados porque quisiéramos conquistar los clanes —declaró—. Fuimos eliminados porque nos negamos a entregarles a nuestros descendientes. El Consejo exigía que cada heredero aceptara el destino que se le asignara. Nosotros defendimos el derecho a rechazarlo.