La advertencia de Lyanna seguía resonando en mi cabeza.
No vayas a la ceremonia.
Pero mi madre no había cruzado diecisiete años de secretos, persecuciones y mentiras para que yo me escondiera justo cuando estaba a punto de descubrir la verdad.
El Consejo quería obligar a Daniel a elegir a una de las tres herederas como compañera y ejecutar a las otras dos. Una sentencia disfrazada de tradición. Una condena que pretendían imponer antes de que alguien pudiera cuestionar su autoridad.
Y ahora había algo más.
Gabriel Blackwood.
El cuarto heredero.
El hermano desaparecido de Daniel.
—Tenemos que hablar de lo que acabamos de descubrir —dije, apartando la mano de mi brazalete—. Si Gabriel es el cuarto heredero, ¿por qué Elena destruyó la página?
Mi padre adoptivo permanecía junto a la entrada del santuario. Su rostro había perdido el poco color que conservaba.
—Porque sabe lo que le hicieron a mi hermano.
—¿Qué le hicieron? —preguntó Adrian.
Daniel tardó en contestar.
—No lo sé. Yo tenía diez años cuando desapareció. Recuerdo que una noche vinieron varios hombres a nuestra casa. Dijeron que Gabriel debía acompañarlos para recibir entrenamiento como guardián. Mi padre se negó, pero ellos llevaban una orden del Consejo.
—¿Y lo dejasteis marchar? —preguntó Isabella.
—No tuvimos elección. Gabriel me prometió que regresaría antes de mi cumpleaños. —Daniel bajó la mirada—. Nunca volvió.
Elias, que había permanecido en silencio, apretó la mandíbula.
Aquella reacción no pasó inadvertida.
—Tú sabes algo —lo acusó Celeste.
El antiguo alfa levantó los ojos.
—Sé que la versión oficial fue falsa. Gabriel no fue enviado a entrenar. Fue trasladado a una instalación del Consejo donde estudiaban a los descendientes de las antiguas líneas de los Guardianes.
—¿Estudiaban? —repetí.
—Buscaban personas capaces de activar el archivo sin necesitar un sello externo. Gabriel tenía esa capacidad.
Miré mi brazalete. La piedra azul reflejó una tenue luz.
—Entonces, ¿por qué no me dijiste eso antes?
—Porque no sabía si seguía vivo —respondió Elias—. Y porque, si el Consejo descubría que alguien buscaba al cuarto heredero, borraría cualquier rastro que quedara de él.
Alexander se acercó a la mesa central, donde todavía descansaban los fragmentos del registro que Elena había dañado.
—El archivo ha pronunciado que el cuarto heredero despertó. Eso significa que Gabriel sigue vivo o que alguien ha heredado su vínculo.
—¿Y cómo distinguimos una cosa de la otra? —preguntó Andrew.
La respuesta llegó desde el libro.
Una vibración recorrió las paredes. Los símbolos grabados en la piedra comenzaron a encenderse, uno tras otro, hasta formar cuatro líneas alrededor del emblema de los Guardianes.
Tres brillaban con una luz plateada.
La cuarta permanecía oscura.
Entonces apareció una palabra sobre la superficie del registro.
BLACKWOOD.
Daniel retrocedió.
—Gabriel…
—No necesariamente —dije, aunque mi propia voz sonó menos segura de lo que deseaba—. El archivo reconoce una línea familiar, pero todavía no nos ha mostrado a la persona.
La palabra cambió.
LA SANGRE NO BASTA. EL HEREDERO DEBE RESPONDER.
—¿Responder a qué? —murmuró Amelie.
Una segunda frase apareció debajo.
QUE SE PRESENTE QUIEN FUE BORRADO.
El santuario quedó en silencio.
Después, desde algún lugar bajo nuestros pies, escuchamos tres golpes.
Pausa.
Otros tres.
Daniel palideció.
—Es la señal que Gabriel utilizaba cuando éramos niños.
Se dirigió inmediatamente hacia la pared del fondo, donde una estrecha grieta había aparecido entre dos bloques de piedra. Elias intentó detenerlo, pero Daniel ya estaba presionando los símbolos que rodeaban la abertura.
—Si esto es una trampa… —comenzó Alexander.
—Entonces será una trampa para todos —lo interrumpió Daniel—. No pienso volver a abandonar a mi hermano.
La pared se abrió.
Detrás había una escalera descendente, estrecha y húmeda, que conducía a una oscuridad casi absoluta.
Adrian encendió una lámpara portátil.
—Voy delante.
—No —dijo Valeria.
Todos me miraron.
—Si el archivo ha respondido a mi brazalete, yo debo acompañar a Daniel. Pero nadie bajará solo. Nos mantendremos juntos y, si encontramos una puerta cerrada, no la abriremos sin comprobar primero qué hay detrás.
Alexander asintió, aceptando la decisión sin discutirla.
Aquello, más que cualquier promesa, me hizo comprender que algo estaba cambiando entre nosotros. No significaba que hubiera olvidado sus errores. Significaba que, por primera vez, empezábamos a actuar como aliados en lugar de adversarios.
Descendimos.
El aire se volvió más frío con cada escalón. En las paredes había nombres grabados, algunos tachados con tanta fuerza que la piedra estaba rota.
Encontré el de Gabriel casi al final del corredor.
Debajo, alguien había escrito una fecha.
La misma noche en que desapareció.
Pero no estaba solo.
Junto a su nombre aparecían otros tres.
ELENA BLACKWOOD.
MATEO VALE.
ALISTAIR BLACKTHORN.
—¿Qué significa esto? —pregunté.
Mateo se quedó inmóvil.
—Yo nunca estuve aquí.
Elias observó las marcas.
—Puede que no fueran firmas de presencia. En los archivos antiguos, los nombres también se grababan para identificar a los responsables de una decisión.
Daniel se volvió hacia Mateo.
—¿Qué decisión?
Mi tío biológico no respondió de inmediato. Pasó los dedos sobre su propio nombre, como si intentara reconocer una escritura que llevaba años evitando.
—La extracción de un heredero —dijo finalmente—. Eso es lo que significa esta inscripción.