La alarma seguía resonando entre los árboles cuando Elias Blackthorn terminó de hablar.
—Vienen a borrar a todos los que puedan revelarla.
Valeria miró al anciano, intentando reconciliar aquel rostro con la imagen del hombre cuya muerte había marcado el comienzo de todas sus desgracias.
Elias estaba vivo.
Alistair había mentido sobre su muerte.
Y ahora el consejo acababa de ordenar su captura.
—Necesito que me expliques algo —dijo Valeria—. Si llevas tantos años vivo, ¿por qué no regresaste? ¿Por qué permitiste que Daniel fuera acusado de traición y que mi madre tuviera que esconderse?
Elias no apartó la mirada.
—Porque regresar sin pruebas habría provocado una guerra entre las familias que todavía obedecían a Alistair y las que permanecían leales a los Guardianes. Mi muerte fue una mentira necesaria.
—¿Necesaria para quién? —preguntó ella—. Porque quienes pagamos el precio fuimos nosotros.
El anciano inclinó la cabeza, aceptando el golpe de sus palabras.
—Tienes razón.
Alexander se acercó a ellos.
—No puedes aparecer después de veinte años y esperar que creamos todo lo que dices.
—No espero que me creas. Quiero que compruebes los registros por ti mismo.
Elias abrió la caja de madera y sacó una pequeña llave de plata. En el extremo tenía grabada una luna atravesada por cuatro líneas.
Celeste palideció.
—La llave de la cámara de sangre.
—La misma —confirmó Elias—. Y el último registro que Alistair no consiguió destruir está guardado allí.
Adrian extendió la mano, pero el anciano cerró los dedos alrededor de la llave.
—Antes de abrir esa cámara, necesito que entendáis algo. La identidad de uno de los tres hermanos fue alterada deliberadamente. No se trata de una simple sustitución en un documento. Alguien modificó su vínculo de sangre para que el archivo lo reconociera como heredero.
Andrew frunció el ceño.
—¿Estás diciendo que uno de nosotros no es hijo de Alistair?
—Estoy diciendo que los registros fueron manipulados. No voy a acusar a ninguno de vosotros sin pruebas.
Alexander miró a sus hermanos.
Durante toda su vida había considerado su posición como algo indiscutible. Era el mayor por unos minutos, el primero en recibir el anillo negro y el heredero que debía mantener unida a la manada.
Pero si el registro había sido alterado, ¿qué significaba realmente su derecho a gobernar?
—¿Y qué tiene que ver la tercera heredera con nosotros? —preguntó Adrian.
Elias miró a Valeria.
—Las tres niñas nacieron bajo la protección de un mismo juramento. Su sangre puede abrir el archivo, pero también revelar la alteración que se hizo en vuestra familia.
Valeria sintió que el brazalete se calentaba.
—Entonces encontraremos a la tercera niña.
—No será tan sencillo.
—No he dicho que vaya a serlo.
Por primera vez desde su llegada, Elias sonrió.
—Lyanna tenía razón al confiar en ti.
Valeria sintió una punzada al escuchar el nombre de su madre biológica. Cada nueva respuesta parecía abrir otra puerta, y detrás de cada una encontraba una mentira distinta.
—No quiero más profecías ni frases misteriosas —dijo—. Quiero nombres, fechas y pruebas. Si sabes algo sobre la tercera heredera, vas a contármelo todo.
—Lo haré. Pero no aquí.
Mateo señaló el sendero que conducía al refugio.
—Entonces será mejor que nos movamos. El consejo no tardará en enviar a sus cazadores.
El refugio de los Guardianes se encontraba bajo las ruinas de una antigua capilla, al norte del bosque.
Cuando llegaron, el cielo comenzaba a aclararse.
Daniel Blackwood los esperaba en la entrada, apoyado en un bastón. Su rostro seguía mostrando las huellas de su encarcelamiento, pero sus ojos se iluminaron al ver a Valeria.
—¡Mi niña!
Valeria corrió hacia él y lo abrazó con fuerza.
Durante unos segundos, todo lo demás desapareció.
No había alfas, archivos ni herederas. Solo estaba Daniel, el hombre que le había enseñado a montar a caballo, que la esperaba despierto cuando regresaba tarde y que había permanecido en prisión sin entregarla a sus enemigos.
—Pensé que no volvería a verte —murmuró ella.
—Yo nunca dejé de luchar para regresar contigo.
Valeria se apartó lo suficiente para mirarlo.
—Papá, necesito que me digas la verdad.
Daniel observó a Elias, que acababa de entrar en el refugio.
Su expresión cambió.
—Así que finalmente has decidido salir de tu tumba.
—Nunca estuve en ella —respondió Elias.
—Eso no significa que tu silencio no haya enterrado a otros.
La tensión entre ambos fue inmediata.
Alexander cerró la puerta y se volvió hacia ellos.
—Basta. Tenemos una orden de captura contra Valeria y una acusación de conspiración contra nosotros. Necesitamos saber qué está ocurriendo.
Daniel se sentó con dificultad.
—Entonces escuchad con atención. Hace diecisiete años, la noche en que nacieron Valeria y las otras niñas, alguien intentó borrar una parte de la línea de sangre de los Blackthorn. Yo ayudé a trasladar a una de las pequeñas para evitar que la encontraran.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿A cuál?
Daniel bajó la mirada.
—No puedo asegurarlo.
—¿Cómo que no puedes asegurarlo?
—Porque recibí a la niña de manos de una mujer que llevaba el rostro cubierto. Me entregó una medalla, un nombre y una carta. Me dijo que debía llevarla a una familia que pudiera protegerla. No vi su rostro y nunca supe quién era su madre biológica.
Elias intervino:
—¿Y qué hiciste con la niña?
Daniel apretó las manos sobre el bastón.
—La entregué a una familia que vivía lejos de la manada. Años después, cuando descubrí que los registros habían sido alterados, regresé para buscarla. Pero ya no estaba allí.
—¿Recuerdas el nombre de la familia? —preguntó Adrian.