El nombre de Daniel Blackwood seguía grabado en mi mente.
No importaba cuántas veces intentara apartarlo, ni cuántas explicaciones buscara en el documento que llevaba entre las manos. La firma era suya. La había visto cientos de veces en cartas, permisos y documentos que firmaba cuando yo todavía era una niña.
No podía confundirla.
Pero tampoco podía aceptar que el hombre que me había enseñado a caminar, que me había consolado cuando tenía pesadillas y que había arriesgado su vida para protegerme hubiera participado en un plan para ocultar mi nacimiento sin contarme la verdad.
—Necesito hablar con él —dije.
Eryon caminaba a mi lado por el pasadizo que conducía a la salida de la Casa de los Nombres.
—Lo haremos cuando lleguemos a la fortaleza.
—No. Necesito hablar con él a solas.
Eryon se detuvo.
—Valeria, después de lo que acabamos de descubrir, no creo que sea prudente que te quedes a solas con nadie.
Lo miré, conteniendo la frustración.
—¿Y quién decide qué es prudente para mí? ¿Tú? ¿Daniel? ¿El Consejo? ¿Todos menos yo?
Su expresión cambió.
—No intento quitarte el derecho a decidir.
—Entonces no empieces haciéndolo.
Eryon guardó silencio.
Durante unos segundos pensé que volvería a insistir, que me recordaría todos los peligros que me rodeaban y que utilizaría la palabra proteger como excusa para decidir por mí. Sin embargo, respiró hondo y se apartó del camino.
—Tienes razón. No voy a obligarte.
No era una reconciliación. Apenas era un pequeño paso.
Pero lo acepté.
—Gracias.
Seguimos caminando.
Detrás de nosotros, Gabriel llevaba el documento dentro de una funda de cuero, mientras Lucien y Aurelian discutían en voz baja sobre la autenticidad de la inscripción. Mara permanecía bajo vigilancia de dos antiguos guardianes. Nadie había decidido todavía si debíamos considerarla una aliada o una amenaza.
Yo tampoco lo sabía.
Lo único que tenía claro era que Daniel debía explicarme por qué su firma aparecía en el acta de mi nacimiento y qué significaba aquella frase sobre mi desaparición.
Cuando llegamos a la salida, el amanecer empezaba a iluminar las montañas.
Y la fortaleza nos esperaba.
Daniel estaba en la sala de reuniones cuando entré.
Elena se encontraba junto a una ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho. Alistair permanecía sentado al otro extremo de la mesa, mientras Alexander, Adrian y Andrew discutían con Seraphina sobre los movimientos de Octavian.
Las conversaciones se apagaron en cuanto me vieron.
Daniel se levantó.
—Valeria. ¿Qué ha pasado?
No respondí inmediatamente.
Saqué el documento de la funda y lo coloqué sobre la mesa.
—Quiero que me expliques esto.
Daniel bajó la mirada.
Al principio pareció no comprender. Después vio la fecha, los nombres de mis padres biológicos y, finalmente, su propia firma.
Su rostro perdió el color.
Elena se acercó.
—¿Qué es eso?
—El acta original de mi nacimiento —contesté—. O al menos una copia que alguien asegura que es auténtica.
Daniel no tocó el papel.
—¿Dónde lo encontraste?
—Eso no es lo que te he preguntado.
—Valeria…
—Tu firma aparece debajo de los nombres de Lyanna y Eryon. También aparece la de Silas Laurent. Y hay una cláusula que dice que mi custodia fue concedida al portador del quinto nombre hasta que yo pudiera elegir por mí misma.
Lo miré directamente.
—¿Fuiste tú?
Daniel cerró los ojos.
Aquel gesto me dolió más que una negativa.
—Sí —respondió finalmente.
El silencio que siguió fue tan profundo que pude escuchar el viento golpeando los ventanales.
Elena se llevó una mano a la boca.
—Daniel, ¿qué significa eso?
Él no apartó los ojos de mí.
—Significa que acepté protegerte antes de que nacieras.
—¿Por qué?
—Porque alguien tenía que hacerlo.
—¿Quién te lo pidió?
Daniel miró el documento.
—Silas Laurent.
Gabriel, que acababa de entrar con los demás, se quedó inmóvil.
—Silas estaba oficialmente desaparecido cuando tú firmaste ese documento.
—Oficialmente, sí. Pero yo lo conocí antes de que desapareciera.
—¿Cuándo? —pregunté.
Daniel se pasó una mano por el rostro.
—Poco antes de que arrestaran a Eryon.
Mi padre biológico avanzó un paso.
—¿Me conocías?
—Sabía quién eras. No nos conocíamos personalmente.
—¿Y aun así aceptaste proteger a mi hija?
Daniel lo miró con firmeza.
—Sí.
Eryon apretó la mandíbula.
—¿Por qué?
—Porque Silas me explicó lo que el Consejo planeaba hacer.
Daniel apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Me dijo que había descubierto una alteración en la primera promesa. El Consejo estaba preparando documentos para convertir el derecho de las cuatro líneas a cooperar en una supuesta autoridad sobre todas las demás. La quinta línea era la única que podía demostrar que aquello era una mentira.
—¿Y qué tenía que ver Valeria con eso? —preguntó Alexander.
Daniel respiró profundamente.
—Su nacimiento demostraba que la quinta línea no había desaparecido. Si el Consejo conseguía registrarla bajo su propia autoridad, podría declararla heredera legítima de un sistema que jamás había tenido derecho a controlar. La convertirían en un símbolo, una herramienta política o una prisionera.
—Así que decidiste ocultarme —dije.
—Decidí protegerte.
—Sin preguntarme.
Daniel bajó la cabeza.
—Eras una recién nacida. No podía preguntarte.
—Pero pudiste contarme la verdad cuando crecí.
—Sí.
Su respuesta fue inmediata.
No intentó defenderse.
Y eso me dejó sin una réplica preparada.
—¿Por qué no lo hiciste?
Daniel tardó en responder.
—Porque cuanto más tiempo pasaba, más personas se involucraban. Cuando arrestaron a Eryon y Lyanna desapareció de los registros, comprendí que el Consejo no se detendría. Después comenzaron las amenazas contra Elena y contra ti. Cada vez que intentaba acercarme a la verdad, aparecía un documento nuevo, una acusación o una advertencia. Me convencí de que, si mantenía el silencio, podrías vivir una vida normal.