El invernadero quedó en silencio.
El alfa Blackthorn no apartaba la mirada de mí. Alexander permanecía a su lado, rígido, con el anillo negro brillando en su mano derecha.
Yo apreté la copia del registro contra mi pecho.
No podía permitir que me la quitaran.
—Entrégame el documento, Valeria —ordenó el alfa.
—Primero quiero respuestas.
Una sombra de incredulidad cruzó su rostro.
—¿Crees que estás en posición de exigirme algo?
—No. Creo que usted tiene miedo de lo que pueda encontrar.
Alexander giró ligeramente la cabeza hacia mí.
—Valeria, basta.
—¿Por qué? ¿También vas a decirme que no entiendo nada? ¿Que debería volver a mi habitación y aceptar que mi padre se pudra en una celda mientras todos ustedes esconden la verdad?
—¡Tu padre fue acusado de traición! —espetó el alfa—. Y no permitiré que una omega cuestione las decisiones del consejo.
Sentí el golpe de sus palabras, pero no bajé la mirada.
—Entonces demuestre que es culpable.
Por primera vez, el alfa no respondió inmediatamente.
Aproveché aquel silencio.
—El registro dice que mi padre seguía en la mansión después de la hora en que supuestamente se había marchado. Alguien autorizó su acceso al despacho. Y alguien ordenó a los guardias que lo arrestaran.
—Estás interpretando documentos que no comprendes.
—Tal vez. Pero usted parece comprenderlos demasiado bien.
El alfa avanzó hacia mí.
Instintivamente retrocedí, aunque mantuve el documento en la mano.
—Dámelo.
—No.
Su expresión cambió.
—¿Qué has dicho?
—Que no.
No sabía de dónde había salido aquella valentía. Tal vez estaba cansada de tener miedo. Tal vez había perdido tantas cosas que ya no podía soportar que me quitaran también la oportunidad de conocer la verdad.
El alfa extendió la mano.
—Alexander, quítaselo.
Mi antiguo amigo permaneció inmóvil.
—He dado una orden —insistió su padre.
Alexander miró la copia y después me miró a mí.
—No puedes quitársela sin explicar por qué te preocupa tanto.
El alfa se volvió hacia él lentamente.
—Ten cuidado, hijo.
—Solo estoy haciendo una pregunta.
—Y yo te estoy advirtiendo.
El aire entre ambos se volvió insoportable.
Nunca había visto a Alexander enfrentarse a su padre de aquella manera. Desde pequeño había sido educado para heredar el poder de la manada, y siempre había obedecido las reglas de su familia.
Hasta ese momento.
El alfa volvió a extender la mano.
—El documento.
Esta vez, Alexander se interpuso.
—Yo se lo entregaré al consejo mañana. Allí se decidirá qué hacer con él.
Era una mentira evidente.
Pero también era la primera vez que Alexander me ayudaba sin pedirme nada a cambio.
El alfa lo estudió durante unos segundos.
—Mañana —repitió—. Y si descubro que me has engañado, no habrá nada que pueda salvarte de las consecuencias.
Se volvió hacia la puerta.
Antes de salir, me lanzó una última mirada.
—Tu padre también creyó que podía desafiarme.
La puerta se cerró.
Me quedé inmóvil, sintiendo que las piernas apenas podían sostenerme.
Alexander no habló hasta que estuvo seguro de que su padre se había marchado.
—Dame el documento.
Me aparté inmediatamente.
—Acabas de defenderme y ya quieres quitármelo.
—No quiero quitártelo. Quiero comprobar algo.
—¿Qué cosa?
Alexander miró hacia la puerta.
—Las órdenes de arresto llevan dos firmas. La del alfa y la del secretario del consejo. Pero en el expediente de tu padre solo aparece una.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
—No lo sé. Y eso es precisamente lo que me preocupa.
—¿Tu padre firmó la orden?
Alexander apretó la mandíbula.
—No puedo responderte sin comprobarlo.
—Siempre tienes una excusa.
—Y tú siempre crees que una respuesta puede arreglarlo todo.
Lo miré con amargura.
—No. Creo que la verdad puede demostrar que mi padre no es un traidor.
Por un instante, su expresión se suavizó.
—Si tienes razón, Valeria, nada volverá a ser igual.
—Mi vida ya no es la misma desde aquella noche.
Guardé la copia dentro de mi uniforme.
—No voy a entregarte nada hasta saber en quién puedo confiar.
Alexander no intentó detenerme.
Pero cuando llegué a la puerta, habló de nuevo.
—La persona que buscas podría estar más cerca de ti de lo que imaginas.
Me volví.
—¿Qué significa eso?
Alexander bajó la mirada hacia su anillo negro.
—Significa que no todos los que llevan el símbolo conocen su verdadero significado.
No añadió nada más.
Y yo me marché con una pregunta nueva persiguiéndome por los corredores.
¿Alexander estaba intentando advertirme de su padre?
¿O estaba preparando otra mentira?
Me encerré en mi habitación y saqué la copia que Adrian me había entregado.
La extendí sobre la cama.
A simple vista, parecía una lista ordinaria de guardias y horarios. Sin embargo, recordé que Adrian había conservado aquel papel entre documentos que su padre ordenó destruir.
¿Por qué arriesgarse a guardarlo si no contenía algo importante?
Examiné cada línea.
Los nombres de los guardias estaban escritos con tinta negra. Las horas, con tinta azul. Al final de la página había una anotación que ya había leído varias veces:
Orden especial recibida directamente del despacho del alfa.
Debajo aparecía una marca tenue, casi invisible.
Acerqué el papel a la lámpara.
Parecía una línea trazada con lápiz y después borrada.
Busqué una hoja limpia y coloqué ambas sobre la mesa. No quería dañar la prueba, así que evité utilizar fuego o líquidos. En cambio, incliné el documento para que la luz incidiera desde un costado.
Poco a poco, las marcas del papel comenzaron a distinguirse.