Capítulo 14.3. ¿Y el anillo?
A Sasha se le caía la cara de vergüenza ante las palabras de Vlad. Su declaración rezumaba tanta sinceridad...
Vlad armándose de valor, cogió su copa. Confiaba en que, tras declararse y proponerle brindar con el cava, Sasha se toparía con la sortija en el fondo para que él pudiera ponérsela en su delicado dedo. ¡Y un cuerno! ¡Tratándose de Sasha, ni en sueños!
— Sasha, eres lo más importante que tengo en la vida. No concepción mi existencia sin ti. Quiero estar a tu lado para siempre, en lo bueno y en lo malo —pronunció Vlad.
— Hombre, en lo malo mejor no, con lo bueno ya nos apañamos —no pudo evitar soltar Sasha.
— Quiero que sepas que me has transformado por completo. Has despertado en mí lo mejor y lo más luminoso. Estar a tu lado me empuja a sonreír, a cantar, a comerme el mundo. Eres como una pila que me carga de energía —le salió del alma a Vlad.
— Jamás nadie me había comparado con una pila, pero reconozco que tiene su punto —cedió Sasha.
— Te amo, Sasha, y te pido que te cases conmigo —soltó por fin la gran pregunta.
— ¿Me lo pides con mucha insistencia? —entrecerró los ojos con picardía Sasha.
— Un puñao y más —respondió Vlad—. Te sugiero que brindemos con el cava. Pero bebe con cuidadito.
— ¿Por qué? —inquirió ella. ¿Acaso iba a delatarse solo?
— Bueno, está muy fresquito. Me da miedo que te coja la garganta —improvisó Vlad sobre la marcha.
— Ajá —tarareó Sasha, fundiéndose el contenido entero de la copa bajo la atenta y vigilante mirada de Vlad.
— Ay, madre... —se quedó con la boca abierta el hombre, devanándose los sesos preguntándose dónde demonios habría ido a parar la sortija. ¿Se la habría tragado Sasha de un trago con el espumoso? ¿Y ahora qué demonios hacía? En su cabeza ya desfilaban secuencias de Sasha pasando por rayos X con el brillante reluciendo en la placa. ¡A ver quién era el lumbreras al que se le había ocurrido popularizar semejante estupidez en las películas! ¡Y él que se lo había tragado con patatas!
— ¿Se puede saber qué te pasa? —preguntó Sasha haciendo un esfuerzo titánico por no reventar de risa ante el poema de cara que traía Vlad.
— ¿Yo?
— A ver, ¿ves a otro por aquí cerca?
— Sasha, por favor, intenta no alterarte ni entrar en pánico —empezó a suplicar Vlad. Tenía que confesarle de algún modo que, por su culpa, se había tragado la joya. ¿O acaso debía esperar a que saliera por el cauce natural? ¿Y si la piedra le rebanaba el esófago? ¡Ya le habían advertido que comprara un anillo lisito sin pedrusco!
— ¿A qué viene tanto misterio? —intentó hacerse la desentendida la chica.
— Verás, yo pretendía que todo fuera idílico y romántico...
— Si es que ha sido precioso, te lo juro. El violín y las rosas son una pasada —le alabó el gusto Sasha.
— Pero es que había algo más...
— ¿El qué?
— Vi algo parecido en una película y quería que saliera de cuento, pero te lo has bebido...
— Hombre, pues si me sirves cava, digo yo que será para beberlo, ¿no? —apenas podía contenerse Sasha.
— El problema es que ahí dentro había un objeto contundente que puede seccionar tu tracto digestivo...
— ¿Veneno? ¡Serás cabrón! ¡Me juras amor eterno, me llamas pila y luego me echas raticida a la copa! —interpretaba Sasha el papel de su vida con matrícula de honor.
— ¡Qué veneno ni qué leches! No era veneno, era el anillo. Me aterra que te destroze las entrañas...
— Ay, madre, creo que me empieza a dar un cólico —se llevó las manos al vientre Sasha, doblándose.
— ¡Tenemos que volar a urgencias! Espera, Sasha, llamo a una ambulancia ya mismo —exclamó Vlad pálido como el papel y muerto de terror—. ¡Todo por culpa del maldito anillo, maldita sea la hora!
— ¿Te refieres a este? —le interrumpió Sasha, alzando la mano ante sus narices para mostrarle la sortija reluciendo en su dedo—. A mí la verdad es que me chifla...
— ¡Sasha! Pero... ¿cómo? ¿En qué momento lo has hecho? —parpadeó Vlad estupefacto.
— Cuando fuiste a rescatar al camarero torpe.
— ¡Eres única en tu especie! ¿Cómo no voy a adorarte? —le preguntó Vlad con una sonrisa de oreja a oreja antes de estrecharla fuertemente contra su pecho.
— Es imposible. No tienes escapatoria —sonrió la chica rindiéndose a la evidencia.
— ¿Entonces das el sí quiero?
— Si no pensara darlo, no te estaría amargando la existencia —bromeó Sasha—. Aunque reconozco que tienes aguante, ya vas teniendo el caparazón curtido.
— Sasha, estás hecha una cabra loca.
— ¡Mira quién fue a hablar, pedazo de rinoceronte! —le devolvió el dardo Sasha sin cortarse un pelo.