La Omega que los Tres Alfas Rechazaron

Capítulo 23: La niña que debía morir

Capítulo 23: La niña que debía morir

—Valeria, tú no eras la niña que debió sobrevivir aquella noche.

Las palabras de Mara quedaron suspendidas en el corredor.

Durante unos segundos, nadie se movió.

Yo sentía el brazalete ardiendo contra mi muñeca, como si hubiera reconocido algo en la mujer que acababa de pronunciar aquella sentencia. Mateo parecía incapaz de respirar. Eleanor, todavía atada a la silla, miraba a Mara con una mezcla de dolor y furia.

Y Alistair…

Alistair sonreía.

Aquella sonrisa fue lo que más miedo me dio.

—Explícate —exigí.

Mara sostuvo mi mirada. La cicatriz de su mano izquierda parecía más blanca bajo la luz de las lámparas.

—Hace diecisiete años, la noche en que naciste, los Guardianes recibieron una profecía. Anunciaba el nacimiento de una niña capaz de abrir el archivo original y revelar todos los secretos que habían sido enterrados bajo el poder de los alfas.

—¿Esa niña era yo?

—Sí. Pero la profecía no hablaba de una sola niña.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Mara miró a Eleanor antes de continuar.

—Aquella noche nacieron dos niñas. Una era hija de Lyanna Vale. La otra pertenecía a una familia que había jurado proteger el linaje de los Guardianes. Ambas llevaban una marca que podía activar el archivo. Pero solo una sobrevivió al ataque.

Mi mente intentó ordenar las palabras.

Dos niñas.

Una de ellas era yo.

—¿Qué le ocurrió a la otra? —pregunté.

Mara apretó los labios.

—Desapareció durante el incendio de la antigua residencia de los Guardianes.

—¿Murió?

—Nunca encontramos su cuerpo.

Un silencio incómodo llenó la habitación.

Entonces Eleanor tiró de las ataduras que sujetaban sus muñecas.

—Mara, no puedes contarle la historia de esa manera. No después de todo lo que hiciste.

—¿Y qué prefieres? ¿Que siga creyendo que su nacimiento fue un accidente y que todos los que intentaron protegerla lo hicieron por bondad?

—¡Basta! —intervine.

Las dos mujeres se callaron.

Había pasado demasiado tiempo escuchando fragmentos de conversaciones, grabaciones incompletas y confesiones que abrían tres preguntas nuevas por cada respuesta. No permitiría que volvieran a utilizar mi origen como una excusa para decidir qué debía saber.

Me acerqué a Mara.

—Quiero los hechos. ¿Qué ocurrió la noche en que nací?

Ella respiró profundamente.

—Lyanna llegó a la residencia de los Guardianes poco antes de la medianoche. Estaba herida y llevaba una niña en brazos. Tú. Dijo que Alistair había descubierto que podía abrir el archivo y que sus hombres la perseguían.

—¿Por qué la perseguía?

—Porque Lyanna había encontrado pruebas de que él estaba preparando una purga dentro de la manada. Quería eliminar a los Guardianes que pudieran desafiar su autoridad y controlar la sucesión de los Blackthorn.

Alistair soltó una carcajada breve.

—Siempre fuiste buena contando historias, Mara. Olvidas mencionar que Lyanna había robado documentos y que estaba dispuesta a destruir a cualquiera que se interpusiera en su camino.

—Los documentos demostraban tus crímenes —replicó ella—. Por eso ordenaste que la silenciaran.

—Yo no ordené que muriera.

—No necesitabas hacerlo directamente. Bastó con que entregaras la ruta de escape a tus hombres.

Miré a Mara.

—¿Tú les diste esa ruta?

La mujer bajó la cabeza.

—Sí.

La respuesta me golpeó con más fuerza de la que esperaba.

—Sabías que la perseguían y aun así les dijiste por dónde podía escapar.

—Pensé que podría negociar con Alistair. Creí que, si le entregaba el acceso al archivo, dejaría marchar a Lyanna y a la niña.

—¿Y no lo hizo?

—No. Cuando comprendí que pretendía utilizarte para abrir el archivo y después eliminar a todos los que conocían tu existencia, ya era demasiado tarde. Ayudé a Lyanna a escapar por un segundo túnel. Eleanor se encargó de que te llevaran a un lugar seguro.

Eleanor levantó el rostro.

—Daniel y yo te recibimos esa misma noche —dijo—. Lyanna nos pidió que te criáramos como nuestra hija. No quería que crecieras bajo la sombra de una profecía ni que los alfas te consideraran una herramienta para conservar el poder.

—¿Y la otra niña? —pregunté—. ¿Qué tiene que ver conmigo?

Eleanor miró a Mara.

Esta vez fue Mara quien respondió.

—La otra niña no estaba en la residencia cuando comenzó el incendio. Alguien la sacó antes de que llegaran los hombres de Alistair. Cuando regresamos, encontramos una cuna vacía y una manta manchada de sangre.

—¿Quién la sacó?

—No lo sé.

—¿Y por qué dijiste que yo no debía sobrevivir?

Mara tardó en contestar.

—Porque, según la profecía, la niña que abriera el archivo tendría que elegir entre revelar la verdad y preservar la vida de quienes amaba. Los Guardianes interpretaron esas palabras como una sentencia. Creyeron que una de las dos niñas debía morir para evitar que la profecía se cumpliera.

Sentí náuseas.

—¿Intentaron matarme?

—Algunos sí. Otros intentaron impedirlo. La orden original fue escrita por un miembro del consejo cuyo nombre desapareció de los registros.

Miré a Alistair.

—¿Fuiste tú?

Su sonrisa se desvaneció.

—Yo era el único que entendía lo que ocurriría si el archivo se abría. Tu madre quería exponer secretos que podían provocar una guerra entre manadas. Intenté detenerla.

—¿Ordenando que mataran a una recién nacida?

—Intenté proteger a mis hijos y a mi pueblo.

—No vuelvas a llamar protección a lo que hiciste.

Mi voz resonó en el corredor.

Por primera vez, Alistair no respondió de inmediato.

Alexander se adelantó y se colocó entre su padre y yo.

—¿Qué sabías sobre el nacimiento de Valeria?

Alistair lo observó con una frialdad que no había mostrado ni siquiera cuando sus tres hijos lo habían desafiado.




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