La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 27: El rostro detrás de la traición

Capítulo 27: El rostro detrás de la traición

—Entregadme a las dos herederas.

La voz de Mateo atravesó la niebla.

Durante unos segundos, nadie reaccionó. Era imposible aceptar que el hombre que nos había ayudado a descubrir la conspiración, que había arriesgado su vida para salvar a Daniel y que me había hablado de Lyanna como si todavía guardara su recuerdo en el corazón, estuviera ahora frente a nosotros exigiendo que entregáramos a Isabella y a mí.

Pero allí estaba.

Con el anillo negro en una mano y el brazalete de mi madre en la otra.

—Mateo… —murmuré—. ¿Qué estás haciendo?

Él no respondió.

Su mirada pasó sobre Alexander, Adrian y Andrew hasta detenerse en mí.

—No quiero haceros daño. Entregadme a las dos niñas y todo terminará.

—Deja de llamarnos niñas —espetó Isabella, aunque su voz tembló ligeramente—. No sabes nada de nosotras.

Mateo apretó el brazalete.

—Sé mucho más de lo que imaginas.

Alexander se adelantó, colocándose entre nosotros y la orilla.

—Si has venido a amenazarla, tendrás que pasar por encima de mí.

Mateo lo observó con una frialdad que nunca le había visto.

—Siempre tan parecido a tu padre. Crees que llevar un anillo te convierte en un hombre capaz de proteger a todos.

Alexander tensó la mandíbula.

—No soy Alistair.

—Todavía no.

Aquellas dos palabras parecieron golpearlo más que una amenaza.

Adrian se colocó junto a su hermano.

—Basta de juegos. ¿Dónde está Elena?

Por primera vez, algo cambió en la expresión de Mateo.

Dolor.

Fue apenas un destello, pero lo vi.

—Está viva.

Sentí que las rodillas me flaqueaban.

—¿Dónde?

—En un lugar al que no podéis llegar sin mi ayuda.

—Entonces llévanos hasta ella.

Mateo negó lentamente.

—No puedo hacerlo mientras sigáis creyendo que soy vuestro enemigo.

Solté una risa incrédula.

—Acabas de aparecer con un anillo relacionado con diecisiete años de mentiras, sosteniendo el brazalete de mi madre y exigiendo que te entreguemos nuestras vidas. ¿Qué esperabas? ¿Que corriera a abrazarte?

Su rostro se endureció.

—Esperaba que escucharas antes de condenarme.

—He escuchado a demasiadas personas durante demasiado tiempo. Ahora quiero pruebas.

Mateo guardó silencio.

Entonces Daniel se adelantó.

—Dáselas.

Todos nos volvimos hacia él.

Mi padre tenía el rostro agotado, pero su mirada no vacilaba.

—Si de verdad quieres que Valeria confíe en ti, deja el anillo y explica por qué has permitido que crean que eres el responsable de todo esto.

Mateo miró a Daniel durante varios segundos.

Después bajó la mano.

El anillo negro cayó sobre una piedra junto al río.

—Ese anillo no me pertenece —dijo—. Se lo quité al hombre que se llevó a Elena.

Adrian frunció el ceño.

—¿Entonces quién te entregó el brazalete?

—La misma persona.

—¿Y por qué no empezaste por ahí? —preguntó Andrew.

Mateo lo miró con cansancio.

—Porque esa persona me advirtió que, si revelaba su identidad antes de reunir a las dos herederas, Elena moriría.

El silencio que siguió fue brutal.

Miré la fotografía que todavía sostenía entre mis manos.

La mujer de la imagen era Elena. Estaba herida, pero viva.

—¿Quién te amenazó? —pregunté.

Mateo levantó el brazalete de plata.

—Alguien que estuvo presente la noche en que desapareció Lyanna.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Lo sé.

Me enfureció su calma. Me enfureció que todavía creyera tener derecho a dosificar la verdad como si nosotros no hubiéramos pagado ya un precio demasiado alto por cada secreto.

—Última oportunidad, Mateo. Dime quién está detrás de todo esto.

Él miró hacia los árboles.

—No aquí.

Un silbido atravesó la noche.

Mateo se volvió bruscamente.

—¡Al suelo!

El primer disparo impactó contra la pared del molino.

Alexander me empujó detrás de una columna mientras Andrew arrastraba a Isabella hacia la entrada. Adrian respondió al ataque, pero las sombras entre los árboles se movían demasiado rápido para distinguir cuántos hombres nos rodeaban.

—¡Hay tiradores en la ribera! —gritó Alexander.

Daniel recogió la daga del suelo y se agachó junto a nosotros.

—¡Tenemos que salir por la puerta trasera!

—La puerta está cubierta —respondió Adrian—. Hay al menos tres hombres allí.

Otro disparo destrozó una ventana.

Mateo saltó desde la orilla y cruzó el pequeño puente de madera que conducía al molino.

—¡Por aquí!

—¿Por qué deberíamos seguirte? —gritó Isabella.

—¡Porque los hombres que os disparan no han venido a negociar!

Un proyectil golpeó la columna detrás de ella.

No necesitó que nadie se lo repitiera.

Corrimos hacia Mateo mientras Alexander y Adrian nos cubrían. Andrew fue el último en abandonar el molino. Justo cuando cruzó el puente, una bala alcanzó una de las tablas y la madera se partió bajo sus pies.

Se precipitó hacia el agua.

—¡Andrew!

Alexander se lanzó al suelo y logró agarrarlo de la muñeca.

Durante un instante, ambos quedaron suspendidos sobre la corriente.

Adrian regresó para ayudar a su hermano y, entre los dos, consiguieron subirlo al puente.

Andrew tenía una herida superficial en la frente, pero estaba consciente.

—Estoy bien —gruñó antes de que nadie pudiera preguntárselo.

—No vuelvas a hacer eso —le espetó Alexander.

Andrew soltó una risa sin humor.

—¿Caerme a un río? Lo tendré en cuenta.

No había tiempo para discutir.

Mateo nos condujo hasta una abertura oculta entre las rocas, cubierta por ramas y raíces. Descendimos por un túnel estrecho que olía a tierra húmeda.

A nuestras espaldas, los disparos continuaron durante unos segundos.

Después cesaron.

Y el silencio resultó mucho más inquietante.

El túnel desembocaba en una pequeña cámara subterránea.




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