Mujer de alquiler

Capítulo 13.3. ¡No quiero ir a la morgue!

Capítulo 13.3. ¡No quiero ir a la morgue!

Capítulo 13.3. ¡No quiero ir a la morgue!

​— Aquí es donde hay que revisar —dijo Sasha dirigiéndose a Alekséi, entrando en la habitación y llamando la atención de la enfermera, quien sostenía unas pastillas en la mano para obligar a Lev Borísovich a tomárselas.
El abuelo reconoció a Sasha al instante. Se le iluminaron los ojos, aunque intentó disimular para no dar a entender que conocía a la chica.
— ¿Qué ha pasado? —preguntó la enfermera.
— Pues que se está quemando el cableado en alguna parte —respondió Alekséi—. Me da que vamos a tener que evacuar a todo el mundo si esto sigue ardiendo. ¿No siente el olor a quemado?
La enfermera olfateó el aire.
— Pues no, no huelo nada.
— ¡Si ya le decía yo que aquí huele que apesta! —intervino Lev Borísovich.
— Vaya a recoger sus cosas, que las chicas ya han empezado a poner a salvo los documentos —le dijo Sasha a la enfermera.
— Muchas gracias. Hay que darle esto al paciente. Pero controle que se las trague, por favor —le musitó la enfermera a Sasha en voz baja, entregándole un vasito con las medicinas.
— Pierda cuidado —respondió Sasha, y la mujer desapareció tras la puerta.
— He encontrado a Lev Borísovich. Está en la segunda planta conmigo —dijo Sasha al marcar el número de Vlad.
— ¿Vlad también está aquí? —preguntó el abuelo incorporándose de la cama.
— Sí, y también Irina Petróvna —respondió Sasha.
— ¿Y se puede confiar en este muchacho? —preguntó el abuelo en voz baja, acercándose a Sasha.
— Sí, es mi hermano —contestó la chica.
— Pues encantado de conocerte —dijo Lev Borísovich estrechándole la mano a Alekséi.
— ¿Y cómo lo vamos a sacar de aquí? —inquirió Alekséi.
— Es facilísimo. He visto una camilla al principio del pasillo. Lo llevamos hacia la morgue, y de ahí hasta la puerta donde está nuestro coche no hay nada.
— Yo no quiero ir a la morgue —se puso pálido el abuelo.
— Que no es de verdad. La morgue es lo que queda más cerca de los portones donde tenemos aparcado el coche —aclaró Sasha.
— Me da igual, sigo sin querer ir. Que lleven a otro a la morgue en mi lugar. A ese, por ejemplo —dijo Lev Borísovich señalando con el dedo a Alekséi.
— Muchas gracias, y eso que ya estaba empezando a considerarle casi un pariente —se indignó Alekséi.
— De acuerdo. Lo llevamos a él —asintió Sasha—. Alekséi, dale tu mono de trabajo a Lev Borísovich y ponte tú el camisón de hospital.
— ¡Maldita la hora en que me metí en otro fregado contigo...! ¡Y encima eres mi hermana carnal! —protestó Alekséi.
— ¡Venga, Pepinillo, menos cháchara! Yo voy a por la camilla y vosotros os vais cambiando —ordenó Sasha.
​La chica salió de la habitación, echó una mirada alrededor y fue a por la camilla mientras le escribía un mensaje a Oleg avisándole de que había encontrado al abuelo y que fueran saliendo a la calle.
Se encontró con Vlad junto a la camilla y entre los dos la empujaron hacia la habitación. El Pepinillo ya se había embutido en el camisón del hospital, que evidentemente le quedaba pequeño. Vlad abrazó a su abuelo con fuerza.
— Túmbate —le ordenó Sasha a Alekséi.
— ¡¿Pero qué he hecho yo en esta vida para merecer una hermana así?! —se lamentó Alekséi.
— Haber pecado menos en tu vida anterior —le espetó Sasha mientras lo cubría con la sábana blanca que había sobre la camilla.
— Oye, que con esto han tapado cadáveres —dijo Alekséi con repugnancia, deteniendo a su hermana, que pretendía taparle la cara también.
— Bah, tranquilo, que no te van a morder. Ya no muerden —se rio Sasha y le cubrió el rostro de todos modos.
— En marcha. Yo voy delante y vosotros me seguís —indicó Sasha.
— De acuerdo —asintió Vlad.
— Esta chica no es una mujer, ¡es puro fuego! —murmuró Lev Borísovich para sus adentros mientras se remangaba el mono de trabajo, que le quedaba un pelín grande.
​Al fondo del pasillo apareció un hombre con bata blanca.
— Yo distraigo su atención, vosotros bajad las escaleras —dijo Sasha en voz baja.
— ¿Eres nueva? —la abordó el hombre de la bata blanca—. No me suena tu cara.
— ¡Buenos días! Sí, hoy es mi primer día —dijo Sasha casi sin mentir—. Me han dicho que lleve esto a la morgue, pero todavía no sé dónde cae. ¿Sería tan amable de acompañarme? —pidió Sasha dedicándole una sonrisa encantadora.
— Con mucho gusto —respondió el hombre, tomando él mismo los mandos de la camilla para empujarla, mientras el abuelo y Vlad los seguían a corta distancia.
— ¿Cómo te llamas? —preguntó el facultativo.
— Galya —respondió Sasha.
— ¿Consentida? —quiso bromear el hombre haciendo el juego de palabras.
— Ni se imagina hasta qué punto —respondió Sasha.
El hombre interpretó la respuesta de Sasha como una invitación abierta a la acción y amagó con pasarle el brazo por la cintura, pero de repente el Pepinillo soltó un estornudo bajo la sábana... ¡y con un estruendo brutal!




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