Mujer de alquiler

Capítulo 6.5. Espantando a los clientes potenciales

Capítulo 6.5. Espantando a los clientes potenciales

– ¡Y a ver a quién se le planta semejante maromo! –exclamó una mujer a voz en grito, cortándole el paso a Vlad.
– Buenas tardes, encantadoras damas. ¿Podrían decirme en qué portal vive Alejandra Sribna? –preguntó Vlad con suma cortesía, midiendo muy bien a qué clase de público se enfrentaba.
– ¡Madre mía, qué hombre tan galante! ¡Se nota a la legua que no es de nuestro barrio! –palmeó una de las vecinas más veteranas, a la que le picaba la curiosidad tanto como a las demás.
– A ver, ¿que eres el de nuestra Sasha, la del quince?
– ¿Así que eres su prometido? –empezaron a lloverle preguntas desde todos los flancos.
– ¿El que vende pastillas para la pretensión... uy, no, para la pensión?
– ¡Qué dices tú de pensiones! Para... para la provincia. ¡No, cáspitas! Es que con esos nombres tan raros que le ponen a los medicamentos, es imposible acordarse de uno. Oye, Petróvna, ¿cómo se llamaba aquello? ¿Presidencias o qué?
– Qué va, era otra palabra.
– Bueno, da igual. ¡Tú eres el novio de Sasha, el de las medicinas para hombres! ¿Para que les funcione bien el motor, no? –le interrogaba la mujer, mientras a Vlad se le iban los ojos a la coronilla. ¿Qué demonios les habrían contado Sasha y su madre para que le salieran con lo del «motor»?
– ¡Para la potencia! –acertó a recordar por fin una de las vecinas.
– ¡Eso! –celebraron las mujeres por todo lo alto, ¡menos mal que les había venido a la cabeza, maldito alzhéimer!
– Sí, soy el novio de Sasha. La quiero y tenemos pensado casarnos –zanjó Vlad con lo único de lo que estaba seguro, no fuera a meter la pata hasta el fondo.
– Qué suerte ha tenido. Y mira qué guapo es. ¡Y esos ramos! Deben de costar una pasta, ¿no?
– Oye, ¿y por qué trae dos ramos? –se extrañó una de las jubiladas.
– Pues porque uno es para Sasha y el otro para Alla Stepánovna –le sacó de dudas Vlad.
– Vaya, vaya... ¡Y encima no es un tacaño!
– Oiga, ¿y esas pastillas para la impotencia se le pueden dar a los gatos? Tengo un minino, Barsik, que es más viejo que la corneta pero un bicho precioso, ¡casi ná! Y ando pensando cómo apañármelas para que tenga descendencia. Con lo que le gusta ya el mes de marzo... ni caso a los asuntos de faldas. Pero a mí me hace ilusión tener gatitos. Si le doy de esas pastillas, ¿se pondrá hecho un toro? –inquirió la vecina con todo el morro.
– Lo dudo mucho –respondió Vlad con aplomo–. Los medicamentos formulados para humanos no sirven, o directamente pueden resultar tóxicos para los animales. Si su gato ya tiene una edad, lo más probable es que se eche a perder su salud –advirtió Vlad muy serio–. Disculpen, damas, pero me están esperando.
– ¡Pues sí que es un buen hombre! –comentó la dueña de Barsik–. Hasta nos ha aconsejado sobre los medicamentos y viene con flores. ¡Qué potra ha tenido Sasha!
– ¡Y que lo digas! –escuchaba Vlad los comentarios a sus espaldas mientras se alejaba.
Vlad dio con el piso quince y pulsó el timbre. Abrió la puerta Nikolái Serguéievich.
– ¡Buenas! ¡Vaya, ya ha llegado Vladislav! ¡Sasha, que es para ti! –gritó el hombre.
– Buenas noches –saludó Vlad, estrechándole la mano al padre de Sasha y entregándole el coñac.
– ¡Madre del amor hermoso! ¡Nikolái, no vayas enseñando tus calzoncillos al invitado! ¡Ponte al menos una camisa! –le regañaba su mujer desde el fondo–. ¡Ah, buenas noches! –dijo volviéndose hacia Vlad, a quien le arrebató de las manos el gran ramo de rosas que en principio iba destinado a Sasha. Vlad prefirió no soltar prenda sobre para quién era en realidad.
– ¡Qué preciosidad! Mucho mil gracias –sonrió de oreja a oreja la señora–. A ver, ¿dónde están los floreros? ¿Dónde los pongo? Hay que colocarlos bien visibles en la ventana para que todo el barrio vea los ramos que me ha regalado mi yerno.
– Bueno, todavía no soy su yerno –asomó la cabeza Sasha por el pasillo.

– Hola, esto es para ti –le dijo Vlad a la chica, tendiéndole el otro ramo.
– No entiendo cómo puede haber alguien que odie las rosas rojas –mascullaba la madre para sus adentros mientras distribuía las flores por los jarrones.
– Las margaritas son mejores –replicó Sasha–. Oye, ¿y cómo sabías que no me van las rosas? –le preguntó bajito a Vlad mientras su madre iba a colocar el florero en el alféizar.
– Porque tú te montas tus propias normas para todo –se metió en la conversación la madre, que revoloteaba por la casa con una alegría desbordante. Faltaría más: todos los que aún no hubieran visto a Vlad con los ramos iban a hartarse de ver las rosas desde la calle. Ya se encargaría de encender la luz por la noche para que las vecinas cotillas no perdieran detalle del numerito. ¡Que se enteren bien de qué clase de partidazo se ha echado su hija!
– ¿Cómo te las apañaste para cruzar el cordón policial del portal? –le preguntó Sasha.
– Con semejantes ramos en la mano, me abrieron paso al instante –contestó la madre.
– Me han preguntado por las pastillas para la potencia. Sasha, ¿hay algo que se me escape? –inquirió Vlad con sorna.
– Verás... les solté que tu empresa se dedicaba a fabricar productos masculinos porque, si no, ni tú ni yo habríamos conseguido poner un pie en la calle –confesó Sasha.
– Y yo dándole vueltas a lo de las dichosas pastillas –ató cabos Vlad al fin.
– ¡Hola! –salieron de la habitación Alekséy junto con sus hermanos–. ¿También te han interrogado sobre el gato?
– Sí –sonrió Vlad.
– Mucho gusto –le estrechó la mano Ostap–. Eres un héroe de guerra si has conseguido librarte de tus potenciales clientas tan fácilmente.
– Ese comando de ahí fuera es digno de una película de terror –apostilló Alekséy.
– Veo que sigues teniendo la cara verde –observó Vlad al reparar en las manchas que aún no se le habían quitado.
– Es gracias a nuestros farmacéuticos, que fabrican un verde de yodo de primera calidad. ¡No hay quien lo quite! –protestaba Alekséy.
– Si te comportaras como una persona normal, no irías por ahí pareciendo un alienígena –bufó Sasha.
– ¿Cómo puedes aguantarla? –le preguntó Alekséy a Vlad con un encogimiento de hombros.
– Bueno, mi empresa también se dedica a distribuir verde de yodo a las farmacias. A lo mejor debería mirar si hay existencias cerca de casa –respondió Vlad, y Sasha le sacó la lengua a su hermano.
– Vaya, este hombre ya está perdido del todo –murmuraba Alekséy negando con la cabeza.




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