Gran final
La noche parecía no tener fin.
Las flechas seguían atravesando la oscuridad y los gritos de los guardianes se mezclaban con el estruendo de los árboles al quebrarse. Valeria permanecía junto a Lysandra, protegiendo el libro de los nombres contra su pecho, mientras Alexander, Adrian y Andrew defendían el camino hacia los caballos.
—¡Por aquí! —gritó Daniel, señalando una senda estrecha entre las rocas.
Eryon ayudó a Elena a subir al caballo de repuesto. Gabriel y Lucien se encargaron de los documentos, mientras Aurelian permanecía atrás, enfrentándose a los hombres que intentaban cerrarles el paso.
Valeria miró hacia él.
—¡Ven con nosotros!
Aurelian derribó a uno de los atacantes y retrocedió hasta quedar junto a la senda.
—¡No pienso morir aquí! —respondió—. Pero si queréis conocer la verdad, tendréis que dejarme hablar antes de condenarme.
—¡Entonces deja de actuar como si tuvieras que cargar con todo tú solo!
Por primera vez, el anciano pareció sorprendido.
Valeria le tendió la mano.
Aurelian la aceptó.
Juntos escaparon del bosque mientras los guardianes independientes contenían el ataque. No habían ganado la batalla, pero habían conservado lo único que sus enemigos querían destruir: el registro original.
Y, por primera vez, Valeria sabía qué debía hacer con él.
No utilizarlo para reclamar poder.
Utilizarlo para devolver la verdad a quienes habían vivido bajo una mentira.
I. La madre que nunca dejó de buscarSe refugiaron en una casa de piedra, abandonada desde la caída de la quinta línea.
Aurelian se sentó junto a la chimenea, mientras Lucien permanecía frente a él. Los dos hermanos se miraron durante varios minutos sin hablar.
Habían pasado siglos separados por una decisión que ninguno había conseguido olvidar.
Finalmente, Lucien rompió el silencio.
—Me encerraste detrás de aquella puerta.
Aurelian bajó la cabeza.
—Sí.
—Me hiciste creer que mi propia familia me consideraba un traidor.
—Lo sé.
—¿Por qué?
Aurelian respiró profundamente.
—Porque el Consejo había decidido ejecutarte. Yo participé en tu juicio, pero cuando comprendí que no podía detener la sentencia, te encerré en la cámara. Pensé que, si te mantenía fuera de su alcance, podría encontrar una forma de liberarte.
Lucien soltó una risa amarga.
—Y durante siglos me dejaste solo.
—Sí. Convertí mi miedo en una prisión para ti. Me convencí de que mantenerte vivo era suficiente, aunque para hacerlo tuviera que quitarte la libertad.
Lucien apartó la mirada.
—No puedo perdonarte esta noche.
—No te lo pediré.
Aurelian se levantó lentamente.
—Solo quiero que sepas que nunca dejé de buscar una forma de reparar lo que hice.
Lucien no respondió. Sin embargo, tampoco le pidió que se marchara.
Era poco.
Pero después de tantos años, era un comienzo.
Valeria se sentó frente a Aurelian.
—Ahora háblame de Lyanna.
El anciano sacó de su ropa una pequeña carta, protegida dentro de una funda de cuero.
—Lyanna descubrió que el Consejo planeaba utilizar a sus hijas para legitimar su autoridad sobre la quinta línea. Cuando supo que ambas estaban en peligro, pidió ayuda a varios custodios. Algunos la traicionaron. Otros intentaron protegerla, pero ya no sabían en quién confiar.
—¿Ella firmó la orden de separación? —preguntó Lysandra.
Aurelian negó con la cabeza.
—No. Su firma fue copiada. La orden original autorizaba el traslado de las dos niñas a un refugio protegido. Alguien añadió después la instrucción de separarlas y borrar sus nombres.
—¿Quién? —preguntó Gabriel.
—Octavian supervisó las modificaciones posteriores, pero la primera alteración se realizó antes de que el documento llegara a sus manos. Elias recibió la orden, Mara la transportó y Silas aceptó ocultar a Lysandra. Cada uno conocía una parte de la operación. Ninguno conocía toda la verdad.
Valeria recordó las confesiones de todos ellos.
No significaba que fueran inocentes.
Significaba que la conspiración había sobrevivido porque cada persona había aceptado una parte de la mentira, convencida de que así evitaría un daño mayor.
—¿Y Lyanna? —insistió Valeria—. ¿Dónde está?
Aurelian extendió la carta.
—En el valle de las primeras casas. Lleva años escondida allí, esperando que sus hijas pudieran reunirse sin que el Consejo las utilizara para iniciar otra guerra.
Lysandra tomó la carta con manos temblorosas.
La letra era delicada y antigua.
«Mis niñas: si algún día leéis estas palabras, quiero que sepáis que nunca elegí a una por encima de la otra. No os separé porque creyera que una merecía vivir más que la otra. Os separaron porque quienes gobernaban temían que juntas pudierais demostrar que ningún linaje tiene derecho a poseer a sus descendientes.
Si alguna vez os encontráis, no os sacrifiquéis una por la otra. No convirtáis vuestro amor en otra obligación. Quiero que viváis. Quiero que discutáis, que os equivoquéis, que os enamoréis si así lo deseáis y que podáis cambiar de opinión sin que nadie os llame traidoras.
No nacisteis para salvar el mundo. Nacisteis para tener una vida propia».
Lysandra se llevó la carta al pecho.
Valeria sintió que las lágrimas le llenaban los ojos.
Había pasado demasiado tiempo creyendo que su nacimiento llevaba consigo una condena. Que debía descubrir quién era para justificar su existencia. Que su sangre le imponía una responsabilidad que nadie más podía comprender.
Pero su madre había escrito algo diferente.
No tenían que salvar el mundo.
Tenían derecho a vivir en él.
—Quiero verla —dijo Lysandra.
Valeria le tomó la mano.
—Vamos juntas.
El valle estaba cubierto por una niebla ligera cuando llegaron.
La casa se encontraba al final de un sendero rodeado de árboles. No había guardias ni símbolos de poder en la entrada. Solo una puerta de madera, flores silvestres y una ventana iluminada.