La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 53: El origen de la traición

Capítulo 53: El origen de la traición

—Pero la niña que enterramos no era yo.

Las palabras de Lysandra dejaron a Valeria sin aliento.

Durante varios segundos, nadie se movió. Elena permanecía junto a la mesa, con los dedos aferrados al borde de la madera. Daniel la observaba como si acabara de descubrir que la mujer con la que había compartido tantos años guardaba una historia que él jamás había imaginado.

—Explícate —exigió Mateo—. ¿A quién enterramos entonces?

Lysandra miró la nota que Valeria sostenía entre los dedos.

—No lo sé con certeza. Tenía tres años cuando desaparecí. Mis recuerdos del incendio son fragmentos: humo, gritos, alguien cubriéndome la boca para que no llorara… y una mujer que me sacó de la casa.

Se tocó la cicatriz del cuello.

—Desperté lejos de mi hogar. Me dijeron que mi familia había muerto y que, si intentaba regresar, las personas que me habían salvado pagarían por ello.

—¿Quién te dijo eso? —preguntó Valeria.

—Silas Laurent.

Daniel cerró los ojos un instante.

—Entonces sí te encontró.

—Me encontró después de que me sacaran de la residencia. Me llevó a un lugar donde nadie conocía mi nombre y me hizo vivir como otra persona. Durante años creí que me había salvado.

—¿Y cuándo descubriste la verdad? —preguntó Gabriel.

—Cuando cumplí dieciséis años, encontré una caja escondida bajo el suelo de la habitación donde vivía. Dentro había una fotografía de mi madre, una copia de la orden de traslado y un registro de defunción. Mi nombre aparecía en los tres documentos.

Lysandra hizo una pausa.

—Pero la fecha de mi muerte era anterior al incendio.

Mateo se llevó una mano a la frente.

—Eso significa que alguien preparó tu muerte antes de que desaparecieras.

—Exactamente.

Valeria volvió a mirar a Elena.

—Mamá, ¿por qué la nota dice que recuerdas haberla enterrado?

Elena abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.

—No voy a obligarte a hablar —dijo Valeria, aunque el dolor endurecía su voz—. Pero necesito saber si conocías a Lysandra.

Elena asintió lentamente.

—La conocí cuando era una niña. Tuve que ayudar a ocultarla durante un tiempo. No sabía que seguía viva después del incendio, y nunca vi su cuerpo.

—Entonces, ¿por qué recuerdas un entierro? —insistió Valeria.

Elena bajó la mirada.

—Porque sí hubo un entierro. Pero no era el suyo.

Daniel cerró las puertas de la antigua residencia Vale y ordenó que nadie entrara sin autorización. No quería que aquella conversación llegara a oídos del Consejo antes de que entendieran qué había ocurrido.

Sobre la mesa colocaron los documentos de Lysandra, la fotografía de las dos niñas y la nota anónima.

Gabriel examinó el registro de defunción mientras Adrian comparaba los sellos.

—Esto no es una simple falsificación —dijo Adrian—. Utilizaron un registro auténtico y sustituyeron el nombre de la persona fallecida. El sello corresponde al archivo de la quinta línea, pero la tinta que cubre el nombre es posterior.

—¿Puedes recuperar el nombre original? —preguntó Alexander.

—No sin arriesgarme a destruirlo. Necesitaré tiempo.

—No tenemos tiempo —intervino Andrew—. Si alguien sabía que Lysandra vendría aquí, probablemente también sabe dónde estamos.

—Precisamente por eso debemos dejar de correr detrás de cada amenaza —respondió Valeria—. Alguien lleva años consiguiendo que actuemos según sus instrucciones. Si seguimos reaccionando sin entender el propósito, nunca terminaremos con esto.

Lucien asintió desde la pared.

—La muchacha tiene razón. El Consejo no sobrevivió tantos siglos gracias a su fuerza. Sobrevivió porque logró que cada persona desconfiara de la que tenía al lado.

Valeria señaló la nota.

—Entonces empecemos por lo que sabemos. Silas firmó la desaparición de Lysandra. Después le pidió a Daniel que me protegiera. Alguien modificó los documentos de mi nacimiento y alguien está usando información de nuestra familia para separarnos.

—Y alguien enterró a una niña —añadió Mateo—. Una niña cuyo nombre fue reemplazado en el registro.

—Tenemos que averiguar quién era —dijo Gabriel.

Elena se sentó lentamente.

—Era una niña de la familia Vale. No recuerdo su nombre completo, pero sí que llevaba una pequeña cinta azul en el cabello. La noche del entierro, Silas me dijo que no debíamos abrir el ataúd. Afirmó que el cuerpo había sufrido demasiado durante el incendio.

Lysandra se acercó.

—¿Viste el cuerpo?

Elena negó con la cabeza.

—No.

—¿Entonces cómo sabes que era una niña?

Elena tardó en responder.

—Porque escuché llorar a alguien antes de que cerraran el ataúd.

El silencio fue absoluto.

Valeria sintió que la sangre se le enfriaba.

—¿Llorar?

—Fue apenas un sonido. Pensé que era un animal o el viento atravesando las tablas. Pero después de tantos años, cuando he vuelto a escuchar tu historia, he recordado aquella noche.

Lysandra se llevó una mano al cuello.

—¿Y si la niña estaba viva?

—No lo sé —susurró Elena—. Nunca me atreví a preguntar.

—¿Quién más estaba allí? —preguntó Valeria.

—Silas, Mara y un hombre del Consejo cuyo rostro no recuerdo. También estaba una mujer que llevaba guantes negros. Ella fue quien insistió en que el entierro se realizara antes del amanecer.

Mara, que había permanecido en silencio cerca de la entrada, levantó la cabeza.

—Yo no recuerdo ese entierro.

Elena la miró.

—Eras joven, pero estabas allí.

—Recuerdo haber acompañado a Silas a una residencia después del incendio. No recuerdo ningún ataúd.

—Quizá porque no querían que lo recordaras —dijo Lucien.

Mara apretó los labios.

—No voy a aceptar que conviertan cada laguna de mi memoria en una prueba contra mí.

—Nadie te está acusando —respondió Valeria—. Pero tampoco voy a ignorar lo que acabamos de descubrir.




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