Capítulo 5.5 ¿No es un rinoceronte?
– ¡Aló, Zinochka, hola! –comenzó la conversación la madre de Sasha–. Tengo unas noticias fresquísimas. ¿Qué, estás durmiendo? No pasa nada, ahora se te pasa el sueño de golpe. Mi Sasha se va a casar. Sí. Se casará. Con un empresario. Ajá, ¡pues claro que sí! Y habrá pedida de mano oficial. Pasado mañana vamos a un restaurante. Venga, ya te contaré los detalles mañana –dejó intrigada a la comadre Alla y colgó de inmediato.
– Que no pegue ojo en toda la noche –se alegraba la mujer–. ¡Ah, tengo que alegrar también a Elena! Que ella tampoco duerma.
– Llámala ya por la mañana –intentó disuadir a su mujer Nikolái.
– ¡Pero qué dices! ¿Acaso no tengo derecho a compartir mi alegría? –respondió la mujer y marcó otro número.
Para cuando amaneció, casi todos los conocidos ya sabían que Sasha estaba pedida con un gran empresario que hacía negocios con extranjeros, tenía un apartamento de lujo, una casita junto al mar y una villa en algún sitio de clima cálido. Y que llevaba a su Sasha en volandas y le hacía regalos carísimos.
Solo alrayar el alba se durmió la mujer, con un triunfo interior rotundo por haberle contado a todo el mundo sobre el mejor yerno de la ciudad. ¡Que mueran de envidia!
A Nikolái Serguéievich lo despertó por la mañana el sonido de que el móvil de su mujer se había quedado sin batería. ¡Pues claro que se había quedado sin batería! El hombre se levantó en silencio, encontró el cargador, enchufó el teléfono, arropó mejor a su esposa y se fue a la cocina.
– ¿Y qué haces durmiendo en la cocina en vez de en tu cuarto? –le preguntó el padre a Alekséy al verle en la cama plegable.
– ¡Buenos días! Me ha entrado sed de libertad, independencia y tranquilidad –respondió Alekséy.
– Mira tú por dónde, ganas de libertad. ¿Eso es un hint de que por fin le vas a pedir matrimonio a Olya y te mudarás a su piso? –se oyó la voz de Alla Stepánovna, que se había despertado al acordarse de que todavía no había hecho feliz con la noticia a la tutora de Sasha. ¡Había que compartir la alegría también con ella!
– A Sasha se le permite todo, pero a mí... –empezó a quejarse Alekséy.
– No le eches la culpa a tu hermana –cortó en seco la madre de inmediato.
La mañana había empezado con mucha actividad no solo en el piso de los Sribny. Sasha había estado dando vueltas en la cama un buen rato, pero al final se había quedado dormida. Había soñado con su boda con el rinoceronte. Oye, pues al final no era tan mal partido. Lo mires por donde lo mires, el día anterior la había sacado de un apuro tremendo. Tenía que agradecerle de algún modo lo que había hecho por ella.
Sasha se levantó de la cama, se vistió y se fue a la cocina. Por costumbre, se puso los auriculares, encendió su música coreana favorita y se puso a freír tortitas. Al principio había pensado en hacer un tarta, pero no encontró ningún molde, así que preparó masa para tortitas al ver que una sartén sí que había.
Vlad se despertó con unos ruidos extraños. El hombre estaba acostumbrado a vivir solo y llevaba una vida muy ordenada. Hasta el despertador sonaba con horario programado, sin ruidos ajenos, pero aquello era otra cosa. El hombre prestó atención y sonrió. ¡Sasha! Había irrumpido en su vida como un auténtico huracán, sembrando el caos, fuegos artificiales y malentendidos a su alrededor, pero le encantaba porque se sentía vivo y necesario.
Vlad se levantó, se vistió y fue a la cocina. Ya de camino le llegó un aroma a vainillina. ¿De dónde lo habría sacado? El hombre caminaba en silencio, de puntillas, hacia la cocina para ver qué estaba tramando allí su invitada. Tampoco hacía falta que fuera de puntillas. Con los auriculares puestos, Sasha no oía nada, tarareaba las canciones del grupo y hasta se ponía a bailar. Vlad se quedó embelesado observándola durante unos minutos. Digan lo que digan, había tenido una suerte inmensa de que, en vez de cualquier tío raro, apareciera precisamente ella al servicio de asistencia.
Sasha tarareaba en coreano y le daba la vuelta a una tortita mientras Vlad disfrutaba de aquella nueva estampa en su hogar. Aquella chica-caos se había integrado de forma de lo más natural en su vida tan cuadriculada y planificada. Se descubrió pensando que no le importaría en absoluto ver aquella misma escena todas las mañanas: una chica despampanante en pijama corto bailando, tarareando algo y preparándole el desayuno. No se sabe cuánto tiempo más se habría quedado embobado mirando a la chica si Sasha, siguiendo el compás de la música, no hubiera girado la cabeza de golpe para encontrarse de cara con el dueño del piso. Abrió los ojos de par en par, se quitó los auriculares y miró a Vlad con reproche.
– ¿Y se puede saber cuánto tiempo llevas espiándome? –en vez de un «Buenos días», le soltó Sasha.
– Lo justo para morirme de hambre –respondió Vlad–. ¿Qué canción era esa que ibas tarareando?
– ¿A que te ha gustado? –preguntó Sasha desconfiada.
– No sé. Me ha gustado tu voz, pero no he entendido ni una palabra. ¿Me la traduces? –dijo Vlad sentándose a la mesa.
No se imaginaba ni por asomo los puntos que acababa de ganar a los ojos de la chica al interesarse por lo que tanto le apasionaba a ella.
Y pensándolo bien, ¿a que no era un rinoceronte tan de piel dura?