Capítulo 8.4. ¡No te la entrego!
Sasha se despertó de la madrugada con la intención de marchar pitando, ya que había quedado con Vlad en pasar primero a por los regalos de los abuelos y tirar directos al pueblo antes de que el sol apretara de lo lindo.
Vlad volvió a enfundarse en el traje, aunque no el de «entierro» —como lo había bautizado Sasha—, sino el que ella misma le había escogido.
– Vaya... Te va a tocar cambiarte de ropa –le soltó Sasha de sopetón, examinándolo de arriba abajo.
– ¿Por qué? Si no es ropa de oficina –se extrañó él.
– ¿Has pisado alguna vez un pueblo? –le preguntó Sasha, que iba monísima con unos shorts y una camiseta que desentonaban por completo con la elegancia del traje.
– No –admitió Vlad con total franqueza.
– Ya me lo imaginaba. En algún sitio tenías que tener pantalones cortos, los he visto. Échate también el chándal de verano, un par de camisetas, calcetines y unas chanclas.
– ¿Cuáles me llevo? –preguntó Vlad hecho un mar de dudas.
– ¡Ay, ven conmigo, déjame a mí! –bufó Sasha poniendo los ojos en blanco antes de tirar de él hacia su dormitorio.
La joven rebuscó entre sus cajones hasta dar con los shorts más viejos, sacó un chándal veraniego de color caqui y un puñado de calcetines. Vlad la miraba por la espalda con una sonrisa boba. Se movía entre sus pertenencias con la soltura de una auténtica esposa. Jamás le habría permitido a nadie hurgar en su armario, ¡pero a ella se lo consentía todo! ¡Todo lo que quisiera!
– Faltan los zapatos. A ver qué chanclas tienes por ahí –comentó Sasha mientras doblaba su ropa con pulcritud milimétrica.
– De goma no tengo. Solo de cuero.
– Mal asunto. Hay que comprar unas, porque esas de cuero te las vas a cargar el primer día –sentenció Sasha con aire mandón y práctico.
– ¿Y tus cosas? – quiso saber Vlad.
– Yo ya lo tengo todo listo. Ah, y cógete ropa interior por si acaso, que con estos sitios nunca se sabe –sonrió pícara Sasha.
– ¿Los rojos con patitos y loros? –preguntó él acercándose con malicia a la cómoda de la ropa interior.
– Uy, los rojos mejor déjalos en paz –le aconsejó ella.
– ¿Para que no me roben a este bellezón en calzoncillos rojos? –soltó una carcajada Vlad.
– Más bien para que no te desplumen por ahí todo lo susceptible de ser picoteado –respondió Sasha con seriedad meridiana.
– ¡Vaya! Eso suena a amenaza en toda regla –se reía Vlad, todavía sin sospechar que aquello no era ninguna broma. ¡Claro que no había pisado un pueblo en su vida y no sabía lo que se cocía entre ocas, gallos y pavos salvajes! Pero la dura realidad se encargaría de darle una lección magistral muy pronto.
La pareja hizo el equipaje indispensable y se marchó a por los encargos. Para la abuela María compraron varios cepellones de rosales, margaritas silvestres y semillas de flores variadas; para el abuelo Stepán adquirieron un ahumador nuevo para las colmenas y una cómoda silla plegable de pesca.
Vlad insistió en comprar víveres de más, pero Sasha le aseguró que sus abuelos no iban a probar nada de eso. Al final llegaron a un término medio y cargaron con especias, una botella de vino y un par de buenas barras de embutido.
– Créeme, allí hambre no va a pasar ni el apuntador –le prometió ella.
De camino al pueblo volvieron a cantar a coro, aunque Vlad le pidió que le enseñara algún temazo diferente que no fuera del tal Shmin. Sasha le propuso una canción de un grupo de chicas. En la versión original las voces chillaban un poco, pero Vlad aseguró que le gustaba muchísimo más que la turra del tal Shmin.
Llegaron al destino con el ánimo por las nubes. Vlad se quedó boquiabierto al ver la manada de vacas que bajaban a abrevar al estanque, a las ocas cruzando la carretera por sorpresa y a los paisanos saludando con la mano al reconocer a Sasha.
– ¿A esta gente la conoces de algo? –preguntó extrañado.
– A casi todos. Aquí no vive tanta gente. Los jóvenes han emigrado a la ciudad en busca de una vida más cómoda y fácil. En el campo hay que doblar el lomo –explicó Sasha señalando con el dedo una fachada–. Aparca aquí mismo. Ya hemos llegado.
En el porche apareció una mujer madura de mirada avispada que se quedó plantada en la puerta con las manos en jarra.
– Esta es mi abuela, María Vasílievna, y el abuelo se llama Stepán Mijáilovich –presentó Sasha.
– María Vasílievna, Stepán Mijáilovich –repitió Vlad, bajando del coche bajo la lupa y la intensa y severa mirada de la abuela.
– ¡Abru, hola, ya hemos llegado! –chilló Sasha corriendo a abalanzarse en sus brazos como si fuera una niña chica–. ¿Dónde está el abuelo?
– Ya veo que habéis llegado. Al final te has traído al señorito estirado de ciudad, ¿eh? –soltó María Vasílievna con cara de pocos amigos.
– ¡Si no es ningún señorito! ¿De dónde sacas esa palabra? ¿Quién te ha enseñado eso? ¿Alekséy? Ya se las apañará conmigo ese... –se enfurruñó Sasha, cayendo en la cuenta de que su hermano le había podido calentar la cabeza a la abuela con milongas.
– Buenas tardes, María Vasílievna, un placer conocerla –se acercó Vlad con elegancia.
– Abru, te hemos traído regalos, mira... –empezó a decir Sasha, pero la mujer la cortó con un ademán de mando inapelable.
– A mí no me trates de comprar con baratijas. ¡Solo tengo una nieta y no se la voy a entregar a cualquiera! Si sus padres se han dejado camelar, ¡yo a mi sangre no la regalo! –sentenció con firmeza la anciana, clavando sus pupilas en Vlad.
– Bueno, pues ya te puedes ir preparando, Pepino verde. Como vuelva a poner un pie en casa, vas a tener hipo hasta el año que viene –se dijo Sasha para sus adentros, maldiciendo en arameo al ver que lo de la pasta de dientes, el verde de yodo y el pintalabios había sido solo un aperitivo. ¡Menudo bicho con piel de cordero!