La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 36: El nombre que le robaron al alfa

Capítulo 36: El nombre que le robaron al alfa

Alexander no volvió a hablar durante varios segundos.

El medallón descansaba en mi mano, frío y silencioso, como si nunca hubiera pronunciado aquellas palabras.

Mi hijo mayor ya ha descubierto que su nombre nunca fue Alexander.

Lo miré, intentando encontrar alguna señal de que aquello no había conseguido quebrarlo. Pero el hombre que siempre parecía tener una respuesta para todo estaba observando el medallón como si acabara de descubrir que su propia existencia era una mentira.

—Dime que has escuchado otra cosa —murmuró.

No era una orden.

Era una súplica.

—He escuchado lo mismo que tú.

Alexander cerró los ojos y soltó el aire lentamente.

—Toda mi vida he sido Alexander Blackthorn. El primogénito. El heredero que debía mantener el orden entre mis hermanos. El hijo al que Alistair preparó para gobernar.

—Eso no significa que todo lo que eres sea mentira.

Su mirada regresó a mí.

—¿Y si ni siquiera soy su hijo?

—Entonces seguirás siendo el hombre que tomó sus propias decisiones. Tu sangre puede explicar algunas cosas, Alexander, pero no puede absolverte de lo que hiciste ni convertirte en alguien distinto de la noche a la mañana.

Sus labios se tensaron.

Sabía que mis palabras le dolían, pero no iba a ofrecerle consuelo a costa de negar lo que había sucedido entre nosotros.

Él había participado en mi rechazo público. Había permitido que su autoridad pesara más que mi dignidad. Aunque ahora estuviera intentando reparar parte del daño, yo no podía borrar aquello porque acabáramos de descubrir un nuevo secreto.

—No te estoy pidiendo que me perdones —dijo—. Solo necesito saber quién soy.

—Entonces tendremos que descubrirlo.

Alexander guardó el medallón en el bolsillo interior de su chaqueta.

—No quiero que mis hermanos se enteren por otra persona.

—De acuerdo. Pero no puedes ocultárselo durante mucho tiempo. Si el archivo revela algo mañana, ellos también tendrán derecho a conocerlo.

Asintió con rigidez.

—Primero quiero hablar con Eleanor.

—¿Sabes dónde está?

—No. Pero si dejó ese mensaje dentro del anillo de mi padre, debió de prever que algún día lo encontraría.

Me aparté para dejarlo pasar.

Antes de marcharse, Alexander se detuvo en el umbral.

—Valeria.

Lo miré.

—Cuando todo esto termine, no espero que vuelvas a verme como antes.

—No puedo prometerte eso.

—Lo sé.

Por primera vez, no intentó obtener una respuesta distinta.

Se marchó.

Y yo me quedé contemplando el medallón, preguntándome cuántas personas tendrían que descubrir que sus vidas habían sido construidas sobre decisiones ajenas antes de que alguien se atreviera a detener aquella cadena.

Encontramos a Adrian y Andrew en la sala principal, junto a Daniel, Gabriel y Elias.

Isabella estaba examinando las copias de los registros con Celeste, mientras Elena y Lyanna discutían en voz baja cerca de la puerta.

Alexander entró sin quitarse el abrigo.

—Tenemos que hablar de algo.

Andrew levantó la vista.

—Por tu expresión, supongo que no has venido a anunciarnos que nuestro padre ha decidido convertirse en una persona decente.

—No. Aunque eso habría sido una sorpresa menos desagradable.

Adrian dejó los documentos sobre la mesa.

—¿Qué ocurrió?

Alexander sacó el medallón.

No necesitó explicar demasiado. Bastó con que reprodujera las palabras de Eleanor para que el ambiente cambiara.

Andrew se puso de pie.

—¿Qué significa que tu nombre nunca fue Alexander?

—Todavía no lo sé.

—¿Alistair te cambió el nombre? —preguntó Adrian—. ¿O Eleanor se refería a tu nombre de nacimiento?

—Esa es la cuestión.

Adrian tomó el medallón, pero no intentó abrirlo.

—Podría tratarse de una clave para acceder a otro registro.

—O de una advertencia —dijo Gabriel—. Los medallones de los Guardianes podían almacenar mensajes vinculados a la identidad de una persona. Si el mensaje de Eleanor se activó cuando Valeria lo tocó, es posible que el objeto estuviera esperando a alguien capaz de reconocer su sello.

—¿Y por qué se activó con ella? —preguntó Andrew.

Gabriel miró mi brazalete.

—Porque el archivo reconoce a Valeria como heredera. Eso no significa que el mensaje estuviera destinado exclusivamente a ella. Puede que fuera la única capaz de abrirlo.

Adrian observó a Alexander.

—Necesitamos comparar el medallón con el registro de nacimiento original.

—El problema es que el Consejo lo custodia —respondió Alexander—. Y mañana pretende abrirlo durante la ceremonia.

Daniel apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Entonces iremos a la fortaleza antes de que comience el ritual.

—Si entramos por la fuerza, les daremos un motivo para detenernos —advirtió Elias.

—¿Y si entramos por la puerta principal? —pregunté.

Todos se volvieron hacia mí.

—El Consejo espera que nos presentemos para la proclamación —continué—. Podemos aceptar la invitación, pero bajo nuestras propias condiciones. Daniel no aceptará el título sin conocer la sentencia completa. Las tres herederas compareceremos juntas. Y el archivo solo se abrirá delante de testigos.

Seraphina, que acababa de entrar, escuchó la última parte.

—El Consejo no aceptará esas condiciones.

—Entonces tendrá que rechazarlas públicamente —respondí—. Y todos sabrán que no busca justicia, sino obediencia.

Seraphina me observó durante unos segundos.

Después sonrió sin alegría.

—Empiezas a entender cómo se les derrota.

—¿Tienes un plan? —preguntó Adrian.

—Tengo una forma de entrar en la sala de sentencias antes de que lleguen los invitados.

—¿Y qué necesitas? —preguntó Alexander.

Seraphina miró a Gabriel.

—El cuarto heredero.

Gabriel nos condujo hasta un armario de piedra situado detrás de la sala principal. Dentro había varios objetos cubiertos con telas: anillos antiguos, placas de identificación y pequeñas cajas selladas.




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