Mujer de alquiler

Capítulo 14.1. ¡No soy un calabacín!

Capítulo 14.1. ¡No soy un calabacín!

Capítulo 14.1. ¡No soy un calabacín!

​Tras los deliciosos platos caseros, Lev Borísovich escuchó de labios de Vlad anécdotas sobre eneldo, una cabra con ínfulas de diseñadora y gansos o pavos de pueblo. Sasha pasó por alto discretamente lo de los caracoles, pero le contó qué clase de pez había ayudado Vlad a pescar al abuelo.
— ¡Se acabó! La próxima vez me lleváis con vosotros. Quiero respirar aire puro, comer productos caseros y ponerme a pescar —declaró Lev Borísovich con aire soñador.
— No te haces una idea de cómo brillan las estrellas allí, sobre todo si las miras desde el pajar —comentó Vlad, clavando la mirada en Sasha.
— Me lo imagino —sonrió el abuelo—. Pero me da la impresión de que tú ya has encontrado tu propia estrella. Y bien, ¿para cuándo la boda?
— Mañana mismo si hace falta —soltó Vlad de sopetón, a pesar de que antes le había prometido que estaba dispuesto a aguardar todo el tiempo que hiciera falta. ¿Lo decía por la urgencia de casarse para cumplir con todos los requisitos y asegurarse el puesto de director general? A Sasha le pinchó esa idea por dentro; había habido romanticismo, besos, caricias y situaciones de todo tipo, pero las palabras clave sobre el amor seguían sin pronunciarse...
— ¿A qué esperáis entonces? —le inquirió Lev Borísovich a Sasha con la mirada.
— ¿Y qué culpa tengo yo? Nadie me ha dicho ni una sola palabra sobre sus sentimientos —zanjó Sasha secamente, justo cuando le sonó el teléfono. Mientras la chica atendía la llamada de su amiga, el abuelo taladraba a su nieto con los ojos.
— ¿Cómo que no le has dicho ni una palabra? —protestó Lev Borísovich.
— Es que no se ha dado la ocasión —se excusó Vlad sintiéndose un imbécil. ¡Menudo tarugo estaba hecho! ¿Cómo se había callado tanto tiempo? No era ni pizca mejor que el Pepinillo. Y es que las chicas se enamoran por los oídos.
— ¿Y es que necesitas una ocasión especial o qué? ¡Si vivís juntos, pasáis todo vuestro tiempo libre codo con codo y tienes la lengua metida en el culo! Si no le pides matrimonio en un abrir y cerrar de ojos, te van a levantar la estrella de las manos y te pasarás la vida lamentándote.
— No te preocupes, abuelo, lo organizaré todo en cuanto antes. Solo quiero que sea algo especial, que se quede grabado en la memoria —se justificó Vlad. Ya se había comprado un anillo, el mismo que le endosó al Pepinillo, pero para Sasha le compraría uno infinitamente mejor; ahora sí sabía exactamente cuál le hacía falta.
— ¡Hombre, algo así se te queda grabado para el resto de la vida estés donde estés y sin necesidad de efectos especiales! —le replicó Lev Borísovich.
​El abuelo le dio un par de advertencias más a su nieto, mientras Sasha le empaquetaba al anciano unos cuantos manjares mandados por su abuela, los cuales aceptó encantado. Acordaron verse el fin de semana para que las familias se conocieran oficialmente en un restaurante, aunque Lev Borísovich habría estado dispuesto a mudarse al pueblo ese mismo día.
​A partir de ahí, Vlad le dio aún más vueltas a cómo pedirle matrimonio a Sasha. Había visto en infinidad de películas lo típico de meter los anillos en las copas de cava, y concluyó que resultaría de lo más romántico. Reservó mesa para esa misma noche y encargó música en directo, flores y una atmósfera íntima.
— Creo que ya va siendo hora de sacar a pasear tu vestido rojo —le sugirió Vlad en cuanto el abuelo se marchó.
— He quedado con mi peluquera para que me devuelva el tono rosa, estoy harta de parecer una rana verde —anunció Sasha.
— Pero si no ha pasado ni una semana —se alarmó Vlad, recordando que los peluqueros advertían siempre de que teñirse tan seguido podía estropear el pelo recién tratado—. Y tú no eres ninguna rana.
— Gracias —sonrió Sasha—. Tengo una peluquera estupenda. Pero si algo sale mal, tendrás que aguantarme con mi nuevo look: calva —bromeaba la chica.
— Bueno, confío en que tu nuevo aspecto no sea tan radical, pero aun calva me seguirías pareciendo igual de maravillosa —la tranquilizó Vlad.
— Bien, entonces llévame a la peluquería —le pidió Sasha.
​Se cambiaron en un santiamén y subieron al coche. Vlad dejó a Sasha en el salón de belleza y se marchó a por un anillo nuevo y unas flores; al fin y al cabo, tampoco se había alejado tanto de los métodos del Pepinillo. ¡Menudo calabacín estaba hecho!
​Vlad lo tuvo todo listo en un vuelo y regresó a la peluquería con una sonrisa de oreja a oreja.
— Mi frambuesa... —murmuró Vlad con ternura y una sonrisa al ver a Sasha de nuevo con la melena rosa.
— ¿Qué tal? —preguntó ella.
— Me encanta. ¿Nos vamos al restaurante?
— De acuerdo —respondió Sasha, dispuesta a presentarse allí incluso en vaqueros; jamás le había importado demasiado la ropa.
— Pero antes pasaremos por casa a cambiarnos —propuso Vlad, que quería que todo saliera idílico y romántico.
​Volvieron a subirse al coche y enfilaron hacia casa. Sasha tuvo tiempo de hacerse un par de selfis para mandárselos a su madre y al Pepinillo, solo por fastidiarle después de que tanto la hubiera tomado el pelo con lo de la rana verde y la Pepinilla. ¡Vaya hermanito de los cojones le había tocado en suerte!
​Sasha se enfundó con mucho gusto el sugerente vestido rojo que Vlad le había escogido. Se miró al espejo con la intriga de ver su reacción, y esta no se hizo esperar. ¡A Vlad no le quedó más remedio que aflojarse la corbata... y arrancársela del cuello! Total, ya no estaba en la oficina. El vestido rojo ceñido esculpía cada una de sus curvas dejando el resto a la imaginación. Por un momento estuvo a punto de cancelar los planes y quedarse en casa para evitar que nadie más devorara con la mirada a su chica, pero ya lo tenía todo atado y bien atado. ¿A qué iba a esperar más? ¡No pensaba comportarse como un calabacín!




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