La mañana en que regresamos a casa, llevaba a Aurora entre mis brazos y sentía que el mundo entero había cambiado.
No porque el paisaje fuera diferente. El camino seguía bordeado de árboles, el lago continuaba reflejando el cielo y nuestra pequeña casa conservaba las paredes azules que habíamos pintado juntos meses atrás.
Pero ahora había una cuna junto a nuestra cama, una manta diminuta sobre mi brazo y una niña que respiraba suavemente contra mi pecho.
Nuestra hija.
Aurora.
—¿Estás segura de que no quieres que la cargue yo? —preguntó Alexander por quinta vez mientras caminábamos hacia la entrada.
Lo miré con una sonrisa cansada.
—Alexander, llevas preguntándome lo mismo desde que salimos del hospital.
—Porque el camino tiene piedras.
Adrian, que caminaba a mi lado con una bolsa llena de ropa para la bebé, soltó una carcajada.
—Hay tres piedras en todo el camino y las hemos esquivado perfectamente.
—Cuatro —corrigió Andrew, que llevaba el bolso de Aurora como si contuviera el tesoro más importante del mundo—. Acabo de ver otra junto al jardín.
Me detuve frente a la puerta.
—¿Los tres van a ponerse así cada vez que nuestra hija salga de casa?
Los tres guardaron silencio.
Fue una respuesta suficiente.
—Estamos perdidos —murmuró Adrian.
—Completamente —añadió Andrew.
Alexander, en cambio, se acercó y besó mi frente con ternura.
—No estamos perdidos. Solo estamos aprendiendo a ser padres.
Aquellas palabras me suavizaron el corazón.
Yo también estaba aprendiendo.
Había imaginado muchas veces cómo sería el día en que tuviera una familia propia. Durante años, aquella idea había estado mezclada con miedo, incertidumbre y recuerdos dolorosos. Había temido que amar significara perder mi libertad, que formar un hogar implicara obedecer reglas que otros habían escrito para mí.
Pero ahora estaba frente a una casa que habíamos construido a nuestra manera, junto a tres hombres que habían aprendido que quererme no les daba derecho a decidir por mí.
Y entre mis brazos estaba Aurora.
Nuestra pequeña estrella.
—Entonces, señores padres —dije mientras Alexander abría la puerta—, será mejor que entren. Su hija tiene hambre y su madre necesita sentarse.
Los tres reaccionaron al mismo tiempo.
—¡Claro!
—¡La habitación está preparada!
—¡Voy a buscar una almohada!
Los observé desaparecer en direcciones diferentes y no pude evitar reírme.
Tal vez la maternidad sería más caótica de lo que había imaginado.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, el caos no me asustaba.
La casa olía a madera limpia, flores frescas y la comida que Adrian había dejado preparada antes de que fuéramos al hospital.
Andrew había colocado una pequeña guirnalda sobre la puerta de nuestra habitación. Alexander había revisado la cuna tantas veces que yo sospechaba que conocía cada tornillo de memoria.
Y Adrian…
Adrian había comprado suficientes mantas para cubrir a una manada entera.
—No necesitábamos tantas —le dije cuando lo vi colocar otra sobre el sillón.
—No son tantas.
Andrew levantó una ceja.
—Hay doce.
—Doce mantas perfectamente necesarias.
—¿Para una sola bebé?
—Para nuestra bebé —respondió Adrian, como si eso explicara todo.
Me reí, aunque tuve que detenerme porque todavía me sentía agotada.
Alexander lo notó enseguida.
—Ven. Siéntate un momento.
No intentó quitarme a Aurora de los brazos ni comenzó a darme instrucciones. Simplemente apartó los cojines del sofá y me ayudó a acomodarme con cuidado.
—¿Quieres que la sostenga mientras descansas? —preguntó.
Miré a nuestra hija. Tenía los ojos cerrados y una de sus diminutas manos descansaba junto a su mejilla.
Una parte de mí quería seguir contemplándola durante horas. Otra necesitaba dormir durante una semana entera.
—Sí, pero quédate aquí conmigo.
Alexander se sentó a mi lado y recibió a Aurora con una delicadeza que todavía me sorprendía.
Aquel hombre, que en otro tiempo había creído que podía esconder sus sentimientos detrás de la crueldad, ahora sostenía a nuestra hija como si temiera que hasta el aire pudiera molestarla.
—Hola, pequeña —susurró—. Bienvenida a casa.
Aurora movió los labios, haciendo un pequeño gesto.
Alexander abrió los ojos con asombro.
—¿Viste eso?
—Sí, Alexander. Es una bebé.
—Creo que me sonrió.
—Creo que tiene sueño —dijo Andrew desde el otro lado de la habitación.
Alexander lo miró con indignación.
—Déjame disfrutar de mi momento.
Adrian se sentó en el suelo frente a nosotros.
—Cuando sonría de verdad, tendremos que averiguar a quién de los tres se parece más.
—A mí —declaró Andrew.
—Tiene mis ojos —aseguró Adrian.
Alexander miró a nuestra hija con una solemnidad exagerada.
—Lo importante es que tenga mi sentido común.
Los tres comenzaron a discutir en voz baja.
Yo los contemplé, incapaz de dejar de sonreír.
Aurora todavía no podía entender sus palabras, pero algún día conocería esas voces. Sabría quién la hacía reír cuando estuviera triste, quién le contaría historias antes de dormir y quién prepararía demasiada comida cuando invitara a sus amigos.
También conocería sus errores.
Porque no quería que creciera creyendo que las personas que amaba eran perfectas.
Quería que aprendiera que podían equivocarse, pedir perdón y cambiar.
Quería que supiera que el amor no era una promesa de no fallar nunca.
Era el compromiso de no esconderse detrás de los errores para evitar repararlos.
Al atardecer, alguien llamó a la puerta.
Andrew fue a abrir y regresó acompañado por Lysandra, Elena y Lyanna.
Mi hermana llevaba una cesta con ropa diminuta. Elena sostenía un recipiente con comida y Lyanna tenía las manos vacías, aunque sus ojos estaban llenos de emoción.