Capítulo 8.2. Ostras
– Qué sitio tan elegante –exclamó la mujer mirando a su alrededor con los ojos como platos–. Nikolay, hazme una foto. Se la voy a enviar a Zinka para que se ponga verde de envidia.
– Buenas tardes –las saludó un camarero al recibir al clan Sribny encabezado por Vlad–. ¿Tienen reserva?
– Buenas tardes –respondió Vlad–. Sí, a nombre de Vlad Korol.
– ¡Vaya, Sasha! Te casas con un rey y acabas convertida en reina –le soltó Alekséy a su hermana en un susurro para que solo lo oyera ella, fiel a su costumbre de sacarla de quicio.
– Ay, ¡haberle dicho a mamá que te dejara en casa y no te trajiera al restaurante! –le devolvió el dardo Sasha.
– ¿Qué dices? Si solo he dicho una verdad como un templo –prosiguió Alekséy mientras seguía los pasos del camarero, que los guió hasta una mesa excelente.
El camarero ayudó a Alla Stepánovna a sentarse arrastrándole la silla con finura. A simple vista se nota que la mujer no cabía en sí de gozo y que aún no daba crédito a lo que veía.
– Aquí tienen la carta, por favor –dijo el camarero colocándola en las manos de Alla Stepánovna–. Eviscaren con calma. ¿Les apetece que les recomiende algo?
– ¡Oh, ostras! ¿Las tenéis frescas? –le clavó una mirada escrutadora al camarero, como si fuera él el encargado de pescar los moluscos uno a uno y traérselos directos a la mesa.
– Sí, fresquísimas. ¿Algo más? ¿Qué vino desean para acompañar las ostras? ¿Les sugiero un maridaje? –respondió el hombre mientras se ponía manos a la obra para apuntar los platos que iba pidiendo el grupo.
Alla Stepánovna se pidió las dichosas ostras con vino blanco (¡tenía material de sobra para contarle y enseñarle a Zinochka, ya que le mandaría el reportaje fotográfico a la comadre sin falta, y no solo a ella! ¿Y por qué no? ¡Que todo el mundo viese y supiera que ella pedía ostras en un restaurante de categoría!). Nikolay Serguéievich optó por un cuello de pollo relleno con guarnición y una ensalada, convencido de que su mujer acabaría sisándole la ensalada porque jamás en su vida había probado las ostras, y tampoco apostaba mucho a que se las fuera a comer.
Los hermanos de Sasha pidieron diferentes combinaciones de carne con guarnición y vino; Sasha se decantó por una ensalada de marisco, y Vlad pidió dorada con guarnición y vino para los dos.
– Qué local tan maravilloso –comentaba Alla Stepánovna ojeando cada rincón. Ya había estado en restaurantes con anterioridad, pero ninguno tan lujoso. Aquello iba a hacer que sus conocidas reventaran de envidia. ¡Había que sacar más fotos!
Cuando sirvieron los platos, todas las miradas convergieron en la madre. O más bien, en su rostro, un poema que parecía gritar: «¡Dios santo, y esto por dónde se come?!».
Primero, la mujer cogió el cuchillo e intentó hurgar en aquel mejunje gelatinoso dentro de la concha, para pasar acto seguido a probar suerte pinchando con el tenedor a ver si pescaba algo. Todos asistían a la escena en silencio hasta que Vlad acudió raudo al rescate. Comprendió que Alla Stepánovna jamás se había visto en una de estas —algo bastante sensato, por otra parte—, puesto que aquello era un manjar exclusivo para sibaritas.
– Cambiémonos de sitio –le susurró Vlad al oído a Sasha con extrema suavidad; la joven, sin pararse a hacer preguntas, se levantó y ocupó el asiento de Vlad. Aunque el plato lo hubiera pedido su madre, la que estaba pasando vergüenza era ella. ¡Maldita la hora en que se le antojaron las ostras!
– Doña Alla, ¿me daría su permiso para probar su plato? –preguntó Vlad con suma cortesía.
– ¡Cógellas todas si quieres! –respondió la mujer empujándole el plato un poco más hacia Vlad.
– No, probémoslas juntos –sonrió el hombre cogiendo una ostras con una mano y exprimiendo un gajo de lima con la otra–. Está fresca –comprobó al ver la reacción del molusco al contacto con el cítrico, antes de llevarse la concha a los labios y volcarla de un solo golpe seco para que su contenido deslizara directo a su garganta. A continuación, dio un trago largo al vino de la copa de Sasha, ya que las ostras no le hacían ninguna gracia.
Pero, ¿quién si no iba a salvar los muebles?
Inspirada por el ejemplo de Vlad, Alla Stepánovna roció su ostra con el jugo de la lima exprimida y volcó la concha en su boca sin pensarlo dos veces. El resto de la mesa se quedó congelada al ver los ojos desencajados de la madre, que parecían suplicar una respuesta a gritos: «¿Y ahora qué hago?».
– Trague –le indicó Vlad en voz baja; la mujer, con los ojos apretados con fuerza, tragó de golpe todo lo que tenía en la boca. Vlad le acercó la copa de Sasha, que ella se abalanzó a apurar hasta la última gota antes de dejarla sobre la mesa con apostura de heroína de película.
– Uf, sí que son frescas... ¡Hic! –acertó a decir la mujer, dirigiéndole a Vlad una mirada de profunda gratitud.
– Las ostras son buenísimas para el organismo. Especialmente para la potencia –añadió Vlad con naturalidad.
– ¡Vaya! ¡Eso ya lo sabía yo! –se alegró la mujer de inmediato–. Nikolay, pásame esa ensalada tuya. Y tú come ostras, Vlad, que te hace falta y te encantan los mariscos –le endilgó la jugada Alla Stepánovna a su marido.
– Muchas gracias –le susurró Sasha a Vlad, apretándole con fuerza la mano por debajo de la mesa. No tenía ni idea de cómo salir del entuerto con las dichosas ostras, y Vlad lo había improvisado todo a las mil maravillas. ¡Un auténtico estratega! Ahora su madre podría jurar y perjurar con la conciencia tranquila que se había comido unas ostras en un restaurante. Bueno... ¡técnicamente se las había comido!
La pareja se quedó sentada en esos puestos durante el resto de la velada sin volver a cambiarse.
Ni siquiera molestaron en cambiar los platos ni los cubiertos, sino que compartían las viandas con total naturalidad. El padre, Nikolay, lo observó todo de reojo y no pudo evitar alegrarse por su hija. Hay que reconocer que el tal Vlad era un hombre excelente. Aunque, eso sí, menuda panzada a ostras se tuvo que tragar el pobre. ¡Con esa ya tenía racionamiento para el resto de su vida!