La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 26: La daga de mi padre

Capítulo 26: La daga de mi padre

Durante un instante, olvidé cómo respirar.

Daniel Blackwood estaba al otro extremo del corredor, sosteniendo una daga de hoja plateada. Su rostro parecía más pálido que de costumbre y tenía una mancha oscura en la manga de la camisa.

En su mano derecha brillaba un anillo negro.

El mismo anillo que había aparecido en los registros de la cámara.

El mismo símbolo que llevaba años persiguiéndonos.

—Papá… —susurré.

Él levantó la mirada.

Y lo que vi en sus ojos me dolió mucho más que el arma que sostenía.

Miedo.

No parecía sorprendido de encontrarnos allí. Tampoco parecía dispuesto a explicar nada.

Parecía un hombre que llevaba mucho tiempo esperando que llegara su peor día.

—Valeria, aléjate de la puerta —ordenó.

Di un paso hacia él.

—Deja la daga en el suelo.

Daniel apretó los dedos alrededor de la empuñadura.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Entonces explícame por qué tienes esa arma. Explícame por qué llevas un anillo negro y por qué tu nombre podría estar relacionado con el intercambio de dos niñas.

Su expresión se quebró.

Solo durante un segundo.

Pero lo vi.

—¿Qué has encontrado ahí abajo?

—Suficiente para saber que me has ocultado cosas.

—Siempre hubo cosas que no podía contarte.

—¡Eso ya lo sé! —Mi voz resonó por el corredor—. Todos han tenido una excusa para mentirme. Todos dicen que lo hicieron para protegerme. Estoy cansada de descubrir que las personas que más amo también guardan secretos que podrían destruirme.

Daniel cerró los ojos.

Por un instante volvió a ser el hombre que me enseñaba a montar a caballo, que me esperaba despierto cuando regresaba tarde y que me abrazaba cuando tenía pesadillas.

El hombre al que yo llamaba papá sin necesidad de recordar que no compartíamos sangre.

—Nunca he dejado de ser tu padre —dijo.

Aquellas palabras me golpearon en el pecho.

—Entonces demuéstralo. Deja la daga.

Daniel miró el arma.

Después, lentamente, la dejó en el suelo.

Alexander se colocó a mi lado, pero levanté una mano para impedir que se acercara más. No quería que nadie hablara por mí. No esta vez.

—¿De dónde has sacado el anillo? —pregunté.

Daniel miró a los tres hermanos.

—De alguien que murió hace diecisiete años.

—¿Elias? —preguntó Adrian.

Daniel negó con la cabeza.

—No.

Sus ojos regresaron a mí.

—De la persona que intercambió a las dos niñas.

Isabella soltó un sonido ahogado.

—¿Quién?

Daniel no respondió inmediatamente. Se agachó para recoger la daga, pero Andrew se adelantó y la apartó con el pie.

—No vuelvas a tocarla —advirtió.

Daniel no protestó.

—No he venido a haceros daño —dijo—. He venido a impedir que abráis esa cámara otra vez.

—La cámara ya está cerrada —replicó Adrian—. Y sabemos que alguien ordenó el intercambio de las niñas. ¿Por qué no nos dijiste nada?

Daniel lo miró con cansancio.

—Porque no sabía que Isabella era la segunda niña.

—Pero conocías el intercambio —insistí.

Él bajó la cabeza.

Y esa fue mi respuesta.

Sentí que algo dentro de mí se rompía en silencio.

—¿Qué hiciste, papá?

Daniel levantó los ojos hacia mí.

—Lo que pude para mantenerte viva.

—No te he preguntado eso.

Mi voz salió más baja, pero mucho más firme.

—Te he preguntado qué hiciste.

Daniel tardó tanto en responder que empecé a temer la verdad.

—La noche en que naciste, Lyanna llegó a la residencia con dos bebés.

Isabella retrocedió.

—¿Dos?

—Sí.

Mateo se apoyó contra la pared, como si aquellas palabras acabaran de quitarle las fuerzas.

—Eso contradice el registro —murmuró.

—El registro fue alterado —respondió Daniel—. Lyanna había descubierto que alguien estaba utilizando a los Guardianes para sacar niños de sus familias y ocultarlos bajo identidades falsas. Algunos eran herederos de linajes antiguos. Otros eran hijos de personas que se habían opuesto a Alistair.

—¿Y las dos niñas? —pregunté.

—Eran las últimas que quedaban bajo la protección directa de Lyanna. Ella sabía que, si Alistair las encontraba, intentaría utilizar sus marcas para abrir la cámara de los juramentos.

Miré a Isabella.

Ella parecía incapaz de apartar los ojos de Daniel.

—¿Quién me llevó a mi familia adoptiva? —preguntó con voz temblorosa.

Daniel apretó la mandíbula.

—Yo.

El silencio fue absoluto.

Isabella se quedó inmóvil.

—¿Tú?

—Te llevé a la casa de los Laurent antes del amanecer. Tu madre adoptiva había ayudado a los Guardianes en el pasado. Era una mujer de confianza y aceptó criarte sin conocer tu verdadero origen.

—¿Y por qué no me lo dijiste cuando empezaste a investigar mi familia? —preguntó ella.

—Porque alguien había comenzado a buscarte otra vez.

Isabella soltó una risa incrédula.

—¿Y pensaste que lo mejor era dejarme cerca de Alistair? ¿Permitir que me utilizara para humillar a Valeria y manipular a los herederos?

Daniel no intentó defenderse.

—Me equivoqué al creer que podía mantenerte a salvo sin contarte la verdad.

Por primera vez, vi en Isabella una expresión que no era rabia ni miedo.

Era dolor.

El dolor de comprender que su vida había sido decidida por alguien que afirmaba protegerla.

Lo conocía demasiado bien.

—¿Y quién era la persona que intercambió a las niñas? —pregunté.

Daniel miró el anillo negro que llevaba puesto.

—Eleanor Blackthorn.

Alexander se quedó rígido.

—¡Mi madre nunca habría hecho algo así!

—No intercambió a las niñas para perjudicarlas —respondió Daniel—. Lo hizo porque una de ellas estaba siendo buscada para ser asesinada. La otra debía desaparecer para que los hombres de Alistair creyeran que la profecía había perdido su segunda heredera.




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